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De sobra es conocido lo que acerca del silencio, querido lector, escribió Tagore. Otro tanto, acerca de la música, creía Antón García Abril, que falleció hace poco. La expresión artística perfecta, al contrario de lo que cabría esperar de un poeta y un compositor, es, por tanto, el silencio. Y el silencio, que no sólo consiste en callar, acaso es perfecto porque es inimitable; es un misterio.

El teatro, la obra La Isla, (ya que toca tratar ahora de su representación anoche en nuestro Muñoz Seca), no puede tratar el misterio como algo inteligible, sin caer en una redundancia cómica… Y es que, si es posible decir de una persona que dijo algo antes de morir sin que resulte redundante, es porque pudo decirlo cómo, cuándo, y dónde lo dijo porque estaba viva… Y si no hay nada como representar lo que nos ocurre (teatro dentro de teatro) para saber lo que nos pasa, eso no supone, ni mucho menos, resolver el misterio que somos.



Porque ¿qué vida tiene el misterio? ¿Quién ha visto a Dios? ¿Quién le ha oído que no fuera un profeta? ¿Cabe, por tanto, decir con Ada (Gema Matarranz), pareja de Laura (Marta Megías), que Dios es mujer, cuando se derrumba por la muerte de su hijo, Samuel? ¿Sale del pecho algo ante dolor semejante, y da para hablar de amor? ¿O, como pasa al poeta con la palabra y al compositor con la música, no hay como el silencio, que es un misterio, para que también el dolor sea perfecto, y no una caricatura suya? Tal vez lo único que alcancemos a saber de nosotros mismos sea una caricatura de lo que en realidad somos: un misterio.

La obra cierra con un violento ritmo musical de moderna tragedia urbana que normaliza la experiencia terrible de una familia nada convencional.