
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
El cine siempre ha sido una ventana abierta a la complejidad humana, un medio para explorar emociones profundas y sentidas, cuestiones existenciales de calado.
En esa búsqueda de historias que desafían la imaginación y el corazón, contamos en nuestro país con directoras que analizan más que mejor los evocadores paisajes del ser. Reconocidas directoras como Pilar Miró, Icíar Bollaín, Isabel Coixet, Carla Simón, Rocío Mesa o Pilar Palomero, entre muchas otras.
Hoy me referiré a: La niña de la cabra 2025), de A. Asensio; Una quinta portuguesa (2025), de A. Prat; y El agua (2025), de E. López.
LA NIÑA DE LA CABRA (2025). Estamos en el Madrid de 1988. Una niña de apenas ocho años, Elena (González), debe hacer frente a la pérdida de su abuela con quien estaba muy unida.
A la par, la niña se prepara para hacer su primera comunión aleccionada por un singular sacerdote (Villén), apoyada en lo que pueden por su padre (Pereira), taxista, y una madre un poco desbordada (López).
Elena está encandilada con la presencia de una niña gitana, Serezade (Fernández), que acompaña a su familia en un número con una cabra que baila sobre un taburete. Conocer a esta niña tan alegre le lleva a plantearse que hay otras maneras de imaginar la realidad.
Hay un punto cardinal que es cuando Elena pierde a su querida abuela. La pérdida de la abuela es prácticamente ocultada a la niña. Los padres no la dejan ver, ni participar en el entierro.

Dirección, música y reparto
La realización, sugerente y arriesgada de Ana Asensio se mueve entre el lirismo, los sentimientos, una cámara al hombro con contrapicados y planos imposibles. Película autobiográfica.
Ana Asensio mantiene su obra centrada en el buen gusto de las localizaciones, con un meritorio tratamiento de la luz (sensacional fotografía de David Tudela), y un mundo simbólico que atrapa, acompañado de la música de Marius Leftarache.
A propósito de música, en la cinta se ha elegido el tema “No controles” de Nacho Cano, una manera de definir esta historia, pues la canción simboliza el espíritu de la película: “No controles mi forma de vestir / Porque es total / porque a todos les encanta…”.
La niña debutante es Alessandra González, con una mirada y fotogenia que llena pantalla, en el papel de la cría que descubre junto a una niña gitana, sensacional y espontánea Juncal Fernández, una alternativa de libertad al exceso de reglas y prohibiciones.
Acompañan unos espléndidos Lorena López y Javier Pereira como los atribulados padres; Gloria Muñoz, impresionante como la abuela: y Enrique Villén como divertido sacerdote parroquial.

Un hermoso cuento
Es un bonito y poético cuento infantil en la España ochentera, cuando los gitanos y sus cabras montaban su pequeño circo en las plazas y calles. Elena, en la antesala de su primera comunión, se amiga con la niña gitana de la cabra.
Asensio plantea en el filme los capítulos educativos, incluida la TV, que le llegan a Elena: la religión, la poesía que le lee la abuela, los secuestros de ETA, la catequesis o la cultura popular del flamenco. Interesante interjuego entre lo fantástico y lo onírico.
Desde el punto de vista de la niña
La película es también una semblanza de cómo se ve, desde la mirada de una niña, la oscuridad y lo misterioso. Lleva al espectador a cómo se ven y sienten las cosas desde la niña.
Desde el principio, un acierto de la directora es que no abandona a la niña, que cuenta cuanto le rodea, cómo lo ve y escucha, lo que siente, por qué ríe, por qué llora, cuáles son sus sueños: la magia de la infancia.
Además, está la abuela para ayudar a la niña en sus descubrimientos, una señora amantísima con la cual sintoniza plenamente Elena y que la acerca al baile flamenco, más libre que el ballet clásico.
Además, podemos casi palpar la diferencia entre el mundo opresivo venido de su casa o la escuela, y el mundo libre que le sugiere Serezade y su cabra en una plaza abierta.

León Felipe
La abuela le lee a Elena el conocido poema de León Felipe, “Sé todos los cuentos”, que relativiza justamente todos “los cuentos” que le están contando a la pequeña. Los que cuenta la madre, el cura, los profesores o la TV.
Es un poema muy bien traído, que relativiza y que justamente se lo enseña la abuela, con quien Elena tiene una complicidad única.
Este poema de León Felipe, después de haber fallecido la abuela, la niña lo arranca del libro de poemas y lo guarda celosamente. Dice: Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto: / que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos…”.

Es posible otro cine familiar
La película es también el retrato de la infancia en el Madrid ochentero: los pisos de protección social, la ropa tendida, los juegos en el patio del colegio, la importancia de la familia y de las normas o la religión.
Está contado todo con sencillez y ternura, con melancolía hacia la infancia vivida, con una voz en off que confiere a la película un tono de cuento, entre el realismo y la fantasía, la comedia y el drama.
Esa voz, en un momento dado dice: “Esa fue la última vez que vi a Serezade. El espectáculo de la cabra desapareció de las plazas de Madrid. Y quizá Serezade y su mundo nunca existieron”.
Esta película demuestra que es posible otro cine familiar, más allá de los muy comerciales, un cine capaz de contar historias profundas de manera ligera, capaz de llegar a niños y adultos. Una obra franca y hermosa.
Revista Encadenados
UNA QUINTA PORTUGUESA (2025). Magnífico thriller dramático dirigido por Avelina Prat, con guion casi perfecto de la misma Prat. Excelente en cuanto a la historia y en lo tocante a lo visual (buena fotografía de Santiago Racj).
En la historia, Fernando (Solo) es un profesor de geografía que queda desolado tras la desaparición de su esposa que, según averigua, se ha marchado a su país de origen sin dar explicaciones ni llevarse nada consigo.
Fernando, en un estado de shock decide dejarlo todo y marchar a la buena de Dios, sin rumbo ni destino (“que las olas me traigan y las olas me lleven, / y que jamás me obliguen el camino a elegir”. M. Machado).
En ese deambular se tropieza con un hombre hispanoportugués, un jardinero que va a trabajar en una “quinta portuguesa” en Ponte de Lima, con el cual acaba llevándose bien y encontrando cierto consuelo a su situación.

