Todo lo que nos rodea es objeto de análisis, estudio y comentario. Y en este fin de semana, el protagonista indiscutible es El Rocío. Con opiniones para todos los gustos y, como no podía ser de otra manera, también cargado de sentimientos. Cada cual tiene la suya, y yo tengo la mía.

Me quedo con los miles de recuerdos, con los miles de sentimientos que me sigue provocando y, sobre todo, con las vivencias que a veces comparto, aunque sean una mínima parte de las que prefiero guardarme para mí.

Puede que el vino corra a raudales, que los excesos marquen parte de su devenir y que, como ocurre en tantos aspectos de la vida, resulte más morboso hablar de lo malo que de lo bueno. Pero cada cual lo vive a su manera.



Yo me quedo, como ya he dicho, con las imágenes de quienes acuden por todo aquello que no se ve. Me quedo con esos encuentros emocionados frente a Ella, con sentimientos cargados de recuerdos que, muchas veces, ahítos de vino, afloran de manera limpia y sin vergüenza.

Las arenas, el calor, el ambiente asfixiante y a veces irrespirable, la masificación, los animales cansados, los abusos y excesos de quienes fueron allí por otras razones… nada parece importar. Porque algo extraño, algo inexplicable, ocurre en ese rincón rodeado de marismas. Algo que quien jamás se llenó los pies de arena difícilmente puede entender.

El Rocío es algo más que una romería. Va más allá de sus conceptos religiosos o sociales y, por supuesto, tampoco sería lo que es sin quienes lo critican.

Hace tiempo, una sevillana lo decía: se puede ver solo la fiesta, se puede acudir únicamente a esa fiesta. Pero hay cosas que, cuando Ella decide que las veas —aunque sea por mera casualidad o porque pienses que erraste el camino—, comienzan a tener sentido.

No soy yo el encargado de explicar, convencer, defender o enfadarme. Mi Rocío es mío. Y he visto las marismas azules en los ojos de amigos y de más que amigos, de quienes fueron llamados y que, de momento, no volveré a ver. Pero cada año los siento a mi lado, ya sea pisando la arena o en mi casa, mientras Ella sale a pasear, quizá obligada, entre bandazos y empujones.

Quienes hoy están allí, esperando el momento, pendientes de un rito que a muchos les parece fanático y ancestral, y que poco o nada tiene que ver con las criticadas formas religiosas, sentirán algo que no podemos definir.

El Rocío, se piense lo que se piense, se resume al fin y al cabo en una sola cosa. Y esa tiene tantas caras como corazones y sentimientos.

Y eso no se puede explicar.

Se siente.