“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

En los comienzos del pasado siglo, la misoginia, la moral y la visión económica que impregnaban el debate público en Irlanda, hacían que un embarazo extramatrimonial fuera algo deshonroso para cualquier familia, las madres solteras tenían pocas posibilidades de salir adelante.

Podían huir a Inglaterra para fingir que el bebé era de una hermana casada o ser enviada a un hogar dirigido por alguna orden religiosa, como la Congregación de las Hermanas del Buen Socorro, de origen galo. Al cabo de un año tras dar a luz, debían dejar el hogar, pero no les estaba permitido llevarse a sus bebés.

La mayoría de estos bebés fallecían por las penosas condiciones de los centros como el frío o la mala y escasa alimentación.

Se han dado casos en que los cuerpos de estas criaturas fueron enterrados clandestinamente, olvidados. Hasta que un equipo de arqueólogos, antropólogos y forenses hicieron tareas de excavación, a veces en alguna antigua fosa séptica, donde encontraron apilados los cuerpos de centenares de niños fallecidos entre 1925 y 1961.

Orfanato de terror en Tuam

La República de Irlanda, apenas un siglo después de su nacimiento como nación, ha vuelto a hacer examen de conciencia y pedir perdón por estos escándalos de una Iglesia católica que dominaba entonces las instituciones del naciente estado.

Establecidas en los siglos XIX y XX, estas instituciones albergaban a mujeres y menores que quedaban embarazadas fuera del matrimonio. Cerca de 9.000 niños murieron en dieciocho hogares investigados.

Las autoridades reconocen que el informe revela que existía una «cultura asfixiante, opresiva y brutalmente misógina», muestra un «capítulo oscuro, difícil y vergonzoso» de la historia irlandesa.

Estas películas que traigo hoy tienen que ver con la dureza de este sistema eclesial irlandés. De los perversos efectos y consecuencias de una iglesia católica perdida y ensimismada en su propia y perversa aura “salvadora”. Me refiero a: Cosas pequeñas como estas (2024), de T. Mielants; y Philomena (2013), de S. Frears.

COSAS PEQUEÑAS COMO ESTAS (2024). En las vísperas navideñas de 1985, en un pequeño pueblo del condado de Wexford, Irlanda, Bill Furlong trabaja como comerciante de carbón para mantener a su mujer y a sus cinco hijas.

Una mañana temprano, mientras reparte carbón en el convento local, hace un descubrimiento que le obliga a enfrentarse a su pasado y al silencio cómplice de un pueblo controlado por el estamento eclesial católico. Está basada en la novela homónima de Claire Keegan.

La película está dirigida por Tim Mielants desde la mirada melancólica de un hombre que necesita resucitar su pasado traumático y despertar a la acción, para seguir con su vida, para mirar dignamente y con seguridad hacia adelante.

El lugar

New Ross es un tranquilo lugar sumido, como otros lugares en la geografía irlandesa, en una profunda esclavitud a la Iglesia católica, y las hermanas de la Misericordia, con Mary (Emily Watson), directora del convento, una religiosa de cuidado, aunque curiosamente “estimada” por todos (ella quita y pone puestos escolares de niñas en su recinto).

En aquel tiempo, la gente sabía lo suficiente como para apartar la mirada de las imponentes puertas siempre cerradas del convento, cuando las jóvenes con problemas son empujadas al interior. Un muro separa el edificio de la escuela de niños considerados afortunados, entre ellos las cinco hijas de Bill. Los gritos o llantos que se escuchan son acallados por acuerdo comunal.

Al modo proustiano, en una lenta y morosa inmersión en su propia memoria, el protagonista Bill se rebela contra el poder omnímodo del convento y su temible superiora (pavorosa Watson), pues ejercen un malicioso influjo sobre la comunidad.

“Para prosperar en esta vida, hay cosas que hay que ignorar”, le dice Eileen (Eileen Walsh), la firme y sensata esposa de Bill a su esposo. Sobre todo, cuando lo ve mirando al vacío y cavilando...

Porque Bill es hijo de una madre adolescente soltera que escapó de las lavanderías de las monjas y encontró refugio en la adinerada y amable terrateniente Sra. Wilson (Michelle Fairley); por eso se enfurece ante cualquier humillación hacia mujeres en circunstancias similares.

Vuelve a sorprendernos la política del terror impuesta por la iglesia católica en Irlanda, sobre todo con las chicas que consideraban descarriadas. Lo cual convertía en cómplices a los que miraron hacia otro lado.

Dirigida por Tim Mielants con libreto de la dramaturga Enda Walsh que adapta hábilmente una novela corta de Claire Keegan. Cuenta cómo tras las puertas del convento se produce una letanía de abusos infligidos a las mujeres y niños "caídos" y confinados en las corruptas lavanderías dirigidas por católicos.

