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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Hoy hablaré de dos películas paralelas pero de diferentes épocas. La más actual, Living, que he visto hace apenas unos días, es un remake del filme Vivir (Ikuru), de Kurosawa, que a su vez es una adaptación de la novela de León Tolstoi: La muerte de Iván Ilich.

Ambas películas son soberbias y promueven en el espectador sensible, cierto cambio de cosmovisión, la opción de tomar por el camino que nos conecta con la vida.

La versión primera se desarrolla en Tokio a final de la II Guerra Mundial, en un país devastado. La moderna se sitúa en el Londres cincuentero, igualmente en tiempo de posguerra.

Contra la idea muy hollywoodiense de que la vida es un hecho absolutamente extraordinario y maravilloso a lo Capra (p.e. ¡Qué bello es vivir!, 1946), Kurosawa se preguntó si lo que realmente es sorprendente y cautivador de la vida no es su intrascendencia, su poquedad, su vocación de olvido, su fascinante «levedad».

Paso a comentar ambos filmes. Comenzaré con el más reciente, Living (2022), de O. Hermanus; y luego, Vivir (Ikiru) (1952), de A. Kurosawa.

LIVING (2022). Esta cinta de Oliver Hermanus es bella, es intensa, y homenajea con heterodoxa fidelidad la obra maestra de Kurosawa (que vemos más abajo). Imita, pero no copia, una película se relaciona con la otra para proponer una visión de la vida sin resentimiento, sin falsos heroísmos, sin la apelación a lo milagroso. Porque su director, Oliver Hermanus y su guionista, el Nobel inglés de origen japonés Kazuo Ishiguro, nos vienen a decir que la vida es la suma de olvidos, ligera como un vilano al viento, humildemente acompañada de sus efímeros logros.

El personaje principal, el Sr. Williams (Nighy), se presenta antes de que salga en pantalla. Comienza la película con el primer día laboral de Peter Wakeling (Sharp) en el departamento de Obras Públicas del London County Hall. Sube al tren con sus compañeros de trabajo, Middleton (Rawlins), Rusbridger (Burton) y Hart (Chris), quienes le cuentan todo lo que necesita saber sobre su nuevo jefe, el Sr. Williams. Esta escena vuelve a aparecer en el acto final de la película, en tonalidad agridulce.

Es la historia del Sr. Williams, un triste y gris funcionario cuya existencia ha transcurrido bajo el yugo de la burocracia. Cuando el médico le comunica que padece un cáncer terminal, desea y anhela por vez primera aprender a vivir, a sentir la vida.

Una propuesta que nos conducirá junto al personaje, al fondo de la noche, busca la fiesta, anhela el amor. De este modo, próxima la vida a la muerte, el trayecto que resta a Williams adquiere no tanto el valor de lo extraordinario, como el sentido de lo único.

Saca el dinero de su cuenta de ahorros y se dirige a un bonito lugar costero, prometiéndose hacer de sus días postreros un tiempo de goce y provecho sensorial. Pero se da cuenta que no sabe cómo hacerlo. Un misterioso desconocido de apellido Shuterland (Burke) lo lleva al güisqui y la nocturnidad, pero la juerga no le llena.

Luego se reencuentra y se siente atraído, platónicamente enamorado, por una joven compañera, Margaret (Wood), que posee la vitalidad que a él le falta. Con su ayuda, Williams buscará recuperar el tiempo perdido. Incluso hacer por los demás cuanto antes no hizo, pues su vida fue un mero dormitar, vida zombi, como le apunta Margaret.

La vida es o está en los «otros», leía hace poco, y esta cinta lo subraya. Puesta en valor la vida acotada del protagonista, el sentido de lo que queda en la misma sólo puede cobrar dimensión y alzar el vuelo consiguiendo hacer felices a las madres y a sus hijos a quienes antes ninguneó, construyendo un pequeño parque infantil para esta comunidad. Un parque dormido entre el papeleo municipal.

El reparto es, ante todo un Bill Nighy que maneja a la perfección los aspectos ásperos con los sensibles, que construye el personaje de Williams con notable magisterio; Nighy acierta a conjugar lo dramático con expresiones de ternura y un humor a lo inglés, y borda el papel, la perfecta encarnación del funcionario frío y estirado, que alberga un fondo de bondad muy escondido.

Acompañan con excelencia y maestría otros actores y actrices de reparto, como Aimee Lou Wood, como la alegre señorita Harris. Tom Burke es Sutherland, quien lo acompaña en la noche de fiesta. Alex Sharp, que intuye el dolor de su jefe, el dispuesto y entusiasta joven Sr. Wakeling, que tanto ayuda y entiende a Williams. Adrian Rawlins es el Sr. Middleton, el segundo en la oficina.

