Desde que tengo uso de razón, la lluvia ha formado parte de mi vida. Los medios de comunicación nos han dejado escenas dantescas de inundaciones, desgracias y desastres naturales que ya forman parte de nuestra historia. Yo mismo he visto partes de El Puerto inundadas, pocetas levantadas y palmeras tumbadas. Todo ello ha sido, y será, parte de nuestra vida, pues dudo mucho —para nuestra desgracia— que consigamos que no vuelva a llover jamás. Seguirá lloviendo y seguiremos poniendo los medios necesarios para evitar las desgracias.
Pero si esto es una constante, casi cotidiana, sí que hemos cambiado. Los desastres naturales siempre han sido desastres naturales, y los gobernantes siempre han sido criticados según cómo se enfrentaban a ellos: previendo y poniendo medios para minimizar daños, o por su actitud en el día después. Como viene ocurriendo tras los últimos grandes colapsos, las acusaciones de “asesino” a políticos y la histeria colectiva están, de forma bastante ilógica, a la orden del día.
El mal tiempo de toda la vida ahora es una “ciclogénesis”, algo que muchos no saben exactamente qué es, pero que algunos buscarán en internet para dar una disertación tratando a los demás de ignorantes. Las tormentas, que nos visitan cada invierno y siempre fueron tormentas, ahora tienen nombres propios. Y los Mariano Medina de andar por casa, en cuanto caen dos gotas, empiezan a vaticinar desgracias y a acusar al político de turno, siempre que no sea del partido de su preferencia.
El gran problema de las tormentas es la politización social que tenemos encima, como una borrasca permanente. Hoy, por si acaso, no hay político —desde el concejal pedáneo hasta el cargo más alto de un ministerio— que, cuando llega un temporal serio, no active protocolos extraordinarios. Y no es malo: nunca está de más pasarse que quedarse corto.
Sin embargo, estamos generando una psicosis bastante llamativa. Parece que los niños se van a deshacer con la lluvia, que llegar a casa con los pies mojados provocará amputaciones por gangrena, o que salir a la calle durante una alerta meteorológica puede acabar con nosotros como si la lluvia fuese ácida.
El sentido común —eso que se está perdiendo— apenas se emplea. Y sin perder de vista los múltiples daños que el agua ha causado en España durante el último siglo, siempre ha existido una alerta natural basada en la prudencia. Hace años, si llovía demasiado, simplemente no íbamos al colegio sin necesidad de que nadie lo decretara. Tampoco viajábamos si veíamos una manta de agua. Y, sobre todo, siempre hubo gente que se ponía en peligro de forma innecesaria por pura cabezonería… y de eso nadie tenía la culpa.