Por razones del destino, Fernando ocupa el lugar del jardinero, suplantando su identidad. Una vez allí, empieza una inesperada relación amistosa con la dueña de la casa (Medeiros), una mujer cosmopolita y rica que antaño vivió en la colonia portuguesa de Angola, que tiene traumas y recuerdos ingratos.
Llevado ya un tiempo en la quinta, decide proponerle a la dueña la idea de plantar nuevos almendros, para lo cual está decidido a invertir sus ahorros y el dinero por la venta de su piso en Barcelona. Pero el piso que abandonó tiene, para su gran sorpresa, una inquilina. Lo cual pondrá de nuevo a prueba la fortaleza de Fernando.
Es una cinta que parte de un misterio, llena de intriga y con geniales giros en el libreto, donde se plantea la búsqueda de identidad tras la superación de heridas y dificultades de la vida, y acompañado por los fantasmas del pasado.

Esta obra me ha recordado la novela “El difunto Matías Pascal”, de Luigi Pirandello, donde por circunstancias azarosas, un hombre que huye de una vida desastrosa es dado por muerto, y ve la oportunidad de liberarse y vivir otra vida, en otro lugar, liberado de sus lastres.
Esta opción se da igual con el protagonista Fernando, quien también quiere dejar atrás su desilusión y desencanto, quedando sin pasado. Puede así, reconstruir su existencia y crear una nueva identidad, dejar atrás su profesión de docente, su casa, los compañeros de trabajo y empezar siendo un “otro”.
Como que se nos muestra la esencia tragicómica del ser humano, cuando es despojado de la máscara que lo acompaña siempre. “Dichoso es el que olvida / el porqué del viaje / y, en la estrella, en la flor, en el celaje, / deja su alma prendida” (M. Machado)
La directora declaró en el Festival de Málaga que la identidad es consecuencia de la experiencia: “No sólo la constituyes con tu lugar de nacimiento, sino que poco a poco se van incorporando vivencias que desembocan en la creación de nuevas identidades”.
En el reparto destaca un trabajo sensacional de Manolo Solo que interpreta a Fernando, un hombre cualquiera, un hombre bueno buscando un nuevo horizonte. Está igualmente acertada Maria de Medeiros, una señora venida de Angola, e igual buscando una ilusión y un sentido a una vida un poco perdida con la bebida y los constantes viajes.

Maria acoge con los brazos abiertos a Fernando, le da el trabajo con total libertad para él y le abre las puertas de la hacienda e incluso de su casa con mucha generosidad. La quinta se sitúa en un lugar verde, húmedo y frondoso al norte del país luso, con unos bellos paisajes.
Como dice la Prat: “una casa con elementos evocadores de misterio, un lugar bucólico donde sus protagonistas se encuentran y comparten historias para ayudarse a superar sus traumas”.
Avelina Prat nos ofrece una mirada compasiva de los personajes, sin sensiblerías. Una historia sosegada, calma, sin enjuiciar ni hurgar donde no procede, no hay sexo (hay vida después del sexo), y en la cual los fantasmas tienen que ser afrontados.
EL AGUA (2022). Es verano en un pequeño pueblo del sureste de España. Una tormenta amenaza con volver a provocar inundaciones. Hay la creencia de que algunas mujeres desaparecen con cada nueva riada porque tienen "el agua adentro".
Ana (Pamies) vive con su madre (Lennie) y con su abuela (Medina) en una casa con halo de misterio. En medio de la atmósfera pre-lluvia Ana conoce a José (Olmo), y hace lo imposible por orear sus pesadillas.
Elena López Riera aborda en El agua la historia de tres generaciones de mujeres de una familia de Orihuela, centrando el protagonismo en el personaje de Ana, una joven resuelta a encontrar su propio camino partiendo de todo aquello que la ancla a sus orígenes.

Ópera prima libre, poética, película para minorías. La Riera, tanto en la dirección como en el libreto, escrito junto a Philippe Azoury, hace una obra libre, de una serena belleza, contando algo que la directora conoce en profundidad.
Es una cinta radiante, un fogonazo de belleza cargado de ternura, especie de monumento a la vida y sus imponderables, a los sentimientos, a los sueños e incluso a los sufrimientos. Entre lo realístico y lo poético, es mirada personal del campo y sus gentes.
Tiene un reparto donde sobresalen Luna Pamiés, Bárbara Lennie, Nieve de Medina y Alberto Olmo, para encarnar a un trío de mujeres y un atractivo joven, hay intriga y buenos trabajos actorales.
Cuenta además con una estupenda puesta en escena, una envolvente música de Mandine Knoepfel y una excelente fotografía de Giuseppe Truppi que le da el tono a la historia. Y el miedo a la inundación, al agua.











