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En la España de Franco, en plena postguerra, a los verdugos se les contrataba sacándolos muchas veces de oficios miserables, a cambio de un salario para comer. Cuando se les preguntaba si querían ser verdugos, solían responder afirmativamente, siempre que el sueldo les diera para vivir.

Una vez el pobre candidato aceptaba el trabajo, se le inscribía en el Ministerio de Justicia y ya estaban en disposición para ejercer de verdugos, aunque alguno de ellos odiaba que le llamaran de esta manera: "Somos administradores de justicia. Yo no mato a nadie, lo mata la justicia".

A los reos se les ejecutaba mediante el garrote vil, un collarín de hierro que servía para asfixiar y quebrar el cuello del condenado, como declararon verdugos auténticos entrevistados en el documental Queridísimos verdugos (1977), que comento a continuación.

Los secretos del oficio se transmitían de un verdugo a otro, sin ningún tipo de escuela ni formación. Más de un candidato solicitó ingresar en el cuerpo, era una forma de asegurarse un salario en una época de hambre, necesidad y penuria.

Además, siempre estaba la vaga idea de que nunca llegaría el momento de tener que actuar en una ejecución. Esta es, justamente, la historia que subyace en la conocida película El verdugo (1963), que comento más abajo.

La pena de muerte acabó una vez muerto Franco y se abolió al llegar la democracia.

QUERIDÍSMOS VERDUGOS (1977). Esta cinta es una antropología de la barbarie, obra de nuestro celebérrimo documentalista Basilio Martín Patino, película demoledora, sobre una época y unas gentes que hoy en día, cuesta reconocer.

De forma clandestina y con medios pobres (una cámara de 16 milímetros, un magnetofón, algunas pesetas para puros, vino, una buena comida y más vino para soltar la lengua de los entrevistados), el cineasta Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930-Madrid, 2017) retrató a finales de 1971 la vida y obra de tres verdugos en un documental que visto hoy, parece el reverso tenebroso y veraz del oficialismo del No-Do.

En seis días, entre Badajoz, Granada, Valencia y Madrid se hizo el rodaje de aquel “safari cinematográfico”, como lo llamó Martín Patino. “Era el caos total, de manera que me limité a rodar todo lo que podía (...) con un guion que me inventaba el día antes (…) Es la película en la que más he trabajado, quizá porque era la más difícil, la que más trabajo me costó estructurar”.

Así, en los terrenos de la que fue cárcel de Badajoz los verdugos simulan una de las ejecuciones que habían practicado allí. Discuten a qué se parece el cuello de los reos tras darles garrote. Uno dice que queda “como el badajo de una campanilla”; otro, “como un acordeón”.

Explican en Granada los verdugos cómo se tiene que desarmar su instrumento de trabajo después de la ejecución. En otro momento, se quejan de que han tenido que cargar luego ellos con el muerto...

Película que refleja el testimonio de tres verdugos y ejecutores en la España de los primeros años sesenta. Patino analiza y profundiza en una parcela muy oscura pero veraz de aquellos entonces.

Esta cinta, no sólo va contra la pena de muerte, sino que lo hace investigando la vida de quienes ejecutaban la pena capital.

Este documento fue premiado en el Festival italiano de Taormina. Patino no sólo entrevista a los verdugos, también a los familiares de ajusticiados; de estos últimos mana un profundo dolor que contrasta cuando presenciamos impávidos cómo los “matadores” hablan con gran tranquilidad de aquellos reos que ajusticiaron por garrote vil y brazo en alto; incluso se jactan de sus hazañas y las justifican.

En ocasiones asalta una gran angustia al ver la calma y la morigeración de la crueldad narrada, no sólo por lo que cuentan los ejecutores, sino por lo que del ser humano hay en estos testimonios, por las víctimas y por el dolor que estas ejecuciones produjeron en los familiares y amigos de los reos.

Era aquella una España aturdida, retrasada, arruinada y abandonada, una de cuyas desdichas para espanto de muchos era la pena de muerte. Obra de Patino que deja el testimonio crudo sobre una época que ojalá no vuelva nunca más.

Cine social e histórico que siempre será un documento de incalculable valor antropológico sobre los seres humanos de una época tosca y brutal.

 

EL VERDUGO (1963). El verdugo es una las películas más emblemáticas del cine, no sólo del cine español, sino del cine universal. Por supuesto que en nuestra filmografía, esta comedia negra se sitúa en la cima.

Sin duda, Luis García Berlanga y Rafael Azcona eran los mejores cuando se trataba de eludir la censura de aquellos inicios de los sesenta en plena dictadura. Esta de Berlanga, quien dirige magistralmente el filme, tiene un guion obra de él mismo junto a Azcona, con la colaboración del guionista italiano Ennio Flaiano, y el operador igualmente italiano Tonino Delli Colli: todos colaborando conjuntamente en un film antológico.

No olvido la excelente música de Miguel Asins Arbó, con una partitura de melodías sencillas de aires populares que traspiran patetismo y fatalismo. Merece especial mención la labor en la fotografía (blanco y negro), muy apropiada para el film y de gran calidad, del ya mencionado Delli Colli. Delli dispone conmovedores planos largos y planos secuencia, imágenes de contraste, composiciones con muchos actores en pantalla, y situaciones de desorden y caos.

La conclusión es un clima melancólico y fúnebre, que hacia el final remata en una descarga de música, luz, baile, alegría y vida.

El reparto es sencillamente genial. Por empezar, el nasal José Isbert hace quizá el mejor papel de su carrera; un actor de nacimiento, un actor superlativo que transmite naturalidad y humor a su personaje de ex verdugo.

Junto a él, un sembrado Nino Manfredi en el papel de yerno timorato y cobardón, un personaje también bondadoso que no va poder seguir el camino que el suegro le traza, si lo que quiere es vivir en paz. Emma Penella estupenda, con una carnalidad sorprendente; José Luís López Vázquez borda el poco tiempo que tiene en el filme; Ángel Álvarez, María Luisa Ponte, María Isbert, Julia Caba Alba, Antonio Ferrandis y todo un elenco de actores secundarios de auténtico lujo, mejor, de súper lujo.

Esta película es y será un gran alegato contra la pena de muerte, pero no sólo hay que quedarse con este evidente mensaje contra la pena capital. Cuando uno vuelve a ver El verdugo, observa cómo ha cambiado España, qué atraso el de aquellos entonces, qué bajeza material y moral en tantos aspectos de la vida, una vida de subsistencia, de sacar cuatro “perras gordas”, y si podía ser fraudulentamente y con picaresca, pues incluso mejor.

 ¡Cuánta sorna y doblez en cada escena! ¡Cuánta crueldad, y qué paradigma del humor negro hace Berlanga con estos ingredientes! Es así, un puro sarcasmo, parece surrealista pero no lo es, es tercermundista a la española, es reírte porque la cosa da para eso, pero en el fondo lo suyo sería llorar a lágrima suelta.

Jóvenes y no tanto, si queréis ver el erial de la España de post-guerra, si queréis tener extrañas sensaciones e incluso carcajear, pero con un regusto amargo, si queréis haceros una idea de cómo era aquel país de Maricastaña, y además ver a nuestros genios del cine de no hace tanto, no os perdáis esta joya del cine español de siempre y para siempre.