No era cuestión de haber montado una exposición universal, pero el centenario del ominoso Desastre de Annual, en 2021, no merecía haber pasado sin pena ni gloria por esta España nuestra; por más que la gloria brillase casi nada en aquella luctuosa página que acumuló, eso sí, litros de pena y sangre en las entrañas de un pueblo apaleado al que esperaban, en los años siguientes, duelos y quebrantos aún más tormentosos.

En las explanadas de Annual, y en otros enclaves del Protectorado de Marruecos, los cuerpos exánimes de más de diez mil militares se pudrieron al sol tras apenas unas semanas de contienda a consecuencia de la bravuconada del Borbón de turno y de la prepotencia de unos incompetentes mandos. Pero al contrario que esos países que apechugan con sus Vietnam, sus Argelias o sus Alemanias Nacionalsocialistas, con un afán siempre clarificador y reflexivo, a nosotros nos cuesta rozarnos las cicatrices.



Por eso hay que celebrar que desde la ficción –esa máquina de contar la verdad de las mentiras– se ponga el foco en el corazón de episodios trágicos de nuestro vano ayer, cuyos silencios tuvieron su razón de ser (que no su justificación) en el momento histórico en el que surgieron,  pero que una sociedad moderna y democrática debe desescombrar en pos de la salud colectiva del presente y, sobre todo, del futuro. Aunque nos duela.

Porque nada hay de complaciente en Rif (de piojos y gas mostaza) que el sábado subió a las tablas del teatro Muñoz Seca gracias al veterano quehacer de Laila Ripoll y Mariano Llorente, dos grandes de la dramaturgia patria que pilotan desde hace más de treinta años un solvente proyecto con vocación de teatro comprometido sin anestesia.

No es fácil encapsular en dos horas de función tanta desgracia y tanto fracaso, pero la pieza de esta coproducción del Centro Dramático Nacional lo consigue de largo recurriendo al esperpento valleinclanesco y a aquellos espejos deformantes donde se miran tres soldados que vuelven a los escenarios del Desastre y deambulan entre el horror y el humor para destapar, con grotesca solvencia, la arraigada corrupción, el atraso secular, el colonialismo trasnochado y el machismo cutre de un tiempo y un país que ya no volvería a ser el mismo.

Las interpretaciones de Arantxa Aranguren, Néstor Ballesteros, Juanjo Cucalón, Ibrahim Ibnou Goush, Carlos Jiménez-Alfaro, Mateo Rubistein, Sara Sánchez, Jorge Varandela y el propio Llorente se encargan de hacer grande una obra que el público que casi llenaba el Muñoz Seca recompensó con justicia.