De nuevo abrimos la veda. Un año más, la ciudad más humillada, insultada y tratada como una auténtica piltrafa por las fuerzas tradicionalistas y moralistas de la ciudad, defendida por esos padres veladores de las sanas costumbres, de la paz y la moralidad, vigilada de cerca, cual vieja al visillo, por los guardianes de la más casposa libertad libertaria, será objeto de debate.
Como si de una novedad se tratase, el tema de las motos inundará las redes. Dará igual si se blinda la ciudad, si se toman medidas, si se ahoga a los que tratan de sacar provecho imponiéndoles restricciones, solo por contentar a cuatro gatos amargados, o si se multa a diestro y siniestro. Dará igual.
Los sumos sacerdotes de la moral, la mayoría de ellos más a gusto con una bandera palestina que con la que parece que les da urticaria, unidos a los que, al parecer, últimamente lo mismo lloran emocionados cuando se entona el “Viva España” de Manolo Escobar que por profundo pesar cuando un alcalde del PP hace algo —ya sea bueno o malo—, se rasgarán las vestiduras.
Se hablará, como haría un iluminado, de la corrupción pecadora de unos dirigentes que venden la ciudad cual vil Jezabel, lanzándola a los pies de los hijos de la noche, de los Belcebú vestidos de cuero que, sin pudor alguno, aparcan en las aceras, queman las ruedas en el asfalto, beben hasta caer rendidos, orinan y fornican en callejones y esquinas, sumiendo la ciudad en el más pecaminoso caos, donde los sufridos ciudadanos, inocentes víctimas, deberán salir a las calles asustados, esconder a sus hijas adolescentes y tapar los ojos de sus inocentes criaturas.
Y todo, todo por culpa de la maldad crepuscular de unos indignos gobernantes que solo piensan en dinero, cabalgatas y viajes inapropiados.
Al igual que en tiempos pasados, pero cambiando el hábito, llamarán a la santa cruzada contra los corruptos impíos indignos de gobernarnos y que abandonan la ciudad en manos de… los moteros del infierno.
La realidad es bien distinta y, como en cualquier evento, sea del carácter que sea, las molestias serán una constante. Por mi parte, me encontraré con dificultades para acceder a mi casa, me enfadaré cuando por culpa de cuatro capullos tenga que aguantar una cola para entrar en la ciudad y, en cada badén, me acordaré de la madre de más de uno.
Casi con toda seguridad pisaré el “agüita amarilla” de algún que otro incívico, que, de seguro, si es objeto de análisis, revelará que el mismo es bebedor de Fino Quinta.
Y aun así, y como no podría ser de otra manera, me aguantaré. ¿Por qué? Pues muy sencillo: porque me gusta la feria y no el carnaval, porque prefiero la Semana Santa a una batucada, aunque en ambas el morado sea el color que los dos vestimos, porque en mi casa ondea una bandera de España y en la de enfrente la de Palestina, y, sobre todo, porque hay algo que entiendo fundamental: la cohabitación y la tolerancia, aunque me joda.












