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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Hay pocas actividades tan apasionantes como la educación. Educar es guiar y orientar a otros para que puedan desarrollarse plenamente y a todo nivel, para que puedan encontrar su camino en la vida. Desarrollar las facultades intelectuales, las habilidades sociales, la gestión de las emociones y por supuesto, la dimensión ética, así como a afrontar conflictos y dificultades.

Algunos falsos profetas pretenden alzaprimar la educación on line y subrayar la importancia de los medios técnicos. Pero la educación es una actividad sustancialmente humana, donde una persona interacciona presencialmente con un grupo de alumnos-discípulos. No se puede entender una educación producida por máquinas y ordenadores, una educación “ilusionada” con lo tecnológico. Las tecnologías son ayudas, pero el alma de la educación es el vínculo humano, algo que no puede sustituir ningún artilugio. Educar requiere entrega y compromiso. De la calidad y la calidez humana en el aula, tratan estas películas que ahora me dispongo a comentar.

Tres grandes películas sobre la educación

Las tres películas de las que hablaré hoy son obras importantes. La primera es un interesante estreno de hace pocos días, Uno para todos (2020), donde un profesor se enfrenta con gran intuición, a un alumnado variopinto minado por las secretas cuentas pendientes del año anterior. Profesor Lazhar (2011), donde un profesor de origen argelino se incorpora para sustituir a una profesora que se ha suicidado ante la atónita mirada de sus alumnos; Lazhar hará todo lo posible para abordar el trauma en sus alumnos. La segunda obra, El club de los poetas muertos (1989) es más filosófica y en ella el profesor de un colegio privado, se emplea a fondo para que sus alumnos descubran a través de la poesía, el significado de aprovechar el momento y luchar por sus sueños.

UNO PARA TODOS (2020). Aleix, un profesor interino (Verdaguer), llega para cubrir una baja en la Escuela de Caspe, un pueblo de Aragón. Aleix decide ser el tutor de un curso difícil, el último de primaria, de niños y niñas que ya no lo son tanto.

Cuando comienza sus clases, Aleix deberá enfrentarse a una situación inquietante: debe reintegrar en la clase a un alumno enfermo de cáncer y en tratamiento, que el resto de la clase no quiere que vuelva.

David Ilundain acierta a encontrar la pirueta dramática exacta para convertir un film convencional de corte social, en una abstracción sobre el complejo y profundo don de perdonar. Esta cabriola se dispara con la presencia del niño enfermo que vuelve a clase. Aleix descubrirá que el muchacho fue un acosador el año anterior, y el niño de once años, es ahora motivo de repulsa y malquerencia.

Hay interrogantes sobre la tarea de reintegrar al niño enfermo y acosador (interesante reflexión sobre el bullying, fenómeno tan problemático como común hoy día). Conforme avanza la cinta no sabemos si habrá venganza, pues el ambiente de clase es denso, y el profesor está asustado. Y aquí llega el guion de Coral Cruz y Valentina Viso que poco a poco va desgranando cada interrogante sin panfletos, sin fórmulas sencillas; de manera natural y conciliadora, lo cual permite al espectador sintonizar con la historia y mirarla con emoción y algún atisbo de sonrisa y optimismo.

Construye el guion igualmente la figura de Aleix con humanidad, un gran profesor, pero a la vez un hombre que en su vida personal no ha sabido enfrentarse a sus propias sombras ni a sus fantasmas.

Ilundain gusta y turba por la naturalidad con que presenta esta interesante historia. Un canto a la importancia de la educación humanista, una semblanza de la Escuela en honor a esos Maestros en toda regla, personas que pueden cambiar la vida de sus alumnos en unas edades cruciales en que los chavales son muy sensibles a la guía de sus educadores.

Aleix es un profesor que trabaja, profundiza en los problemas de sus alumnos. También pone límites, educa en el respeto y llegado el caso, es capaz de abrazar y sintonizar con el dolor de sus necesitados pupilos. Un profesor que dejará una profunda huella entre esos chicos que ya se asoman a la enseñanza secundaria.

Está excelente y con enorme solidez un David Verdaguer carismático, versátil y eficiente como el profesor. Acompañan genialmente, entre otros, Patricia López Arnaiz o Clara Segura. Y lo hacen de maravilla y muy creíble el grupo de niños y niñas.

Una película-espejo que retrata la realidad de tantos docentes de incierto futuro profesional en este país que escatima y regatea la formación de los niños. Una historia de superación, de esperanza, de la necesidad de perdonar y de saber pedir perdón en un entorno en el que las diferencias culturales y generacionales son una realidad.

Más extenso en la revista de cine Encadenados.

 

PROFESOR LAZHAR (2011). En Montreal, una maestra de escuela primaria se suicida inopinadamente, colgándose en su propia aula, una clase de niños y niñas; y uno de sus alumnos, Simón, la ve. La noticia corre como la pólvora entre los angustiados niños de seis o siete años.

Bachir Lazhar, un inmigrante de cincuenta y cinco años procedente de Argelia y maestro en una escuela mayoritariamente de maestras mujeres. Lazhar procede de otra cultura y de un universo cerrado e intolerante y se percata pronto de su condición anacrónica en esa sociedad. Así y todo es contratado para sustituir a la tal maestra.

