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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

La palabra «opera» significa ‘obra’ en italiano (del latín «opus», ‘obra’ o ‘labor’), aludiendo que combina las artes del canto coral y solista, orquestación, declamación, actuación y danza en un espectáculo escénico único.

Hay musicólogos que señalan como precursores formales de la ópera a la tragedia griega, a los cantos carnavalescos italianos del siglo XIV (la maskerata italiana) y a los intermedios del siglo XV o pequeñas piezas musicales que se insertaban durante las representaciones teatrales.

Pero es considerada como la primera composición de ópera, tal como la entendemos hoy, Dafne de Jacopo Peri, escrita en 1597 por un grupo de literatos humanistas florentinos conocidos como la “Camerata de Bardi”. Y de ahí a las óperas italianas, alemanas, la ópera francesa, la ópera rusa, la española e incluso la ópera china. Todas ellas esplendorosos espectáculos que se escenifican en afamados teatros de todo el mundo. Así hasta los actuales “musicales”.

La ópera siempre ha sido un espectáculo grandioso en todo sentido. Para que la ópera vea la luz hacen falta, cuando menos, un teatro en condiciones con una buena acústica, un libreto de categoría del algún autor cimero y atrayente, tenores, sopranos, coros, atrezo, vestuario, decorados, orquesta y un sinfín de detalles más, como una buena producción, dirección y marketing. Es muy complejo y costoso armar un espectáculo operístico, y hay un sinfín pequeños-grandes problemas que pueden hacer difícil e incluso imposible tal empresa.

Las películas que traigo en esta entrega tienen que ver con sueños imposibles o sencillamente frustrados para cantar o montar una ópera. La primera de estas películas, Florence Foster Jenkins (2016) está basada en una historia verídica, la de una mujer muy rica cuya pasión principal es ser una diva del bel canto, pero que lamentablemente no tiene dotes; aunque Florence hacía una especie de ‘negación’ psicológica de su limitación y canta en sin pudor ni darse cuenta (¿o tal vez sí?) de lo mal que lo hace. La segunda obra que he elegido también está basada en hechos reales, por un impedimento radical: no hay teatro, estamos en la selva amazónica y un hombre de negocios ambicioso y amantísimo de la ópera, Brian Fitzgerald, quiere traer nada menos que a Caruso, para que cante en tan lejanas y boscosas tierras; para ello pretende acometer la construcción de un gran teatro de la Ópera. Se trata de Fitzcarraldo (1982), una película sensacional de Herzog injustamente olvidada.

FLORENCE FOSTER JENKINS (2016). Producción británica ambientada en el Nueva York de los años 40 del siglo pasado, cuenta la verdadera historia de Florence Foster, una legendaria heredera neoyorquina de la alta sociedad que persiguió de manera pertinaz su sueño de estudiar para soprano y llegar a ser una diva del “bel canto”. Aunqu no tenía cualidades, la gente acudía a sus recitales para comprobar si de verdad era tan mala cantante como decían los críticos.

La cosa es que el prolífico director Stephen Frears consigue sacar adelante este proyecto basado en una vida real, la que da un repaso a la biografía de la que fue considerada “peor cantante del mundo”, haciéndolo con humor pero sin arruinar la obra con excesivas pretensiones, más bien recurriendo a cierta ligereza, propia en él, a la hora de narrar las peripecias de la pareja protagonista: Florence y su amante Míster Bayfield, un enfoque sentimental y liviano que sortea asuntos espinosos.

No hay notas equivocadas en esta película y Frears se mantiene confiado dentro del rango emocional que ha elegido. Concluye con una tristeza sentimental e indulgente, y la descripción del amantísimo Grant de Bayfield es realmente buena: cariñosa, tierna, agradable y algo cínica también. Su personaje dice que, una vez que la tiranía de la ambición ha sido eliminada, puedes comenzar a vivir. Esas parecen palabras sabias de no ser porque la protagonista está por debajo incluso del listón de la mediocridad.

Excelente la música de Alexandre Desplat, luminosa fotografía de Danny Cohen, ambientación y vestuario muy interesantes, así como la puesta en escena en general.

El reparto es básico para sostener esta película con una Meryl Streep lejos de sus mejores interpretaciones que no obstante hace reír y sabe apostar por cierta condición kitsch de su personaje. Hugh Grant hace un buen papel como como el platónico amante de la protagonista, midiendo con su soltura habitual cada gesto, sonrisa, con su típica elegancia. Simon Helberg destaca en el papel de pianista con su cara chispeante, demostrando gran versatilidad.

Biopic divertido y en ocasiones dolorido de Florence Foster, mujer que fue diva del autoengaño, filántropa, melómana y que tuvo la loca ocurrencia el 25 de octubre de 1944 de sembrar el pasmo y la risa desde el escenario del Carnegie Hall de Nueva York, frentea un pasmado publico, pues ella fue toda una orfebre de la nota desafinada en recital absolutamente desatinado, de lo cual Florence parecía no tener conciencia.

Interesante tragicomedia con sus puntos de humor, resulta amena e incluso tiene momentos muy emotivos; el film, a ratos se ríe con su protagonista y a ratos se ríe de ella, pero en última instancia su prioridad es celebrar a aquellos con el coraje necesario para perseguir sus sueños hasta el final.

