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Mis conocimientos sobre la Semana Santa, sobre las cofradías y los cortejos, eran limitados. El año pasado casi pasaron desapercibidos para mí, pero después de todo un año escuchando hablar, oliendo a incienso en algunos lugares, y escuchando composiciones rítmicas y que enganchaban, mi curiosidad no solo se había despertado.

Flotando en el ambiente se podía casi sentir la Pasión. Y así, como quien no quiere la cosa, cuando menos me lo esperaba, me encontré en mitad de la Iglesia y agachando la cabeza para que me impusieran la insignia de mi hermandad. Este hecho me hizo sentir más portuense si cabe, pues en los ambientes en los que me movía, mientras no fueras de alguna cofradía, no eras nadie.

Vestido pulcramente, y con mi medalla en el pecho, me comencé a entristecer viendo viejas películas y programas de televisión en donde se retransmitían los cortejos procesionales. Para mí no era un año sin salida, para mí era mi año, mi primer año, un primer año en el que descubriría que la frivolidad con la que pensaban que vivían los cofrades era falsa. Detrás de los cortejos, de las velas, de las flores, de las enormes bandas, que llenaban el corazón de sones y sentimientos, detrás de todo eso había una labor social, había piadoso vivir, religiosidad, respeto y sentimiento católico.



La imagen que tenía, tras mi incorporación, se desboronó, para dar paso a un espíritu que me ayudaba a entender mejor mi propia religión. Para colmo, para un mariano convencido, la veneración por la que ya sería mi madre cofrade me acercaba aun más a Dios.

Mi año se vería empañado por la pandemia, no estrenaría la túnica que me habían regalado, pero, aun así, este primer año me hizo respetar aún más la imagen que tenía de las cofradías, en donde me demostraron que la salida procesional era un acto más, algo que incluso, aun siendo muy deseado, era lo más secundario dentro de la vida de una hermandad.

Supongo que, si hubiera sido un tiempo normal, la salida hubiera supuesto para mí el acontecimiento principal, pero con el suspendido, había encontrado un sentir bello y gratificante en mi vida de hermandad.

Sobre el autor: Paolo Vertemati representa a un personaje ficticio, un extranjero que ha venido a El Puerto de Santa María, y a través de sus capítulos narra a modo novelesco sus sensaciones y experiencias con las tradiciones y la propia idiosincrasia del lugar, con historias entre reales e imaginarias. [Lee aquí los anteriores capítulos]
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