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Juan Luis Rincón Ares (Tribuna libre).- Ni un comentario jocoso, ni una risa. Son pocos y pocas, cierto. Deberían ser miles y miles pero son apenas un puñado. Pero no están locos ni locas. Su dignidad es más grande que todo el cinismo derrotista. Estratégicamente no coincido con su pasión pero la admiro y respeto. También yo me vi en ocasiones en su solitario pellejo navegando con el puño alzado en un mar de insolidaridades.

Otros y otras preparan con mimo la Huelga de la Enseñanza del día  18 de septiembre, y cultivan movilizaciones previas y posteriores. Desde mi otero de jubileta militante en la Marea Verde vaya por ellas y ellos también mi respeto y mi admiración y mi “codo con codo”.



Locura es acogerse a la derrota y quejarse amargamente sin presentar batalla. Locura es olvidar que solo con movilizaciones y huelgas indefinidas o testimoniales, de un día o de muchas semanas, pacíficas suertes o con barricadas de fuego se consiguieron los grandes hitos desde la jornada de 8 horas hasta la homologación salarial del profesorado. Locura es permitir que jueguen con nuestras vidas -ya no se trata de salarios ni de jornadas- y con las de toda la familia educativa sin presentar batalla. Locura es conocer de primera mano la pantomima de las medidas Covid-19 en los centros públicos y sentarse a esperar la ola pandémica con la excusa de necesitar el sueldo o inventando teorías paranoicas sobre el ahorro de gasto de la Junta de Andalucía cuando las maestras y los maestros nos ponemos en huelga. Locura es cerrar los ojos ante el desastre creyendo de manera infantil que si no lo vemos, la ola no nos alcanzará.

Para la gente que no lucha la primera parte de la canción. Para las compañeras en huelga indefinida, para la Marea Verde y la gente que lleva movilizándose desde siempre y que, sean cientos o miles, van a paralizar con su dignidad la educación pública pasado mañana, la segunda parte de poema-canción.

 

QUE SE MUERAN

 

“Que se mueran los que anuncian la derrota,

losque sin pelear vencidos se reportan;

los cadáveres de chaqueta y corbata,

dela doble sumisión, flor y nata;

profesores de lo inútil de la vida,

sacerdotes de la nula iniciativa;

los heraldos del temor y la fatiga,

sedentarios constructores de la ruina,

que se mueran…que se mueran.

 

Y que mueran los señores entregados

candidatos a soplones y amargados,

los que sufren en su lírico silencio,

los actores del sopor oscuro y denso,

los que dicen ser pequeños y oprimidos,

los que ahogan cotidianos alaridos,

los insignes aprendices de avestruces,

los enanos temerosos de las luces,

que se mueran…que se mueran.

 

Y que mueran los que esconden el pellejo,

los que temen a su sombra y al espejo,

los neutrales, los pasivos, los callados,

los mirones acodados en el palco,

los llorones cocodrilos de la historia,

escritores de epitafios y memorias,

los testigos presenciales de la muerte

alejados de sus sombras por la suerte,

que se mueran…que se mueran.

 

Y que vivan los cantores de agua fresca,

los primeros mutilados en las gestas,

los que empujan sin cesar en la vanguardia,

los que gritan “¡A por ellos, a la carga!”,

los que mueven con empeño las montañas,

los gigantes labradores del mañana,

los que nunca se amilanan al caerse,

los que luchan por la vida ante la muerte,

¡que no mueran…que no mueran”.

 

(Poema de Luis Barros,

Cantado por Olga Mazano y Manuel Picón).

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