Siempre fui persona acogedora, me gusta recibir gente en casa, y en estas fechas, sorprende la cercanía de algunas personas.

No sé si será por las fechas, por la añoranza o por la edad, pero la visita que me llegó de mi tierra para pasar todos la Navidad juntos me emocionó. No escribí, no soñé, y me concentré en ser un buen anfitrión.

Tengo que reconocer que apenas tenía nada en la nevera, excepto vino, que eso jamás falta en casa. Lo más entrañable fue que fuera con mis amigos a comprar los dulces navideños, una carne para un buen asado, y dejamos que el bigotes se encargara de los vinos de la tierra. Vinos que mis amigos no conocían y que les encantó.



Ha sido mi primera Navidad como Portuense, Portuense y anfitrión, lleno de orgullo por agasajar a quienes vinieron a verme y poder enseñarles todo lo que aquí tengo.

Jamás los vi tan emocionados con los adornos, con los eventos organizados, y tengo que reconocer que a pesar de que todos ya no cumpliremos jamás los cincuenta nos sentimos emocionados como niños.

Recorrimos mis lugares, esos que son como mi casa, y finalmente, se marcharon, fue un viaje relámpago, al fin y al cabo, no están tan lejos. Pero me sorprendió la facilidad con la que se adaptaron esos escasos cinco días. Eso me hizo reflexionar sobre algo.

El Puerto, ciudad a la que solo tengo cosas que agradecer, ofrece al visitante una extraña familiaridad. A veces, mis amigos salían solos, mientras el bigotes y yo preparábamos las cosas, pero cuando regresaban a casa, solo me hablaban de donde habían estado, y todos con la misma coincidencia, la fenomenal acogida, lo a gusto que se habían encontrado, y las ganas que tenían de volver. Eso sí que al final me asustó un poco.

Acoger a quien te visita solo puede ser objeto de alegría, pero en su justa medida, mi paz, mi tranquilidad, y mi acompañada soledad, no tienen precio. Queridos paisanos, aunque sea de adopción, BUON NATALE.