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Hace pocos días, estando fuera del país, pude ir a un estreno llamativo titulado DogMan (2023), de L. Besson; y es curioso porque hace unos años pude ver otra peli de título parecidísimo: Dogman (2018), de M. Garrone.

Hombre y perros, muchos perros en ambas películas, pero no son alegres ni agradables como podría suponerse, al contrario: dramáticas, de tinte trágico.

DOGMAN (2023). Al principio de la cinta se lee la frase de Alphonse De Lamartine: “Cuando un hombre tiene problemas, Dios le envía un perro”. Y aquí arrancan casi dos horas de metraje de un Luc Besson libre, provocador y excesivo que vuelve tras cuatro años de ausencia.

Este une a la persona desgraciada con un perro, pero en esta cinta no será uno, sino docenas de perros los que acompañen a Douglas Munrow en su particular existencia tormentosa. Una miríada de canes que serán sus ángeles guardianes, incondicionales, sus salvadores, y que les servirán de apoyo en todo, hasta para cocinar le ayudan.

Perros que incluso entienden las palabras de Douglas; más aún, entienden y anticipan sus deseos e intenciones, adelantándose a ellos y dando cumplida cuenta de sus planes, desde robar joyas hasta obtener las llaves de la celda donde lo han encerrado. Los perros son como un ejército disciplinado y fiel, a su servicio. A cambio, Douglas los ama, los alimenta y los cuida.

La película se construye a partir de entrevistas del protagonista Douglas (Caleb Landry Jones) con la psiquiatra Evelyn (Jojo T. Gibbs), una mujer que también carga con sus problemas personales. Douglas va a ir recordando su pasado infantil tortuoso, las razones de algunos robos de alhajas, agresiones de sus perros pedidas por él, y sus dificultades físicas y emocionales.

Momentos clave que son rodados recurriendo a diversos flashbacks y un permanente uso del montaje paralelo. Un relato que oscila entre el humor negro, la solemnidad, la religiosidad y cierto sentido trágico.

Un relato imaginativo y delirante

Besson indaga con imaginación y delirio, cómo un niño maltratado, puteado hasta el límite por su padre y su hermano mayor, abandonado por su madre, golpeado, encerrado en un jaulón con docenas de perros, tiroteado y que acaba en silla de ruedas puede medio salir a flote.

Ese niño-muchacho, tras haber sido tan arbitrariamente torturado, generará en su interior un insobornable sentido de la firmeza y acabará siendo un justiciero indómito e imperturbable.

Después que el criminal del padre y su hermano son encarcelados, el niño, en su sillita pasa por un colegio de acogida donde conoce a una bonita mujer que le enseña el teatro de Shakespeare, el oficio de la interpretación, la lectura de los clásicos y el amor por el arte en general. Mujer que es mayor que él y de la cual, silenciosamente, se enamora perdidamente.

La película aborda el tema de los colectivos marginados que han sufrido vejámenes, que son insultados a diario. Esta es la razón de que salgan travestis, mujeres negras de tercera, trabajadoras precarias en espectáculos o animales maltratados.

La fuerza de los perros

Hay en el filme claramente el pretexto animalista como base de salvación. Docenas de perros que viven con Douglas para parar los pies a unos gánsteres que están extorsionando a los vecinos del barrio y diversas escenas de acción canina cuidadosamente coreografiadas, sorprendentes e hilarantes. Pero que nunca acaban siendo parodia pues lo que resalta es el “dolor”, una palabra que se pronuncia en más de una ocasión.

Digno de mención es cuando los perros, instados por Douglas, se dedican a robar joyas a gente rica, robos que le sirven a Douglas para lucir esas alhajas en sus actuaciones como cantante y como manera de redistribución social de la riqueza (todo un sarcasmo).

Una víctima que necesita compensaciones

Douglas, necesita compensar sus privaciones de crianza y sus menoscabos físicos y afectivos convirtiéndose en alguien capaz de celebrar la vida. Asuntos como ser alguien importante, un personaje en el terreno artístico o incluso científico.

De hecho, Douglas acabará convertido en todo un licenciado en Biología (por su amor a los perros) y además, triunfa en el mundo del espectáculo haciendo brillantes imitaciones de Edith Piaff, Marilyn Monroe o Marlene Dietrich. Lo cual consigue cambiando de identidad: pelucas, maquillajes, o indumentaria de sofisticada drag Queens. Con este look se va creando una llamativa y seductora presencia.

Destaca el momento en que Douglas debuta en un espectáculo, manteniéndose en pie en el escenario (recuerdo que es un hombre que va en silla de ruedas), representando a la Piaff y cantando el clásico Non, je ne regrette rien (no me arrepiento de nada) que es el leit motiv musical de la película.

Reparto

Hay dolor y arrepentimiento que interpreta con notable magisterio un sensacional Caleb Landry Jones que habla tanto con los perros como con Dios; y además, recita a Shakespeare y transita de la locura, a la tristeza, la ironía, y se convierte en Dietrich o Piaff en un cabaret.

