Que vivimos tiempos convulsos es algo de sobra conocido; que apenas hay criterio, moral o empatía es algo que vivimos en nuestro día a día; y que muchos, pero muchos, estamos hastiados es algo que se palpa en el ambiente.

Las derivas y las consignas han dejado de ser algo que no nos afectaba. Han pasado de ser el modo de vida de quienes gustan del debate político para influir directamente en nuestro día a día. Y en ciudades como El Puerto, hasta el último de los vecinos se levanta y se acuesta harto, muy harto.

Dará exactamente igual quién gobierne, porque la sociedad va hacia un precipicio del que pocos nos libraremos. Se nos empuja hacia el abismo de la desilusión.

El ser humano, en la mayoría de los casos, aspira a que lo dejen vivir en paz. Quiere disfrutar de un hogar estable y seguro, pero para eso necesita el permiso de las autoridades. Buscar un hueco y hacerse su casa con sus propios esfuerzos es algo hoy impensable. Debe someterse a normas, impuestos, gastos y mordidas en nombre de la empatía con los menos favorecidos. Así que puede olvidarse de aquellos tiempos en los que los fines de semana levantaba, con su esfuerzo y el de sus amigos, su propio hogar.



Quiere trabajar, ganar dinero y poder tomarse algo cuando le apetezca. Pero le han convencido de que es mejor vivir de las pagas, esperar a jubilarse o a que le concedan una incapacidad. Y si decide trabajar, ve cómo entre retenciones y subidas el sueldo no le llega. Y si decide ser su propio jefe —no empresario de una multinacional, sino trabajador de su propio negocio, por poner un ejemplo, un bar—, entre impuestos, obligaciones, normas, controles y “polladas” varias, termina aburrido y, en muchas ocasiones, asfixiado de por vida con múltiples deudas.

Valoro cada día más la paz de tomarme una copa, haciendo oídos sordos a los lamentos de quienes, sin que sea su problema, se rasgan las vestiduras por dos desconchones en una casa que no es suya; de quienes lamentan que un alumbrado, que ya criticaron por el gasto que suponía, no se coloque en una barriada donde no existen ni comercios ni tradición; de quienes se quejan del estado de la ciudad porque no se recogió el paquete de pipas vacío que ellos mismos tiraron, o porque las terrazas ocupan una calle por donde no pasan, o por los turistas que vienen a ensuciar, o por los que no vienen por la mierda de ciudad que tenemos.

Democracia y libertad, o imposición de cómo debemos vivir y sanción por no hacer lo que libremente se nos ha impuesto…

Me quedo con mis playas y pinares. Sí, con las playas y pinares cochambrosos, sin vigilantes y sin servicios. Me quedo con mi ciudad, plagada de rincones donde sentarte a tomar algo es un placer, a pesar del estado ruinoso y dejado en el que algunos, en lugar de árboles y sol, ven dejadez, mierda y ratas.

Y es que en algo llevan razón: El Puerto está lleno de ratas, lleno de una miseria moral y de un asqueroso oportunismo que yo, gracias a Dios, prefiero no mirar.