Hoy va la cosa de amores singulares, poco corrientes, en cierto modo y nunca mejor dicho, amores peliculeros.

Para ejemplificar la temática he elegido tres películas brillantes. El estreno Tres amigas (2024), de E. Mouret; también de Mouret: Crónica de un amor efímero (2022); y de M. Ophüls, Cartas de una desconocida (1948).

TRES AMIGAS (2024). Joan (la vivaz India Hair) es profesora de inglés en un instituto de Lyon, madre de la adorable Nina (Louise Vallas) y esposa del profesor de francés Victor (Vincent Macaigne). Un día, Joan les confiesa a sus dos mejores amigas, la también profesora Alice (Camille Cottin) y la profesora de arte Rebecca (Sara Forestier), que ya no está enamorada de Victor y que, por lo tanto, duda de la supervivencia de su matrimonio.

Alice la tranquiliza asegurándole que ella misma no siente pasión por su pareja Eric (Grégoire Ludig) y sin embargo su relación va viento en popa. Ella ignora que él tiene una aventura con Rebecca, su amiga común. Cuando finalmente Joan se arma de valor para confesarle a Victor su falta de sentimientos, él no se lo toma bien. Incluso se lo toma de la peor manera posible.

Mientras tanto, Rebecca tiene una aventura con el marido de Alice, Eric; Alice no lo sabe, pero no parece preocuparle que él esté algo distante, ya que, como le explica a Joan, nunca lo ha amado profundamente. Y, como era de esperar, se siente muy tentada cuando inicia un coqueteo a distancia con el artista Stéphane (Éric Caravaca) y le pide a Rebecca que sea su coartada para poder ir a verlo un fin de semana, lo que les brinda la oportunidad de estar juntos.

El guion de Carmen Leroi y la dirección de Emmanuel Mouret son tan hábiles que mantienen la trama en un constante ritmo cómico-dramático, con amantes y posibles romances que van y vienen, mientras los personajes se enamoran y luego se arrepienten o, al menos, cuestionan sus suposiciones.

Es llamativo que el reparto logre cautivar al público y mantener su simpatía, en lugar de repelernos con su deshonestidad y con sus delirios. Por ejemplo, puede parecer infantil e ingenua la creencia de Joan en la primacía del amor, pero Hair dota al personaje de una vulnerabilidad tan entrañable que es difícil no perdonar sus defectos.

Además, como en toda buena película francesa, abundan los interiores de buen gusto, la ropa elegante y se le da mucha importancia a la comida, la compañía y, por supuesto, al amor. Todo resulta un poco cliché, pero está ejecutado con tal naturalidad que se disfruta mucho.

Ocurre en todas las películas de Mouret, en ellas el amor se habla. Los afectos se ponen en práctica a través del lenguaje, y sus errores, como las faltas de ortografía, se sienten como algo que penaliza momentáneamente, pero en lo que reincidiremos, solo con un poco de culpa.

Esta cinta podría ser una reinterpretación de “Hannah y sus hermanas”, 1986, de Woody Allen, pero bajo el sol otoñal de Lyon; es tan alleniana como “Crónica de un amor efímero”, 2022, que comento abajo, y tan sutilmente vodevilesca como “Las cosas que hacemos, las cosas que decimos”, 2020.

Es una delicia de obra en la que Mouret filma con ritmo implacable y encanto evanescente las aventuras amorosas de sus tres heroínas, que dejan de desear o quieren demasiado al hombre equivocado, que se engañan y se confiesan, y que soportan el peso de todo aquello que perdieron, pensando en cómo rehacer su vida, aunque sea a costa de meter la pata.

Que su estilo sea transparente, neoclásico, habla de lo mucho que el director respeta a sus personajes, y a todos sus espléndidos intérpretes.

 

CRÓNICA DE UN AMOR EFÍMERO (2022). Una madre soltera y un hombre casado se hacen amantes. Están comprometidos a verse como aventura, no a encontrar en ninguna esperanza de amor, sabiendo muy bien que la relación no tiene futuro. Sin embargo, cada vez se sorprenden más por su complicidad y el bienestar que experimentan juntos.

Cuando un cine programa Atormentada, 1949, de Alfred Hitchcock y Las damas del bosque de Bolonia, 1945, de Robert Bresson en sus dos salas, pero en realidad proyecta Secretos de un matrimonio, 1974, de Ingmar Bergman, no se trata de un accidente ni de una coincidencia. Es un detalle simbólico que debe tomarse en serio: es entre estos dos extremos donde oscila el delicioso “amor efímero” de Mouret.

"Debemos dejar de hacernos preguntas y cuidarnos sin pensar en el futuro". Es así como en el transcurso de seis meses, Charlotte (Sandrine Kiberlain) y Simon (Vincent Macaigne) atraviesan los diferentes períodos de una aventura extramatrimonial.