El actor Cilian Murphy, tiene un afilado rostro que se contrae, se tensa y rebosa de sentimiento. Los primeros planos lo captan siempre pensando, luchando contra la vulnerabilidad o la violencia. Cilian es el actor justo para esta película, un rol presidido por su silencio y su inquietud.

Como padre de familia alerta de las fechorías en el Sagrado corazón, convertido Cilian en conciencia de esta delicada y cruda película. El carbonero se enfrenta al dilema de denunciar lo insoportable, en reaccionar y poner en peligro su vida y la de sus cinco hijas, o plegarse a las reglas del pueblo.

En la historia, Sarah (Zara Devlin), una joven madre soltera esclavizada e internada a la fuerza, aborda a Bill con una súplica desesperada para que la ayude a escapar. La muchacha está tan frenética y desesperada, como impecablemente tranquila está la Hermana Mary al interceptarla. Con la ayuda de la fría y serena interpretación de la Watson, Mielants juega con la atmósfera gótica del horror eclesiástico.

Acompañan otros actores y actrices de fuste como Clare Dunne, Helen Behan, Ciarán Hinds, Ian O’Reilly, Ella Cannon, Amy De Bhrún o Joanne Carwford.

Ambiente oscuro y otros aspectos

Destaca la prevalencia del claroscuro y el tono sensible y fúnebre, más triste que tremendista. Ese es el tono con el cual la película invoca la memoria de su protagonista, a la sazón un carbonero, un joven de corazón sensible y familia numerosa.

Magnífica la música Senjan Jansen y el director de fotografía Frank van den Eeden que trabaja con tonos de lienzo y óxido, creando charcos de claridad a media luz en medio de la desolación, pero el efecto nunca es acogedor. La tensión por lo invisible impregna cada fotograma.

Una Irlanda de pena

Mielants aporta una perspectiva externa, filmando las calles estrechas, los pubs abarrotados y las casas contiguas de New Ross, su cercanía con el drama que se cuece en el convento. Pero la cinta evade la confrontación melodramática hasta el final, terminando elegantemente en un punto donde muchas otras historias podrían optar por comenzar.

Una película triste. Lo es por su argumento, es igualmente triste por el resultado, triste como síntoma de un cine que se anuncia exageradamente triste. Además de tanta tristura, lloviendo.

 

PHILOMENA (2013). Este filme cuenta un hecho real ocurrido en la pobre Irlanda de los años cincuenta a Philomena Lee, una mujer irlandesa que, tras quedarse embarazada en su adolescencia, se vio obligada a dar a su hijo en adopción. Está también la colaboración de un periodista por desvelar el drama de la trata de niños robados.

Philomena es una buena película, puro melodrama que no pierde sin embargo la compostura. Se trata de una cinta cargada de emoción y conmoción, pero sin llegar al arrebato o la extralimitación.

De ello se encarga la excelente dirección del británico Stephen Frears que maneja la sutileza, que sabe medir las emociones y los tempos a fin de agradar con el nivel suficiente de indignación y alguna lágrima, pero moviéndose en los límites de lo enternecedor y no del lagrimeo sin sentido.

Tiene un guion sutil y perceptivo de Steve Coogan y Jeff Pope basado en la obra de Martin Sixsmith, a la sazón uno de los protagonistas de la historia. Acompañan muy bien la película la música de Alexandre Desplat y la excelente fotografía de Robbie Ryan.

En cuanto al reparto tenemos a Judi Dench que hace una magnífica interpretación capaz de transmitir en su personaje sensaciones de bondad, de comprensión; una mujer sin maldad, sin egoísmo, un personaje femenino que nos brinda una lección de lo que significa el perdón como medio de encontrarse bien con uno mismo. Ya es hora de buenos sentimientos en las pelis de hoy, donde predomina la violencia y la barbarie.

La Dench está inconmensurable en este papel cargado de indulgencia, de drama, también de remordimiento y pesadumbre vital, pero al verla en la pantalla sentimos que nos compenetramos con ella, que empatizamos, que en sus gestos y en sus diversas expresiones, el personaje es capaz de descubrir las mejores cualidades de una mujer sencilla.

Como contraparte, Steve Coogan interpreta a Martin, un escritor y periodista con problemas en su trabajo que la acompaña para escribir una historia humanitaria en su periódico. Su rol es el de un hombre sensible y afable que busca esencialmente los recovecos oscuros y la verdad de la historia de cuanto ha ocurrido en la trata de niños de Irlanda a EE. UU. Muy bien por Coogan que logra estar a la altura de las circunstancias consiguiendo el nivel y dando la réplica a Judi Dench. Además, hay compenetración entre ambos, actor y actriz.

Obra recomendable por su estimable dirección, un guion, música y fotografía sobresalientes; pero sobre todo porque cuenta una historia dramática desde una óptica bondadosa, en lo cual colaboran sin duda los trabajos de sus dos principales intérpretes.