En el actual argot, si hablamos de cantera, a muchos se les viene a la mente los jugadores noveles, los que relevarán a las grandes estrellas. Pero para otros muchos, hablar de cantera es hablar de trabajo, historia y tradición.

Durante siglos, las piedras de El Puerto y su sierra dieron forma a ciudades; se levantaron murallas, iglesias que luego serían catedrales, palacios y, ya en sus últimos días, fueron incluso morada de algunos. Con el tiempo, algunas de aquellas canteras pasaron a formar parte de nuestra historia militar, terminando hoy en día muchas de ellas como abandonados estercoleros.

Aquella maravilla de la naturaleza, domada por la mano del hombre y que recibió tan regias visitas en su tiempo, se sumerge ahora en un ridículo olvido. De vez en cuando, algún iluminado anuncia gestiones imposibles y la realidad es que va pasando el tiempo y, tras los debates, la piedra abandonada vuelve a sumergirse en el olvido.

La razón es muy sencilla: ¿a qué político le interesa realmente aquel espacio?

La sierra, que siendo de todos no es de nadie, navega en aguas imprecisas. No vende, no tiene rédito político y siempre será un arma arrojadiza, pues, si se abandona, unos reclaman actuaciones y, si se actúa, otros alegarán despilfarro existiendo cosas más importantes.

Realmente, su grandeza se forjó en una explotación mercantil que tenía rédito y, posteriormente, en un uso militar. Hoy, convertida en escombrera, solo es útil para algún que otro desalmado.

Y entonces surge la duda: ¿puede un Ayuntamiento hacer una inversión millonaria para el placer y disfrute de las generaciones venideras? ¿Puede darse una concesión administrativa para su uso en otros menesteres? Y la gran pregunta: ¿para qué?

Las preguntas tienen mil respuestas, para todos los gustos, y yo tengo la mía.

Un espacio tan importante como son nuestros abandonados baluartes, como el de Santa Catalina y esta misma sierra, merece un sitio en nuestro día a día. Un espacio cultural donde tenga acogida un museo sobre el oficio de cantero; una muestra de dónde ha tenido su nueva vida aquel corazón de la sierra; un parque temático que recorra desde el asentamiento fenicio hasta las entrañas de la tierra.

Al fin y al cabo, un negocio temático que permita autofinanciar el adecentamiento de nuestro patrimonio cultural; una oferta turística más allá de nuestra cultura del ocio.

Pero, en resumen, también sería un nuevo objeto de crítica si quien lo lleva a cabo no es de nuestra cuerda o si alguien gana dinero. Porque nuestra sociedad, y esta ciudad, prefiere nadar en mierda antes que ver a un político poniéndose una medalla o a alguien obteniendo beneficios.

Y, señores… así nos va.