En el reparto sobresale también una sembrada Jonica T. Gibbs, la psiquiatra de color que resulta ser la única persona que le muestra a nuestro solitario personaje un poco de amabilidad y diálogo empático; a ambos les une el “dolor”. Acompañando, un largo listado de nombres muy bien todos.

Por concluir

Correcto thriller donde hay interesantes y alocadas escenas de violencia, donde no falta el amor en la profesora que le enseña a Douglas la obra de Shakespeare (“si puedes interpretar a Shakespeare, puedes interpretar cualquier cosa, le dice).

Ritmo ágil que por momentos conmueve y a ratos produce inquietud, fruto de una meritoria dirección de Besson, un guion bien construido y trabajos actorales loables. Especial mención merece la música de Eric Serra, pieza clave para el filme con una colección de conocidas canciones bien intercaladas. Estupenda la fotografía de Colin Wandersman, amén del manejo de los perros y el montaje.

Besson consigue convertir la biografía de un antihéroe, en la bizarra reivindicación de una vida vista y practicada desde los márgenes, y lo hace sin temor a los excesos. Cinta que es compendio de muchas cosas: especie de parábola religiosa, intenso melodrama social, thriller de vengador, una confesión sincera y cruda, y una fábula animalista. Un soplo de aire fresco.

Más extenso en revista ENCADENADOS.

 

DOGMAN (2018). Esta es una película cruda, nadie se lleve a engaño. No es una simple alegoría del mal ni un melodrama, es directamente inquietud e incluso terror.

Matteo Garrone hace una meritoria dirección descifrando las claves de cómo se mueven los hilos de algunas clases populares, con relación a cierto nivel de mafia asumible, o sea, ciertos psicópatas de barrio. La película habla de grupos que viven apaciblemente respetándose unos a otros con una convivencia incluso amistosa: el vendedor de oro, el dueño de un bar de suburbio, el de la sala de juego con máquinas tragaperras o el protagonista que cuida de los perros ajenos. Eso es: otro hombre de perros.

La cosa es que esos hombres, en particular el protagonista, hombrecillo digno, bueno y amantísimo de los canes, se va a ver acorralados por un ser demente y peligroso. A nuestro pobre protagonista Marcello, los miedos y una gran duda interna lo van a asaltar, para ya no volver a ser el mismo hombre de siempre.

Guion meritorio de Maurizio Braucci, Ugo Chiti, el propio Garrone y Massimo Gaudioso, muy bien escrito, con un pavor que sube de escala a cada instante del metraje, con buenos diálogos, propios de una interesante trama, y una visión veraz de la historia que narra.

El reparto es de nivel, sobresaliendo un Marcello Fonte genial que sabe encarnar con absoluta verosimilitud a un ser cándido superado por las circunstancias; Fonte recrea su personaje con un abanico de matices emocionales muy variado que impactan al espectador. Acompañando, su antagonista, el peligroso ex boxeador Simone, interpretado magistralmente en toda su brutalidad por un excelente y creíble Edoardo Pesce.

La película es un cuento sobre la humanidad en el mejor sentido y a la vez sobre la dimensión animal del hombre. Ambos polos acierta su director a exponerlos con gran pericia y solvencia. Garrone tiene una mirada compasiva del ser humano, lo cual hace que la cinta, lejos de ser meramente truculenta, ofrezca también una visión sensitiva de su protagonista principal; un pobre hombre, un amante de los podencos, diablo y ángel a la vez, en el epítome de sus posibilidades.

De hecho, la relación entre los dos personajes principales, Marcello y el brutal Simone, constituye una mezcla peligrosa entre el hombre débil y la violencia más cruel. Estamos ante una alegoría llena de inquietud, cargada de tensión y desazón. Una historia que apunta cuánto de falaz hay en las ideas de debilidad y fortaleza. Y cuánto sufrimiento y derrota hay en la venganza.

Marcello deviene ángel ultrajado, un medroso que pretende provocar; un hombre que cuando intenta hacer el camino del titán vengador, solo encuentra la callada por respuesta y una enorme sensación de vacío.

En resumen, historia de violencia que no esconde otras líneas humanas. Por ejemplo, los rasgos redentores de Marcello que igual lo inclinan a un fervoroso amor por su hija, como a una dedicación franciscana a los hermanos canes.

Tampoco escapa a quien visione este film, que hay en el protagonista un paradójico y extraño comportamiento con su torturador Simeone, que igual lo lleva a aventar sus vicios con la droga, como a dejarse querer por ese hombre rudo y primario en sus ratos, pocos, que el tipo tiene de indulgencia; lo hace obedeciendo y a la espera de alguna recompensa que luego nunca llega.

Toda esta soterrada y cruel conflictiva se desenvuelve en un ambiente de páramo, casas semiderruidas o calabozos, sólo los perros de fondo. Todo en el filme es desalentador y además, como guinda cruel, muestra los perniciosos efectos de la ira, de la rabia incontrolada; en este sentido me trae a la memoria la conocida película “Se7en” (1995), de David Fincher, cuando al final de la misma, la ira (pecado muy capital) del personaje deviene fatalidad para él.