Todos los años asistimos al mismo debate; todos los años, sin faltar ni uno. Los calendarios se solapan, el tiempo vuela y Cádiz manda. Así las cosas, y aun respetando, todos los años y en todas las ciudades en las que el Carnaval tenga algo de arraigo más allá de su estricto sentido, el debate siempre está servido.
Algo que desconocen los denominados doctores del Carnaval: realmente el Carnaval tiene su fecha definida y no comienza ni con la erizada ni termina con el domingo de los más jartibles. Comienza el Jueves Lardero y acaba el martes anterior al Miércoles de Ceniza. Y, aunque la Iglesia Católica se intente desvincular de estas fiestas —paganas y más próximas a las fiestas dionisíacas o saturnales—, Carnaval y Cuaresma se unen de forma irremediable, como el exceso y el ayuno, la lujuria y la castidad, el blanco y el negro; y hoy, aunque les pese, todo se vuelve gris.
Los defensores del Carnaval dicen que sus fiestas nada tienen que ver con la Iglesia, que encima prohibió Franco (quien, en los tiempos que corren, tiene más presencia entre nosotros que España en la ONU de los años 50), que era un tirano ultracatólico con mucha malaje, que no falange. Por el contrario, los defensores de la Semana Santa —porque al resto de católicos menos capillitas les trae al pairo— consideran un ultraje que las fiestas, que al parecer nada tienen que ver con ellos, se metan en la Cuaresma.
La realidad, bueno, mi realidad, es que, les pese a unos u otros, el Carnaval realmente tiene su fecha porque está íntimamente ligado a la Iglesia Católica. Pero la realidad que vivimos es que los carnavales se han convertido en algo alejado de la Iglesia, en unas fiestas que ya no son para echar la última cana al aire antes de la Cuaresma, ya que hoy canas al aire se echan todos los días del año. Hoy son unas fiestas sin justificación, pero necesarias; si no, ¿cómo se lucirían los artistas del tres por cuatro? Y, sobre todo, porque para celebrar y hacer una fiesta sobran las justificaciones y no faltan las ganas.
Por otro lado, resulta curioso que la mayoría de los que protestan y alzan las voces puritanas en los micrófonos clamando respeto son los primeros que, con la ceniza en la frente, se hincan un plato de jamón con dos vinos.
Y así, perdidos los fundamentos originales por el simple devenir del tiempo, lo justo y sensato es que cada cual viva como considere oportuno. Algo que debemos aprovechar, porque, tal y como va España, no me cabe duda de que los doctos y sabios parapollas que nos gobiernan y sus perros falderos —que no se merecen ser llamados ni de izquierdas—, antes de lo que pensamos no solo van a felicitar el Ramadán, sino que nos lo van a imponer, incluidas las prohibiciones de cantes en las bateas y la imposición de ayuno hasta la puesta de sol. Creo, pues, con todo mi respeto, que bastante tengo con respetar la Cuaresma como para saber qué hacen los de otras religiones.