Lazhar, que aún se está recuperando de una terrible tragedia personal, acepta el cargo. A pesar de la diferencia cultural, podrá conocer y también comprender a sus escolares desde el primer día de clase, teniéndose que adaptar al frío sistema escolar canadiense. Lazhar es un hombre, perseverante y observador, que logra ganarse el afecto de unos alumnos traumatizados por los terribles hechos acaecidos, y va haciendo que los niños superen su dolor y su angustia por la trágica muerte de su maestra; va logrando que los niños transiten el duelo de la mejor manera. Lo que nadie conoce es el doloroso pasado de Bachir y su precaria condición de refugiado.

Como se va desvelando en la historia, la esposa de Lazhar, profesora y escritora, murió junto con sus hijos en un ataque incendiario. Los asesinos estaban furiosos por su último libro, en el que señalaba a los responsables de la miseria en Argelia. De este libro proviene la frase elocuente dicha por el maestro Lazhar: “Nada es realmente normal en Argelia”.

Excelente película, dirigida con buen ritmo por el joven director canadiense Philippe Falardeau, con un guion ágil que no esconde el dramatismo del filme. El guion trata sobre la imposibilidad de sanación del individuo y de los traumas infantiles, si no existe un contacto físico, lo propio de nuestra condición humana. Falerdeau nos muestra el lado más humano de Lazhar, que ha podido sobrevivir a las enormes desdichas que ha vivido.

Entre las interpretaciones destaca la maravillosa y convincente interpretación de Mohamed Fellag como Lazhard, al que acompaña un estupendo reparto como Sophie Nélisse, Émilien Néron o Marie-Éve Beauregard, por mencionar algunos.

Film profundamente humano y un cántico a la esperanza. Película elegante, sobria, sabia también, que sabe hablar del desconsuelo; pero que habla también de superación, de confianza y de esperanza. En cierto modo la cinta es búsqueda de la verdad, de una verdad no siempre bien aclarada (como en el caso del de su maestra), de una verdad que todos buscamos.

Esta película, más que ofrecer repuestas hace preguntas. Una de ellas es cómo distinguir entre la mera transmisión de conocimientos y educar en una determinada manera de vivir.

También es una película en la que Philippe Falardeau evidencia que tras los inmigrantes hay una historia y también contradicciones, como en cualquier persona. Pero lo que hace que la película sea apasionante es la sabiduría y la elegancia con las cuales trata el tema del dolor y la sanación.

Una obra considerablemente audaz, que concede protagonismo, no ya a un inmigrante magrebí pobre, sino a un maestro de escuela; y que hace converger en el aula de una escuela canadiense, las limitaciones de una sociedad permeable y compleja.

Película dura que es una clase magistral de buen cine educativo, social y humano de sereno optimismo. Una joya y una hermosa declaración de amor a la enseñanza.

 

EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS (1989). La película se desarrolla en un elitista y estricto colegio privado norteamericano, donde un grupo de alumnos, mediados por el carismático profesor de Literatura John Keating (Robin Williams), descubrirán la poesía y el significado del “Carpe Diem” –vivir el momento-, así como la necesidad de luchar por alcanzar los sueños.

Keating es un profesor que desafia a sus alumnos a ser críticos e imaginativos. Con sus ideas sobre la educación, las mentes de los alumnos se van despertando. Los chicos están encantados de que un profesor les inste a que arranquen las páginas de un libro, les haga escribir poemas, les sugiera aventuras extraescolares o les invite a subir encima de la mesa del profesor. Cautivado por ese espíritu libre de Keating, el influyente alumno Neil provoca a sus compañeros a revivir la Sociedad de los Poetas Muertos, que Keating dirigió en sus días de preparación para la escuela.

Esta historia se desarrolla en la década de los cincuenta, cuando los severos colegios privados americanos (y españoles) eran asfixiantes. El nuevo profesor, con su entusiasmo por la creatividad y la poesía choca con el sistema tradicional de enseñanza.

Film bien dirigido por Peter Weir que comparte protagonismo con el guionista Tom Schulman (Oscar) y el actor Robin Williams que está sensacional.

Los métodos de enseñanza excéntricos de Keating, exhortando a sus alumnos con gritos de “Carpe Diem”, promueven la espontaneidad y el idealismo. Pero la prestigiosa Academia Welton, no permitirá que estos alumnos de buenas familias, den rienda suelta a su creatividad adormecida. El evangelio de Keating genera esperanza para algunos, y frustración y desesperación en otros.

El director y guionista, Weir y Schulman, evitan el cliché enfocándose casi exclusivamente en arraigados prejuicios paternos contra actividades artísticas. Weir tiñe la película con su misticismo ya conocido en él, pero lo que es más importante, dibuja actuaciones sensibles e intensas en un elenco en gran medida inexperto, con un Robert SeanLeonard impresionante en el rol de estudiante brillante que sueña con ser actor contra la voluntad de su padre.

Una película original y sugerente, con un clima en ocasiones denso.

Más extenso en la revista de cine Encadenados.

 

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