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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Hoy traigo dos interesantes películas sobre conquistadores y exploradores, dos tipos de personajes que no significan lo mismo. Los conquistadores eran hombres que en nombre de una Corona o Gobierno se hacían con territorios por la fuerza militar y la negociación con las etnias o tribus del lugar, con un afán de anexión, riqueza y también de transmitir su lengua, religión y cultura a los nativos. El explorador lo hace por un afán de descubrir o de investigar lugares remotos nunca antes vistos por el hombre civilizado. Lo que predomina en ambos casos, conquistadores y exploradores, es una pulsión por adentrarse en nuevas tierras, lugares, civilizaciones, y una acentuada tendencia aventurera. Pero no quiero entrar ahora en mayores disquisiciones sobre estas diferencias y similitudes. A mí, lo que me atrae más de este tipo de hombres y lo que me parece realmente interesante es el arrojo, a veces la locura y las más veces la valentía y la osadía con las que penetraban en geografías con civilizaciones ignotas, a riesgo de perder la salud o la vida en el empeño.

Para ilustrar a estos personajes hablaré hoy de dos películas muy recomendables. La primera es un clásico de Herzog, Aguirre, la cólera de Dios (1972), versión libre sobre ese conquistador llamado Lope de Aguirre (1510-1561) y apodado el Loco, el Tirano o el Peregrino, un hombre demente que en su ambición de conquista, que llegó a cometer cruentos asesinatos selectivos para erigirse en líder de una expedición en la búsqueda de El Dorado; a su vez, acaudilló una rebelión contra la corona española, hecho este por el cual fue asesinado en Barquisimeto, en territorio de la actual Venezuela. La segunda es una excelente cinta de James Gray: Z. La ciudad perdida (2016), la historia de Percy Fawcett, uno de los últimos grandes exploradoresdel siglo XX, antes que los avances técnicos sustituyeran la intuición y el ansia de conocimiento.

AGUIRRE, LA CÓLERA DE DIOS (1972). En este film Herzog hace una versión libre, no histórica, del viaje que realizó el explorador español Lope de Aguirre, tras haberse rebelado contra sus superiores, junto a un grupo de soldados. Es un film de una belleza inaudita, en un entorno salvaje y angustioso, plena selva amazónica, que muestra la locura de Aguirre, tal vez la misma que habitó la mente de alguno de aquellos conquistadores españoles que incursionaban en el Nuevo Mundo llenos de ambición y mesianismo; lo cual que no todos fueron así, conste!!

El film parte de una historia minimalista con diálogos muy elementales y recrea la irracionalidad humana, encarnada en el “loco” Lope de Aguirre que lanza a la comitiva a una aventura épica y demencial, por la exuberancia selvática, abundante en peligros de todo tipo, incluidos los indígenas y sus envenenadas flechas.

Werner Herzog, con guion de su autoría (escrito en dos días y medio), pudo construir una película de altura, un film naturalista y bellísimo, con la ambición, el desvarío y la ambición humana como protagonistas principales. Preciosa la hipnótica música del grupo de “rock progresivo” y krautrock Popol Vuh, con su teclista Florian Fricke, amigo de Herzog. Y es enorme también la fotografía, luminosa y brillante, de Thomas Mauch.

La filmación se llevó a cabo con una cámara de 35 mm. Herzog blande la cámara como un arma más, cámara ubicua que se moja, se cimbrea, capta el más leve movimiento de las embarcaciones y lo traslada a la retina del espectador con la inseguridad de una aventura que nadie sabe cómo va a acabar. Inseguridad en su pulso y en su manejo, pero temple también, lo cual dispensa una energía y a la vez una mesura tremendas.

Klaus Kinski es la figura principal de esta película, elegido con todo acierto por Herzog, pues más locura y desquiciamiento no cabe, salvo en un individuo como Kinski, que era realmente bastante loco y “diabólico” como lo calificó algún compañero de rodaje. O sea, un individuo inestable que llevó a cabo una memorable interpretación de Aguirre como hombre enajenado, aterrador, lunático, visionario, enfermizo y endiosado, propuesto a seguir la senda del mítico Hernán Cortés. Y siguiendo con el reparto, la bella Helena Rojo está muy bien como valiente prometida de Ursúa y defensora de los indios.

