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Vivir en un constante enfrentamiento cansa, cansa demasiado, y lejos de pensar que este confinamiento nos ha servido para darnos cuenta de lo que perdemos, y de las cosas importantes de la vida, pienso que de nada o poco ha servido.

Mis opiniones acerca de los hechos me las reservo, y me reservo el motivo, reservando igualmente el motivo que motiva mis motivos. Pero de una simple pasada, visto lo que está pasando, seguimos viviendo en un país en donde no se da una opinión o se exponen unas ideas, es un país de replica constante, en donde acción y reacción siguen de la mano.

Toda postura, absolutamente toda, sea oficial o extraoficial, es objeto de crítica, que en función de quien la realiza es más o menos educada, más o menos pacifica, y en ocasiones de una violencia tal, que de ser real, y no fruto la valentía de un teclado, darían miedo.

Vivimos en un país donde en principio cada persona piensa distinto, en donde se puede opinar y pensar de una u otra manera, pero en donde la máxima es machacar, desmentir, ridiculizar, humillar y destruir a quien no piense de la misma forma.

No es cuestión de ideas o de posturas, cada una de las cuales tiene su parte de razón o necesidad, siendo sano, lícito y enriquecedor el enfrentamiento para crecer y enriquecer las ideas. No es cuestión de ideologías, ni de sexos, ni de razas, ni de tolerancia e intolerancia, es solo cuestión de sentido común… si en una misma familia padre y madre pueden pensar distinto, cómo pretendemos que nuestras ideas sean las más puras purísimas del universo, y que cualquiera que piense distinto es poco menos que la viva imagen de Belcebú.

No, esta situación parece que no nos ha enseñado nada, más bien parece que ha potenciado la virulencia de pensamientos, pero desde la cabeza a la cola, pues en política, como en las familias, la actuación de los cabezas de familia, la actuación de quienes toman las decisiones por el bien de esta, influyen en el comportamiento del resto de sus miembros. Y así nos va, así nos vemos y así actuamos.

Sí que es necesaria una desescalada, pero de tensión, en todos los niveles y estratos de una sociedad en la que al parecer confundimos el significado de libertad de expresión con el pensamiento único.

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J. Joaquín García-Romeu, nacido en Cádiz, es licenciado en Derecho por la Universidad de Cádiz. Ejerce como abogado en la localidad de El Puerto de Santa María y en Sevilla, actividad que compagina desde los años 90 con colaboraciones en el mundo de la prensa y con la publicación de libros como 'La última negra' (Ediciones Atlantis) en 2018.

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