“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Alexander Payne es un director y guionista de cine nacido en Omaha, Nebraska (1961), es uno de los mejores cineastas actuales. Hijo de inmigrantes griegos, su cine tiene un fino sentido del humor y aborda sarcásticamente la sociedad estadounidense.

Payne cursó sus estudios de Literatura Hispánica en la Universidad de Stanford, y durante el curso 1981-82, realizó un intercambio con la Universidad de Salamanca como parte del grado y viviendo en la capital charra en la residencia de los Carmelitas.

Ha estado nominado a los Oscar en 1999 (Election, 1999), ganando el preciado galardón en 2005 por el guión de su película: Entre copas, 2004.

Yendo a nuestra temática, hay dos exitosas películas en su filmografía que tratan el mundo de la vejez: A propósito de Schmidt (2002) y Nebraska (2013). Utilizo estas películas de Payne, para ofrecer claves que ayuden a comprender esta etapa del ciclo de la vida.

A PROPÓSITO DE SCHMIDT (2002). Warren Schmidt (Nicholson) es un empleado de una empresa de seguros que inicia su jubilación sin mucha moral y prácticamente desorientado sobre qué hará ahora con vida.

Sabemos que la jubilación es un momento crítico que pasa por distintas fases: el “pre-retiro”, con expectativas fantasea­das; el período eufórico o de “luna de miel” (se quiere hacer cuanto no se ha hecho); fase de “desencan­to”; “reorienta­ción” dentro de unos criterios realistas; y la “estabili­dad”, fase de ajuste entre los deseos y las posibilidades reales. Todo esto le va a ocurrir al protagonista del filme, pero de forma precipitada.

El pobre Warren, al poco de jubilarse, pierde a su esposa, enviuda y queda solo y sin norte. Para colmo, lo que se denomina el “síndrome del nido vacío” acaba siendo una realidad. Su única hija, vive lejos y desea contraer matrimonio con un individuo, a lo que su padre se opone.

Una “idea feliz” que se le ocurre a Warren es apadrinar un niño huérfano de seis años de nombre Ngudu Ubu, que vive en Tanzania, al que ayuda económicamente y le escribe cartas en las que le cuenta su problemática. Recibe respuestas de la monjita del colegio donde estudia. Este intercambio epistolar le sirve como terapia, a la vez que de satisfacción por ofrecer ayuda a un niño necesitado y colaborar, por primera vez en su vida, con una buena obra.

También, en los primeros momentos tras la muerte de su esposa, encuentra por azar unas cartas escritas por ella y se entera que le ha sido infiel con uno de sus mejores amigos y excompañero de trabajo. Otro golpe duro.

Warren tiene una autocaravana con lo necesario para viajar y habitar en ella. Tratando de hacer algo o de buscar algún sentido a su vida, emprende un viaje en busca de sus raíces. Cruza Nebraska en la caravana y llega a Denver, la ciudad donde vive su hija.

El encuentro con la familia del novio de la hija, familia estrafalaria, le hace afirmarse aún más en la idea de que el pretendiente es un mentecato. Intentará que se rompa el compromiso.

Película, pues, que narra las desgracias de un hombre mayor que ha perdido la motivación vital y que se refugia en Ndugu, el niño a quien escribe contándole sus cuitas, del cual recibe consuelo.

Esta espléndida película de Payne mezcla secuencias dramáticas y negras, con humor de gran maestro. Pone el dedo en la llaga de las miserias y desdichas de esta sociedad competitiva y de consumo. Retrata a un individuo mayor que ha vivido una vida mediocre sin alicientes interiores, aficiones saludables ni inquietudes espirituales, humanistas o artísticas.

Warren está interpretado por un enorme Jack Nicholson que roza la perfección como hombre mayor anodino. Un hombre que de pronto tiene que soportar todos los males de la vejez al mismo tiempo, sin poder digerir tamaño infortunio. Con escenas ocurrentes, cómicas y a la vez trágicas.

En la trama el provecto Warren realiza dos viajes. Uno físico, el que inicia con su autocaravana; y otro psicológico, que compete a su vida y a su condición de viejo solo y retirado. En ambos encuentra un camino de frustraciones, engaño y fracaso.

