Juan de Mesa.- Que se pongan mis zapatos…

Hay momentos en la vida de una ciudad en los que conviene parar, mirar atrás y recordar de dónde venimos.

Porque es fácil hablar hoy de prosperidad, de inversiones, de proyectos y de una ciudad que vuelve a mirar al turismo y al futuro. Lo difícil es recordar cómo estaba El Puerto de Santa María cuando gobernar significaba, muchas veces, intentar avanzar con las manos atadas.

Entre 2014 y 2019, la situación económica municipal condicionaba prácticamente cada decisión. La deuda, el Plan de Ajuste y las dificultades financieras limitaban la capacidad de actuación del Ayuntamiento.



Y eso no se veía solamente en las grandes obras.

Se veía en el día a día.

En una retención de crédito.

En un proveedor esperando.

En una actuación que se retrasaba.

En la dificultad para afrontar determinadas inversiones.

En la falta de margen para responder con rapidez a las necesidades de una ciudad que, por su potencial turístico, empresarial y residencial, necesitaba precisamente lo contrario: agilidad y capacidad de respuesta.

Porque cuando no hay músculo financiero, gobernar se convierte muchas veces en administrar las limitaciones.

Y gobernar no es solamente anunciar.

Gobernar es poder pagar.

Es poder contratar.

Es poder invertir.

Es poder responder a un empresario.

Es poder mantener una ciudad.

Es poder cumplir con los proveedores.

Y, sobre todo, es poder mirar al futuro sin tener permanentemente la deuda llamando a la puerta.

En 2019 comenzó una nueva etapa con Germán Beardo al frente del Ayuntamiento.

Y aquí no hablamos de opiniones políticas. Hablamos de números.

El propio Ayuntamiento cifra en unos 90 millones de euros la deuda amortizada durante los primeros cuatro años de gestión, además del ahorro de aproximadamente 30 millones de euros en intereses previstos hasta 2035.

En 2024 se anunció el final del Plan de Ajuste y la situación de deuda financiera cero.

Eso no es un eslogan.

Es un dato contable.

Pero los datos económicos no son importantes solamente porque queden bien en un balance.

Son importantes por lo que permiten hacer después.

Porque cuando una Administración deja atrás una parte fundamental de sus cargas financieras, recupera algo esencial: capacidad de decisión.

Y esa es precisamente la diferencia que merece la pena analizar.

¿Qué significa para una ciudad pasar de estar condicionada por la deuda a tener capacidad para invertir?

¿Qué cambia cuando un Ayuntamiento puede afrontar proyectos sin la misma mochila financiera?

¿Y qué puede hacer El Puerto con esa capacidad?

La respuesta está en el presente.

Y esa será la segunda parte de esta reflexión.

Porque para entender dónde estamos, primero había que recordar de dónde veníamos.

Que se pongan mis zapatos.