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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

M. Night Shyamalan nació en la India en 1970, pero se crio en los suburbios adinerados de Philadelphia, donde sus dos padres, médicos, se instalaron cuando él era apenas un niño. Obsesionado con el cine desde temprana edad, soñaba con emular a su ídolo Steven Spielberg mientras se fogueaba con una cámara de Super 8. Nunca se le pasó por la cabeza otra cosa. Quería ser director a toda costa, y con ese empeño se matriculó en la Universidad de Nueva York.

Este director indio-estadounidense posee ya un largo recorrido de enorme nivel en el cine con títulos como El sexto sentido (1999), El protegido (2000), Señales (2002), El bosque (2004) o Múltiple (2016). Películas que sorprenden, que incluso impactan y que, sobre todo, han creado escuela, además de tener unos finales originales, escalofriantes e inesperados.

Shyamalan es un cineasta honesto, sin trampas en sus obras que son, sin más, fruto de su imaginación, poesía visual y sonora (excelentes bandas sonoras) y referidas a aspectos trascendentales de esta vida y de la “otra vida”.

M. Night Shyamalan.

Shyamalan sabe también usar su singular humor, para restar parte de dramatismo y tensión a sus historias y hacerlas más tolerables. Porque el cine de Shyamalan es profundo y por momentos escabroso. Además, nuestro director es lo suficientemente inteligente y sutil para saber que ha de ser también comercial.

Un cine pues, que no deja impasible al espectador. Más bien produce sudoración en las manos, dilatación de pupilas, amén de piloerección y taquicardia.

Comentaré a continuación tres obras de este genio del cine: Tiempo (2021); El incidente (2008); y El sexto sentido (1999), una de sus obras más reconocidas.

TIEMPO (2021). De título original Old”, la película resulta de la adaptación de una novela gráfica de 2010 llamada “Sandcastle” (“Castillo de arena”), escrita por Pierre Oscar Lévy y dibujada por Frederik Peeters.

En “Sandcastle”, como en el filme, un grupo de turistas llegan a una playa paradisíaca con la única intención de ser felices. Y serlo a tope, lejos de las preocupaciones del trabajo y de las rutinas diarias. Una pareja sentada sobre la fina arena al borde de las livianas olas se mira y susurran emocionados el deseo que todos comparten: “¿Y si la vida fuera así para siempre?”

Pero en la tal playa, en apariencia deliciosa, por cada media hora que transcurren en ella, todos envejecen un año. Los que tienen entre 20 y 30 años cuando llegan a la playa, como ocurre con muchos de los padres en la historia, en 24 horas estarán están rozando el final de sus vidas o habrán muerto ya; y los niños serán adultos.

Inicialmente parece algo tremendo, pero no tardamos en percatarnos que el filme es reflejo de una sociedad perdida y superficial. Un mundo de personas centradas en sus pequeñas miserias o en su cuerpo o en pasarlo bien, aunque sea por unos días en una exótica playa en la cual pretenden encontrar la solución a sus problemas más profundos e intrincados.

Escenas como la de la mujer narcisista y esposa del médico paranoico y receloso que sólo vive para maquillarse y hacerse “selfies” tomando grotescos desayunos cargados de vitamina C; las impertinentes preguntas de un niño a los turistas (“¿cómo se llama usted y a qué se dedica?”). Todo ello muestra la pérdida de lo esencialmente humano, del genuino afecto, de la sencillez, del “ser” más allá del “aparentar”.

Este proyecto de Shyamalan cuenta con un elenco internacional impresionante que incluye a Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell, Ken Leung o Abbey Lee, entre otros. Estupendas y conjuntadas actuaciones que ofrecen una imagen dramática de la tragedia por la que pasan los personajes.

Turbadora en su sencillez, movimientos de una cámara inquisitiva y sinuosa, sonidos, silencios, lo que se muestra y lo que no, llena de momentos que remiten a un ejercicio de estilo en escenario único con el tiempo que todo lo devora hasta envejecer sin remisión. Planos primeros quebrados, fondos desenfocados, detalles antes que la globalidad y la fábula transcurriendo de forma implacable.

Cándidos juegos infantiles, miradas a través de cristaleras y retrovisores, todo ello a modo de antesala, los reflejos del espanto en una playa que es también trampa y que bien puede servir a modo de elevada alegoría de muchas cosas que se nos pueden ocurrir: la vida, el matrimonio, incluso el confinamiento obligado por el Covid. Y presidiendo, un tiempo de fugacidad inane, invitación a reflexionar sobre la fugacidad de la vida.

Así es la película, un oscuro mecanismo de terror existencial al sol de la playa que circula con un ritmo tan frenético como el declive acelerado de sus personajes. Una experiencia aguda y penetrante sobre el curso de la vida.

Es un filme donde se impone la cruda realidad de unos personajes que sólo anhelan escapar de esa playa o que los rescaten. El final es algo inaudito. Pero se perdona pues lo que cuenta es la impresión tan grotesca y a la vez inevitable de que la historia en la playa es la de todos nosotros. Una metáfora para quien quiera ver más allá de lo anecdótico.