Aunque es una relación extramarital para él (quien nunca antes había engañado a su esposa en veinte años de relación y que ahora está sorprendido por la sencillez de sus encuentros íntimos) y mucho más libre para ella, que lleva dos años separada y parece (aparentemente) mucho más relajada que su amante.

En veinte episodios bien estructurados y otros tantos, entre estos dos personajes parisinos, entre el 28 de febrero y mediados de septiembre (con un epílogo dos años después), la película hace gala de humor al diseccionar los juegos, las apuestas y la mecánica del amor, tema predilecto de Mouret.

En este caso Mouret, despojándose de casi todo salvo el núcleo de la película: la relación entre los dos amantes, sus revelaciones y sus reglas ("dijimos que no debíamos esperar nada"), paradojas ("amas a tu esposa, así que no la estás traicionando"), complicidad sexual y espiritual, intimidad creciente, escapadas a museos, parques, hoteles, bádminton, etc.

También pequeñas pruebas de celos reales/simulados, malabarismos con la distancia y el espacio personal, con avances, retiradas y reencuentros eventuales, reflexiones sobre las fuentes del deseo, la atracción y la culpa, incursiones en lo desconocido y sorpresas interesantes.

Esta sucesión de encuentros íntimos al estilo de Annie Hall, 1977, (el de Georgia Scalliet es el único papel secundario recurrente) son descifrados por el director (quien escribió el excelente guion junto a Pierre Giraud), sustentado por un diálogo abundante pero no por ello menos brillante, con gran precisión técnica. Pero, aunque sea una película hablada, no por ello es menos física.

Tiene la cinta mucha luz (fotografía de Laurent Desmet) y los amantes, encarnados por Vincent Macaigne y Sandrine Kiberlain ambos sensacionales, no solo no se lanzan dardos, sino que ponen mucho cuidado en no hacerse daño, y de paso en no dañar al espectador.

El dolor no forma parte de esta ecuación, más allá de la maestría demostrada al filmar este minueto de las emociones, la película es, simple y llanamente, puro deleite.

Thriller romántico que mantiene un tono ligero, que no pretende cargar emocionalmente, aunque las emociones están presentes y afloran de vez en cuando. Pero hay elegancia, inteligencia y la negativa a ceder a los caprichos, no estamos ante una cinta sobre sexo o género, sino sobre sentimientos.

 

CARTA DE UNA DESCONOCIDA (1948). Qué suerte que pude ver hace apenas una semana este drama de Max Ophüls (1902-1957), un grande de la cinematografía clásica, para algunos uno de los mejores cineastas alemanes del pasado siglo.

La película se desarrolla en la Viena de principios del pasado siglo, en 1900 concretamente. La historia se inicia cuando el famoso pianista, mujeriego y bebedor, Stefan Brand (Louis Jourdan), recibe una carta de una mujer de nombre Lisa (Joan Fontaine) que formó parte de su pasado amoroso, pero a la que no recuerda.

Ophüls nos ofrece una obra cimera del drama romántico, película barroca y de ambientación grandilocuente, a la vez que penetrante en el abordaje psicológico de un amor no correspondido, con final fatal.

Es un filme de un tacto exquisito, un obra caracterizada por su cuidado estilo y una belleza plástica impresionante. El guion de Howard Koch resulta de la adaptación de la novela homónima del escritor austriaco Stefan Zweig, escrita en 1922, y está escrito con meticulosidad y verismo.

Magnífica y sólida música de Daniele Amfitheatrof, música en parte original y en parte tomada de Listz, Mozart ("La flauta mágica") y Wagner ("Tanhauser"). Una fotografía potente de Franz Planer, que se beneficia de unos decorados excelentes; de una iluminación majestuosa que subraya la evocación dramática del claroscuro; un movimiento de cámara antológico, con encuadres y travellings soberbios.

Esta fotografía en blanco y negro con un magnífico uso del plano general, y geniales primeros planos, exaltan el amor de los amantes; amén de contrapicados de enorme fuerza visual.

Perfecta puesta en escena que resalta el carácter decadente de la aristocracia decimonónica; sin olvidar el uso que Ophüls hace de las escaleras como recurso para delimitar el amor y la realidad de la niña enamorada.

En el reparto tenemos a una bellísima Joan Fontaine que no puede expresar mejor ese amor obsesivo e incondicional hacia su amado, por el cual incluso da la vida; una interpretación desatada, radiante, natural y maravillosa. Louis Jourdan hace un papel de gran mérito, con naturalidad, con presencia ante la cámara.

Sin lugar a dudas es una gran película, de las que ya no se hacen. La sabia y profesional dirección de Ophüls la convierte en una joya del cine del pasado siglo hecha con un enorme magisterio, con gran vigor y de manera muy intensa.