Sol Rosso, durante la entrevista realizada por El Puerto Actualidad en una de las calles de El Puerto. / P.P.M.

Hay una forma de saber que has vuelto a El Puerto sin necesidad de mirar un cartel. Sol Bernal Rosso la reconoce nada más bajar del tren. “Huele a mar, a marea baja”, cuenta. Después de pasar unos días fuera, ese olor que para muchos portuenses se ha vuelto cotidiano le anuncia que está otra vez en casa. Sol prácticamente no ve, pero ha aprendido a mirar la ciudad de otra manera.

Tiene un pequeño resto visual en el ojo derecho, aproximadamente un 2%, con el que distingue principalmente bultos, sombras y algunos contrastes. El ojo izquierdo carece de visión. Perdió la vista alrededor de los 30 años tras sufrir graves complicaciones relacionadas con una diabetes que, según ella misma explica, estuvo mal gestionada durante años. Aquello cambió por completo su vida, aunque no terminó con ella.

“Si pudiera ver aunque fuera un segundo, lo primero sería la cara de mi familia”, responde cuando se le plantea qué elegiría volver a contemplar. Después hace una pausa y aparece otro recuerdo: “Me iría a la playa de noche para ver el cielo estrellado. Lo echo mucho de menos”.

Una ciudad que también se escucha y se toca

Sol sabe si entra en una habitación grande por el eco de las voces. Presta atención al oído y al olfato porque, explica, no cree que los demás sentidos se desarrollen mágicamente al perder la visión: simplemente se aprende a utilizarlos mucho más.

También está el bastón. Con él interpreta texturas, busca referencias y detecta el pavimento podotáctil que debería advertir de la cercanía de un paso de peatones. El problema aparece cuando la ciudad no acompaña.

Los semáforos sin señal acústica son una de sus principales dificultades en El Puerto. Si no coincide con otra persona en el paso de peatones, cruzar puede convertirse en una pequeña operación diaria. Utiliza incluso aplicaciones capaces de reconocer mediante la cámara si un semáforo está rojo o verde.



Las aceras del centro tampoco ayudan. Son estrechas, aparecen obstáculos a diferentes alturas y el bastón únicamente rastrea lo que sucede a ras de suelo. “Voy pendiente de abajo, pero las ventanas a esta altura me las como todas”, resume.

Caminar tampoco consiste simplemente en avanzar. Sol explica que se desplaza muchas veces con el cuerpo en tensión, los hombros encogidos y pendiente de cualquier desnivel inesperado. Un pequeño tropiezo puede hacerle perder el equilibrio. Durante años sufrió caídas con cierta frecuencia; ahora trabaja específicamente esa capacidad con un entrenador y celebra llevar más de un año sin caerse. “Para mí es una victoria”.

Antes de la Feria hace un reconocimiento del terreno

La discapacidad ha obligado también a convertir actividades aparentemente espontáneas en pequeños ejercicios de planificación. Sol siempre ha sido muy feriante. Bailó flamenco desde pequeña y continúa disfrutando de la Feria de Primavera, aunque ahora necesita prepararla de otra manera.

El día anterior a la velada suele acudir con su marido al recinto y recorrer las casetas que probablemente visitará. Memoriza si existe un escalón, una rampa, una entrada o cualquier referencia que después pueda servirle cuando todo esté lleno de gente.

Sol Rosso se desplaza con su bastón por el interior de un establecimiento de El Puerto. / P.P.M.

Esa memoria le permite mantener cierta autonomía incluso si durante unos minutos se queda sola. Aun así, reconoce que cada vez permanece menos tiempo en la Feria. La multitud, los movimientos constantes y el pequeño resto visual que conserva pueden llegar a marearla y provocarle náuseas.

Por eso su reivindicación no se limita a poder entrar físicamente en un lugar. Habla de algo más amplio: participar en la ciudad en igualdad de condiciones.

Cita Córdoba como una referencia que le sorprendió recientemente por sus semáforos sonoros, pavimentos adaptados y recursos para personas con baja visión. Y defiende que monumentos y espacios turísticos incorporen maquetas táctiles o audiodescripciones. “Esa es la verdadera inclusión, que todos tengamos las mismas oportunidades”.

“¿Sabes qué pasó cuando saqué el bastón? Nada”

Durante mucho tiempo, sin embargo, la principal barrera no estuvo en ninguna calle. Estaba en ella misma.

Después de perder la visión tardó años en aceptar el bastón. Le daba vergüenza salir con él, especialmente caminar por lugares conocidos donde pudiera encontrarse con personas que le preguntasen qué había ocurrido.

Hasta que un día lo hizo. “¿Y sabes qué pasó cuando saqué el bastón? Nada. No pasó nada”, recuerda. La gente preguntaba, ella respondía que había perdido la vista y continuaba caminando.

Sol Rosso, durante una parada en un comercio de El Puerto, en una de las escenas cotidianas de su día a día. / P.P.M.

Esa experiencia está detrás de buena parte del contenido que ahora publica en redes sociales. Sol prefiere definirse como creadora de contenido antes que influencer. Se graba viajando, desenvolviéndose en situaciones cotidianas o incluso maquillándose. No pretende aparentar que la discapacidad no existe, sino enseñar que tampoco obliga a detenerse.

Tras perder la vista volvió incluso a estudiar. Cursó Nutrición utilizando dispositivos que leen los textos en voz alta y realizando exámenes orales. “Soy muy curiosa, siempre tengo que estar haciendo cosas”.

Y ese es precisamente el mensaje que intenta transmitir a quienes atraviesan una situación parecida: “Con una discapacidad visual severa se puede vivir, se pueden hacer planes, se puede salir a la calle. Se puede estudiar. Se puede viajar a la Conchinchina”.

Sol sigue echando de menos las estrellas. Pero mientras tanto escucha los espacios, memoriza las calles, reconoce El Puerto por el olor de la marea y continúa andando.