Obra que bascula entre lo conmovedor y lo entretenido. Una comedia deliciosa que esconde un drama real.

 

FITZCARRALDO (1982). Película que es muchas cosas: amor por el bel canto, la obsesión de un excéntrico personaje y es también el relato de un titánico esfuerzo para conseguir un sueño. La historia de un soñador llamado Brian Sweeney Fitzgerald, cuyo nombre ha sido simplificado a “Fitzcarraldo” por los indios y españoles que habitan en su rincón abandonado de Sudamérica, donde vive y ama la ópera. 

Estamos en el siglo XIX, con el idealista B. F. “Fitzcarraldo”, hombre de negocios controvertido, vanidoso y amantísimo de ópera. Ha pasado sus días ganando un poco de dinero en una fábrica de hielo y sus noches soñando con nuevos planes. Uno de ellos, el plan para poner en funcionamiento un ferrocarril en todo el continente, ya ha fallado. Ahora está listo para otro: tiene la firme intención de construir un teatro de ópera en la jungla lluviosa, doscientas millas río arriba de la costa civilizada, y contratar al mítico tenor Enrico Caruso en ese lejano lugar del orbe. Por lo tanto está empeñado en invertir su fortuna y emplear toda su energía en construir ese edificiopara poder escuchar al mejor tenor de la época.

Werner Herzog, hombre tenaz y comprometido en sus proyectos cinematográficos, se puso a prueba con este rodaje pues las dificultades que acaecieron fueron muchas. Porque la gran cuestión sobre “Fitzcarraldo”, que trasciende toda comprensión es que su director ¡Werner Herzog determinó literalmente arrastrar un barco de vapor real por una colina real, usando aparejos reales y contratando a los indios locales! Para producir la película, decidió hacer personalmente lo que incluso el Fitzgerald original nunca intentó. Por lo tanto tuvo muchas limitaciones técnicas, un trabajo a pulso y sin efectos especiales, un vapor de 329 toneladas; hubo algunos choques culturales con los indígenas; y el actor Kinski con sus enfrentamientos y disputas.

Pero además del esfuerzo y la tenacidad (incluso podríamos hacer una invectiva al exceso demencial del personaje), cabe también una lectura política e ideológica al hilo del film. Una valoración más cruda del hecho narrado, pues el proyecto musical que pretende Fitzcarraldo debe su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios del canto y la armonía, sino también a la servidumbre anónima que la hace posible. Como apunta Walter Benjamin: “Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie”. Es decir, la obcecación por la alta cultura, que pudiera parecer un fin laudable, termina siendo un documento de barbarie racista, pues el protagonista ignora la cultura local en su anhelo por la “cultura europea”, y es por ello que comete actos crueles para sufragar sus proyectos. De modo que para que Caruso venga a Iquitos (encomiable a primera vista), y sea disfrutado por una minoría acomodada, no se duda en explotar a los indígenas en régimen de cuasi esclavitud. El reflejo de cómo las grandes obras de la cultura occidental han precisado de la sangre de los explotados para nacer y aportar ese halo de belleza divina que se les atribuye y gracias a la cual se pretende justificar la desigualdad.

Es una película que no se olvida: emocionante, colorista, con una tensión narrativa de primer orden, con un tinte documental de las que a Herzog gusta hacer, en fin, una impresionante aventura que cualquier cinéfilo debe conocer.

La banda sonora es sensacional, compuesta por el grupo de “rock progresivo meditativo” Popol Vuh de su amigo Florian Fricke. Interpretaciones del famosísimo tenor Enrico Caruso y otros; y usa además, extractos operísticos como “Ernani” de Giuseppe Verdi y otros. Fotografía de lujo de Thomas Mauch y gran puesta en escena.

El reparto es esencialmente un Klaus Kinski en toda su magnitud y fervor megalomaníaco, a quien le encaja a la perfección el personaje loco y obstinado de Fitzcarraldo que por momentos parece querer salir de la pantalla con su revuelto pelo rubio y sus salidos ojos que le concede esa mirada tan peculiar y loca. Está preciosa y muy bien Claudia Cardinale. Paul Hittscher estupendo como Capitán. Miguel Ángel Fuentes hace un gran trabajo en el rol de Cholo.

Herzog, nada dudoso de autocomplacencia o ligereza, consideraba este título la mejor de sus películas, lo cual es mucho, teniendo en cuenta que ha podido hacer hasta hoy más de cincuenta largometrajes y documentales. Fitzcarraldo es considerada también la película más notable en la historia de la Amazonía peruana e Iquitos en particular.

Aconsejo a todo el mundo que vea esta película, pues el el relato del personaje coloca toda su fuerza y afán en una misión imposible que no obstante no admite claudicaciones. Todo esto es una verdadera lección de resistencia. Muestra así esta cinta el triunfo como posibilidad incontestable.

Película, a medio camino entre el “elogio de la locura” de Erasmo de Róterdam y el dicho bíblico :”la fe mueve montañas”. Además podemos degustar imágenes de gran belleza e interés, a la vez que se crea un clima de tensión alrededor de esa experiencia estética. Película de Herzog excelente en todo sentido: técnico, actoral, musical y de obtra irrepetible.

 

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