Hermanus emplea una serie de acertadas opciones de dirección a lo largo del filme: utiliza mezcla de sombras desabridas con descargas suaves, una manera natural en la construcción de escenas íntimas, junto con escenas muy dialogadas.

Es una cinta basada en gran parte en la humanidad de sus personajes. Por ejemplo, cuando Williams se dirige a su cita con su médico, el tiempo se ralentiza, y camina a cámara lenta mientras se aleja del trabajo. Cámara pausada que es la monotonía de su vida, al tiempo que alude a la rapidez con la que se mueve la existencia a medida que se acerca a su objetivo final. Un buen trazado visual utilizado sabiamente, con moderación.

El tercer acto explora póstumamente el legado del Sr. Williams, tanto a través de flashbacks, como de los empujones de sus antiguos colegas para reclamar el mérito de su logro: el parque infantil.

Película sombría que pide al público que mire a su interior y reflexione sobre el legado que algún día dejará atrás. Obra hermosa e inquietante, con un Nighy que ofrece una actuación conmovedora, mientras que reflexiona sobre su vida, que está llena de arrepentimientos, a la vez que de un compromiso con final feliz.

Publicado más extenso en revista de cine ENCADENADOS.

 

VIVIR (IKIRU) (1952). La película trata sobre un viejo funcionario del Ayuntamiento de Tokio, Kanji Watabe, que arrastra una vida tediosa en la que apenas hace más que poner sellos en los documentos públicos que le van llegando. Pero un día debe enfrentar la dura realidad de una enfermedad incurable. En este punto, Watabe, con la certeza del final de su vida, toma consciencia del vacío que ha sido su existencia y surge la necesidad de encontrar, en lo más profundo de su ser, la búsqueda de un sentido.

El gran director Akira Kurosawa nunca defrauda, siempre hace ricos aportes en su cinematografía. En este caso, con un maravilloso guion del propio Kurosawa junto a Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni, el maestro japonés nos pone delante de un hombre inexorablemente condenado. El personaje es un hombre mayor, viudo, que vive junto a su hijo y esposa, con los cuales mantiene un difícil equilibrio en la convivencia.

Empujado por la terrible noticia, Watabe se desespera inicialmente y busca primero evasión, pero esa experiencia no le satisface. Busca el amor sin éxito y finalmente, en una especie de iluminación, decide agilizar los trámites burocráticos para llevar a buen término un pequeño parque para el disfrute de los niños y sus familias. Watabe, en sus últimos días, se empleará a fondo en el proyecto.

En la parte final de la obra, Watabe ya ha fallecido y podemos ver cómo los funcionarios del ayuntamiento, junto a su hijo, esposa y un tío, están ceremoniosamente sentados frente a su foto para rendir homenaje al difunto. Las conversaciones entre unos y otros y la gente que se incorpora para echar incienso en la ceremonia no tienen desperdicio. Todos debaten sobre el finado, muchos discuten sobre la autoría del parque, y finalmente llegan a una conclusión, muchos de ellos bebidos, que Watabe fue una persona excepcional por todo cuanto tuvo que batallar, humildemente, para llevar a buen puerto el parque con el cual puso un feliz punto y final a su vida. Por fin había sabido encontrar un sentido a su improductiva vida anterior.

El último personaje que entra a compartir en el duelo es un guardia, el último que lo vio, y cuenta que Watabe, poco antes de su muerte, sentado en un columpio del parquecito, cantaba una canción cuya letra era conmovedora:

«La vida es corta / Enamoraos, doncellas / Antes de que la flor carmesí / Se desvanezca de vuestros labios / Antes de que las mareas de la pasión / Se enfríen en vuestro interior/ Para aquellos de vosotros/ Que no conocéis ningún mañana».

La excepcional música de Fumio Hayasaka y una maravillosa fotografía de Asakazu Nakai (en blanco y negro) son condimentos importantes del filme. Sin olvidar el magistral reparto, donde destaca el excelente trabajo de su intérprete principal, Takashi Shimura, uno de los grandes actores del cine japonés, un actor expresionista, con una mirada y unas facciones, cuyo rostro lo dice todo, que traspasa la pantalla y hace de esta película única.

No se entra y se sale igual de esta obra que es una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, un filme admirable, compasivo, redentor y todo un ejemplo de observaciones sociales punzantes y claras, a la vez que con una carga extra de sentimientos muy variados.

«Si no la has visto nunca, deberías. Si ya la has visto antes, tu admiración sólo irá a más» (Michael Wilmington).

Publicado más extenso en ENCADENADOS.

Película completa: