Hace escasos días se anunció que David Calleja asumirá el pregón de la próxima peregrinación al Rocío. Aún queda tiempo, y no me cabe duda de que dará muchísimo que hablar. Aun así, y casi anunciado en el aniversario de un rociero que, al menos a mi familia, dejó bastante huella antes de su partida, el mensaje me hizo reflexionar.

Recordé aquellos felices días de mayo, en los que la preparación para acudir a la aldea se vivía en casa de forma muy especial. Todo comenzaba con el toque del alba que recorría algunas calles del centro, hasta que José, el viejo pitero, se sentaba en la cocina para tomarse un café y contarnos historias de viejos Rocíos.

Recuerdo las visitas al patio de las Bodegas Terry, donde ya comenzaba a tomar forma el escenario en aquel inmenso patio porticado, y del que solo vagos recuerdos me traen a la memoria el olor a camborio que impregnaba el ambiente, enmarcado entre las buganvilias. Recuerdo aquellos pregones de antaño, las emociones, el nerviosismo por el gran día y la ilusión de mi padre, que esperaba ansioso ese Lunes de Rocío.

Hasta que se fue. Pues un día se fue a ese Lunes eterno, dejando en nuestros corazones tantos Rocíos, tantos recuerdos, tantas vivencias, tantos momentos compartidos y tantísima gente con la que compartirlas, que darían material para mil oraciones pregonadas.



Pero no. Cada persona tiene su misión, y mi padre no era de subirse a un escenario y exponer sus sentimientos. Era de esas personas reservadas, de las que se los guardaban para sí y para Ella. Él era de los que, ante la imagen de la Virgen, no lloraban; simplemente dejaban que se les escaparan las lágrimas que salen del corazón, como a muchos, sin saber por qué.

Los pregones se reservan para personas que sepan mostrar sentimientos y transmitirlos, aunque a veces ni los sientan ni los compartan con verdadero sentir. Son una oración, a veces en verso, y que en ocasiones recae en personas que no creen ni en sí mismas. Son la mayor muestra de generosidad, compartiendo vivencias y momentos vividos, aunque a veces sean ajenos y nunca se hayan vivido en primera persona.

Sin embargo, el recién anunciado pregonero, al que conozco desde hace algunos años, estoy seguro de que nos mostrará sus sentimientos: los suyos y los de tantos rocieros con los que creció, aunque fuera de forma callada y anónima, pero que lo formaron haciendo de él lo que es hoy.

Ofrecerá una oración, una oración rociera, pero de esos Rocíos de ermita y lunes. Compartirá los recuerdos, tantos recuerdos perdidos en el tiempo, que harán que más de uno, sin llorar, veamos cómo se nos escapan las lágrimas. Y, sobre todo, lo que para mí es más importante: subirá al escenario la voz de aquel que merece una oración, una oración rociera, por quien nos enseñó el Camino.

Ahora me queda esperar. Y esperar el día en que me volveré a sentar con tantos y tantos que ahora están en las Marismas Azules, porque estoy seguro de que, para escuchar a David, bajarán. Y eso, eso es cuestión de fe. Y espero que nadie me la robe.