Terminados los eventos navideños y con la vista puesta en los Carnavales —para algunos, porque otros ya están planchando la túnica—, El Puerto se centra en el tranquilo mes de enero. Los turistas son los menos tras unas fiestas agotadoras y su innecesario gasto; este mes parece detener toda actividad lúdica, centrando la vida en algo más contemplativo que gastoso.

Como no podía ser menos, es invierno. El frío nos hace buscar el calor de una prenda o del hogar y, a veces, la lluvia, tan necesaria, acompaña, aunque en ocasiones de forma demasiado impertinente. Son días de paseos por playas grises y apagadas, dejando que la salinidad del ambiente se nos pegue a la cara por la fina lluvia, mientras la arena, suavemente mojada, no se cuela en los zapatos, haciendo el paseo agradable mientras levantamos el cuello del abrigo.



Son días de verdes pinares oscuros y acogedores, buscando la senda bajo el amparo de pinos y eucaliptos, oyendo la hojarasca crujir de forma apagada bajo nuestros pies. Son días de cigarros al débil sol de la esquina, de solitaria cerveza en las desiertas terrazas, ajenas al bullicio y al ruido de los forasteros. Son días amables y locales, días en los que la ciudad nos pertenece, solo compartida con algún despistado que no tenía otra fecha para viajar.

Y es que, en una ciudad que, nos guste o no, vive y se centra en el turismo, poder gozar de la tranquilidad, la paz y el sosiego merece ser aprovechado. Ya vendrán tiempos en los que la playa se convierta en escenario de un desembarco; días en los que pasear entre los pinos sea un caótico barullo cargado de decibelios; ya llegarán los días en que tomar una cerveza sea una odisea titánica. Ya llegarán los días de sacar rendimiento a la ciudad, que todo es necesario.

Pero, tras las fiestas, disfrutemos de nuestro maravilloso entorno: del acogedor frío, de la envolvente lluvia, de nosotros mismos y, sobre todo, de las vistas hacia el río del olvido, salpicado de gotas de fino salido de una nube bodeguera. Quizá eso sea lo único de lo que ya apenas disfrutamos: de esas miradas perdidas al río que busca su bahía, confundiéndose los sonidos de la brega del muelle con el aire cargado de sal de la Puntilla y salpicándolo todo el olor a bodega, a criadera, a aromas esparcidos por el levante.

Aun así, los que sí disfrutamos de aquellos olores y sentimientos, en días grises y encantadores de un tranquilo enero, cerramos los ojos y, mientras escuchamos la vieja sirena del Adriano, aspiramos el aroma que nos invita a volar a la Colmena para tomar una castora.