El trágico accidente de tren sucedido en Adamuz nos ha roto a todos. Quienes somos viajeros habituales de la alta velocidad a Madrid sabemos que entre esos vagones viajan cientos de historias: hijos que vuelven a ver a su familia el fin de semana, opositores que acuden a un examen tras meses de preparación, trabajadores que deben asistir a reuniones o congresos… Hay muchas historias detrás de cada persona que utiliza esos trenes a los que ya les tenemos un cierto cariño. Por eso, un accidente tan terrible como el que ha ocurrido duele tanto, porque sabes que podrías haber sido tú quien viajara en uno de esos vagones.
Parece que las administraciones están dando la talla esta vez. No se ha escuchado aquello de “el que necesite recursos que los pida”; al contrario, parece que por primera vez hemos aprendido que ayudar a las víctimas de la tragedia es lo primero y que ya se dilucidará quién es el responsable. Ver a Antonio Sanz, el mismo que estaba a pie de fuego en Tarifa, coordinando el rescate de las cientos de personas atrapadas y estando en el mismo fango, rindiendo cuentas ante los andaluces, es algo que me ha llenado de orgullo y tranquilidad.
¿Y qué puede hacer un humilde alcalde de una ciudad que se encuentra lejos del accidente? Eso debió preguntarse el nuestro, Germán Beardo, cuando se enteró de esta tragedia. Somos muchos los portuenses que utilizamos ese tren y, por lo tanto, seguro que muchos se quedaron tirados en el frío suelo de la estación de Atocha sin saber si podrían llegar a casa. Es aquí cuando se revela el carácter de la persona que tenemos al frente de nuestra ciudad: alguien que entiende que ser alcalde implica no solo gestionar servicios públicos, sino también cuidar de sus vecinos, sea como sea y pase lo que pase.
Cuando me enteré de que estaba organizando un autobús para traer de vuelta a los portuenses atrapados en Madrid, me llené de orgullo por mi alcalde. Ahí me visualicé yo mismo, sentado en el suelo de Atocha, desesperado por volver a casa después de trabajar y sin alternativa alguna, viendo en el móvil a Germán diciéndome: “No te preocupes, que yo te traigo a El Puerto”. Sin reclamaciones, sin problemas, sin historias… llama a este teléfono y te traigo de vuelta a casa.
Vivimos en una gran ciudad muy pequeña. Todos conocemos a alguien de los que estuvieron atrapados en Atocha. Hablé con una amiga que tenía que volver de Madrid y se quedó sin tren; me comentó que desde el Ayuntamiento se habían puesto en contacto con ella para que cogiera el autobús. En ese momento me quedé helado. Es decir, ya no solo bastaba con poner los medios para traer a la gente de vuelta, sino que además estaban buscando activamente a portuenses que se hubieran quedado atrapados en Atocha para traerlos a casa. Esto, sin duda, es extraordinario: es humanidad, es querer a tu gente.
Cuando llegaron a El Puerto, el propio Germán se acercó para recibirlos, para darles la bienvenida a casa tras un periplo agotador. “Bienvenidos a casa otra vez”, “¿qué tal ha estado el viaje?”, les decía mientras recibía sus agradecimientos. Con un abrazo recibió uno a uno a los portuenses que bajaban de ese autobús, agotados tras una amarga experiencia. Mostrando su preocupación, dijo: “A mí lo que me daba cosa es, quillo, yo no sé cuánta gente hay allí en Madrid”. Como si fuera el padre de todos los portuenses, no quiso dejar a nadie atrás. Gracias a Germán, esa noche muchos pudieron volver a abrazar a sus familias, que esperaban angustiadas a que el autobús llegara con sus seres queridos.
Tengo que reconocer que me emocioné mucho al ver las imágenes de esos portuenses llegando a casa. En ese momento pensé que podría haber sido yo quien viajara en ese autobús; sin ir más lejos, la semana pasada cogí un tren a Madrid. Pero lo que más me emocionó fue saber que tengo un alcalde que se comporta como el padre de todos nosotros y que se va a preocupar de sus vecinos siempre, pase lo que pase. Me emocionó saber que puedo estar tranquilo.
Gracias, Germán.