La obra habría dado para mucha más reflexión y debate interno, pero deriva hacia un final medio policial o ciencia ficción. Podría haber sido más filosófica, existencial y psicológica.

De otra parte, el relato podría haber acabado con todos muertos en la playa que, al igual que los castillos de arena del título original del cómic, hubieran sido llevados por la proverbial marea; como el último castillo de arena que los dos supervivientes construyen antes de cruzar el banco de coral para escapar de ese lugar maldito.

La película habría quedado muy bien de haber seguido la historia en plan existencial, personas perdidas en su propia soledad y egocentrismo. O meramente la digresión sobre el curso de la vida, lo estrictamente psicológico o de asombro ante lo que es un tiempo sobrevenido en pocas horas, o la crisis de los jóvenes que ven perder su juventud.

Pero ya he dicho que Shyamalan busca por lo común un toque comercial y de actualidad para sus filmes, no sólo para atemperar emocionalmente el mensaje turbador, sino también para vender el producto.

Más extenso en la revista Encadenados.

EL INCIDENTE (2008). Night Shyamalan dirige esta película de pandemia que cuenta las extrañas y escalofriantes muertes que se están produciendo en las principales ciudades de los EE. UU., donde la gente se inflige daño a sí misma con suicidios en masa, lo cual carece de una explicación mínimamente plausible.

Elliot Moore (Wahlberg), un profesor de ciencias de Filadelfia intenta eludir este letal fenómeno y se dirige a Pensilvania con su mujer (Deschanel), su amigo Julian (Leguizamo) y la hija de éste; pero no tarda en darse cuenta de que ningún lugar es seguro. De repente, Elliot empieza a vislumbrar la naturaleza de lo que está ocurriendo, relacionado con una neurotoxina liberada por las plantas.

 

Interpretada con solvencia por Mark Wahlberg, Zooney Deschanel y John Leguizamo, resulta ser un espectáculo brillante y en los momentos de terror surgen fogonazos inesperados, subrayados por una magnífica banda sonora (música y ruidos) de James Newton Howard, propia del género.

Resulta una película arrebatadora y asombrosa, a la vez que muy aguda en sus planteamientos, exaltada e incluso mística cuando se piensa a posteriori.

 

EL SEXTO SENTIDO (1999). Este drama misterioso y complejo fue la segunda película de M. Night Shyamalan, un filme que irrumpió con una fuerza inusitada y demostró su autoridad en el panorama cinematográfico mundial. Dirigida con una potencia visual y una atmósfera casi hipnótica y con un ritmo elegante, tiene además un argumento que pone al espectador al borde de la fascinación.

El doctor Malcom Crowe es un afamado psicólogo infantil de Philadelphia que vive obsesionado por el doloroso recuerdo de un joven paciente al que fue incapaz de ayudar. Cuando conoce a Cole Sear, un aterrorizado y confuso niño de ocho años que necesita tratamiento entiende que se le presenta la oportunidad de redimirse volcando todo su saber en ayudarle. Pero el doctor Crowe no está preparado para conocer la terrible verdad acerca del don sobrenatural de su paciente y recibirá varias visitas no deseadas de espíritus atormentados.

“The Sixth Sense” no sólo fue un gran éxito de crítica, sino que se puso entre las películas más taquilleras de la historia. Un cine comercial, pero con sello de autor, un renovador aire fresco dentro de los viejos terrenos del cine “mainstream”.

No es sólo un filme de miedo o turbación, es una obra enredada que tiene muchos ángulos que sólo tras un visionado y dos de plus, acertamos a entender en toda su extensión.

Tiene un guion propiamente genial del propio Shyamalan, que mezcla realidad con ficción, la vida real, la dimensión sobrenatural y el afán de liberación de un psicólogo que en su día no acertó a ayudar a un joven trastornado. Todo ello provoca que el espectador sienta gran inquietud y turbación en el transcurso del metraje.

El niño protagonista sabe algo acerca de la naturaleza del psicólogo Crowe de lo que él aún no es consciente: la propia película presenta un conflicto doble donde el que parece ser ayudado es, de hecho, el que está ayudando al otro.

Una película conmovedora y emocionante que pone en imágenes muy sugerentes un espanto próximo a lo real, en un clima tenebroso, una historia cargada de sorpresas y suspense que nos lleva por insólitos pasajes hasta casi no saber dónde está la verdad del enigma.

Tan es así, que el espectador sale engañado tras el visionado, burlado por el director. Y es que en el transcurso de la trama vamos dando por ciertos, aspectos que posteriormente resultan de manera distinta; o sea, Shyamalan nos engaña alevosamente. Por eso es bueno volver a ver la peli una, dos o tres veces más.

El reparto es de lujo con un Bruce Willis Willis rozando la perfección en su rol frío, distante a veces, compungido u ofuscado otras; y junto a él, el niño Joel Osment, que con tan corta edad logra una actuación antológica para su enigmático personaje.

Mención aparte merece su final, un remate tan inesperado como perfecto que redondea una asombrosa demostración de talento estético y narrativo.

En resolución, un enorme drama de misterio e intriga psicológica, que concluye de una manera única en la historia del thriller.

 

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