Estamos ante un bello poema en imágenes que nos impregna torrencialmente de lirismo, visualidad, rabia, supervivencia y personajes agónicos y perdidos por su enorme ambición. Con el transcurrir del tiempo la fama y la notoriedad de la película han ido en aumento, pues Herzog es un visionario y obsesivo de los grandes temas. No quiere contar una historia trazada o grabar diálogos divertidos; él quiere alzarnos a su reino de portento. Una obra que transmite de lo sombrío a la luz, y el misterio de la densa, frondosa e infinita Amazonía. Un film rayano en lo arrebatador. Nunca podré olvidar el notable impacto que me produjo esta película en su estreno en los primeros años setenta, cuando alternaba mis estudios universitarios con el visionado de grandes películas como esta que aparecían solo de vez en cuando. Creo que fue la primera película que disfruté de Herzog y también la primera vez que vi al furioso Kinski.

 

LA CIUDAD PERDIDA (2016). Película que satisface verla, la historia que has presenciado, los diálogos que has escuchado, las interpretaciones, las bellas imágenes, hermosa música y tras ello, claro, una cabeza pensante que es el director, que en este caso resulta coincidir con que también es el guionista: James Gray.

James Gray construye una película épica llena de aventuras, interesante, con la semblanza del hombre perdedor que desea construir mundos perdidos. Pero también una especie de historiografía antropológica de los prejuicios y desprecios de aquella sociedad británica del XIX hacia los nativos de las lejanas tierras del sur americano. Gray lo sabe hacer bellamente, con un humanismo sereno y con clasicismo narrativo.

Es de resaltar la importancia de la elipsis en esta película, de cómo el cineasta se sirve de ellas como una de las mayores fuerzas narrativas de la película, una decisión que confundirá a algunos espectadores que estén acostumbrados a viajes más lineales. El film suprime ciertos acontecimientos dentro de la linealidad temporal del relato o la historia. Y eso hay que tenerlo presente cuando se vea la película. El guion del propio Gray es el resultado del Best-Seller “La ciudad perdida de Z”, del periodista y escritor norteamericano David Grann. El guion, al igual que la obra literaria, es una historia de viajes, a la vez que un ensayo biográfico y un reportaje periodístico (tres en uno), donde se cuenta la historia de Percy Fawcett (1867-1925), quizá uno de los últimos grandes exploradores del siglo XX antes que los avances técnicos y los recursos de todo tipo, sustituyeran a la intuición y la audacia.

Muy interesante le banda sonora de Christopher Spelman. De la fotografía de Darius Khondji digo que es proverbial, de gran belleza, como asemejando a cierto tipo de pintura antigua, lo que hace a una película navegar hacia la luz, no sólo en la trama, sino también en las tomas, los planos y las panorámicas.

En el reparto Charlie Hunnam hace un gran trabajo en la piel del apasionante personaje Coronel Percy Fawcett, cuya interpretación es creíble de todo punto. Sienna Miller está muy bien como Nina Fawcett, mujer de gran belleza que interpreta a una mujer avanzada para su momento y sobre todo, valiente y tenaz: espléndida. Y muy bien Robert Pattison, un actor de rico repertorio que incluso puede sorprender en el mejor sentido. Y también estupendo Tom Holland como el hijo de Fawcett, igualmente aventurero.

Estamos ante un prodigioso viaje que se dirige al núcleo de todos los viajes posibles. Gray sabe trenzar con sabia mano, fábula y realidad histórica, lo cual resuelve con una película que tiene carácter propio y libre, que además consigue un producto de aventuras que se sale de los dogmas del género, lo cual consigue con gran fortuna. Hay romanticismo victoriano, episodios de guerra, el afán de conocimiento, no se puede olvidar el drama familiar, pero también lances auténticamente físicos con serpientes, indios caníbales, fiebres y enfermedades, y hasta las emponzoñadas flechas de los indígenas.

Cinta intensa, bella, de atmósfera en ocasiones onírica e incluso fantasmagórica, con el sello personal de su director y al gusto de una gran mayoría, pues hasta ese viaje que dura toda la vida, sirve para el reencuentro único y feliz entre un padre y su hijo.

Epílogo poético sobre las vivencias en la selva

El poeta colombiano William Ospina escribió una vez sobre la enloquecida rebelión del conquistador español Lope de Aguirre que hemos referido, pues cuatro siglos después, las cosas según Ospina no son tan distintas y las vivencias y experiencias en la selva son así:

Nada es piedad aquí, nada es dulzura. / Si son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de España, / si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas / en sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas, / si son perversos los obispos y lascivos los papas / en la nube de mármol de sus tronos romanos, / si son despiadados los clérigos que leyeron a Homero y a Séneca, / si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida / salpicada de jerez y orégano, / si bajo Europa entera aúllan las mazmorras, / ¿cómo puedo ser manso en estas tierras, / ceñido por las selvas impracticables, / lejos de esos palacios tapizados por la letra y la música? / He decidido ser un tigre. / La selva invade el alma como un vino. / Aquí no hay bien ni mal, sino el zarpazo.

W. Ospina

 

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