Filme inteligente que empatiza con el perdedor Schmidt, que representa a una gran mayoría de jubilados, dentro de un mundo que deja pocas opciones creativas a este grupo. Una sociedad que alienta el conformismo e ignora o desprecia a quien es distinto u original, o al que tiene sus propias ideas.

Como decía Erich Fromm, esta sociedad trata de manera “cosificada” a la ciudadanía, y a los mayores particularmente, en una cultura que ha sacralizado el mercado. Los mayores no se sienten portadores activos de sus propias capacidades y competencias. Muchos se perciben fuera de circuito.

Lo que sí hace Warren, en una desesperada noche que pasa sobre el techo de su caravana en medio del campo, es un intento por encontrarse consigo mismo, incluso buscar una escondida brisa de trascendencia.

Esta película es un relato dramático y lúgubre pero hecho con fluidez y humor en manos de un director que sabe alternar luces y sombras, explotar el lado cómico de situaciones fatales, concertar la piedad con la risa, el realismo con el humor negro.

Payne transmite estas sensaciones, con un Nicholson sensacional que enriquece al personaje y lo hace patético y adorable, cercano, conmovedor y profundamente humano.

No es una película fácil por el desasosiego que transmite y el elevado nivel de frustración a que está sometido el personaje. Tras el humor “marrón” que transpira, late un tono de inmensa amargura. Retrato crítico del viejo en esta sociedad que dicta sus normas, dejando escaso margen para el autoconocimiento y la expresión de emociones genuinas como el amor o la alegría.

Los mayores construyeron lo que hay hoy, y más que “niños”—como a veces suele decirse— son personas con experiencia y sabiduría. En vez de aplicar a la vejez la “Ley de la Moda”, según la cual el viejo es sinónimo de caducidad, es preciso aplicar otra ley de mayor rango, la “Ley del Arte”, según la cual, con el tiempo se revaloriza el ser, se eleva por encima de la biología, pues no sólo una obra de arte, sino también las personas, ganan con el tiempo.

Revista Encadenados

 

NEBRASKA (2013). Un anciano desorientado, Woody Grant (Dern), tras recibir un folleto con un supuesto premio por valor de un millón de dólares, decide viajar a la ciudad de Lincoln (Nebraska), para recoger el premio.

Tras diversos intentos de la familia de convencerlo de que es mera propaganda y viendo el empeño del padre, su hijo David decide acompañarlo y llevarlo en su automóvil. En el viaje, la relación entre ambos, que durante años estuvo rota por los desvaríos etílicos del padre, tomará un cariz diferente ante la sorpresa de la cáustica madre y del hermano mayor.

Gran película de Payne, obra sencilla y honda, con múltiples mensajes y aspectos interesantes para reflexionar. Rodada en blanco y negro premeditadamente. Esta decisión enriquece artísticamente la película y es un recurso para resaltar un mundo de pobreza en muchos aspectos. Payne funde los personajes con el paisaje, hasta transformar la sequedad de Nebraska, con el alma de los protagonistas.

La obra nos pone delante de los ojos pobreza, mediocridad, hombres bebedores en pubs de tercera, entornos desolados, cuatro vacas en lontananza y unos pueblos paupérrimos donde lo cultural y lo intelectual no existe: la América profunda.

Woody Grant está magistralmente interpretado por Bruce Dern. Woody ha encontrado una “ilusión”, un algo por lo que continuar algunos pasos más caminando su pobre vida, un cheque falso que le promete mucho dinero.

La riqueza como un signo de distinción e identidad, donde la vida en términos éticos o estéticos apenas tiene cabida. Un entorno poco estimulante y de mucha cerveza y TV. Este es el contexto del personaje. El único elemento que puede sacarlo de la desintegración senescente es el dinero.

Hasta hace poco los hombres mayores se han presentado en el cine como personajes aún capaces de desempeñar el rol masculino tradicional, conservando su posición social.

Nebraska rompe con la integridad de los personajes mayores en el cine. Woody, lejos de ser admirado, es un alcohólico obstinado e infeliz, un ser dependiente; carga con el peso de un pasado que le lleva a la desesperanza. Los silencios del protagonista hablan de un hombre que apenas puede mantener en orden su mundo interno.

Pero Payne aborda también aspectos positivos, como la reconciliación del hijo menor con su padre, un espacio de acuerdo, de perdón y de reconocimiento, pues David empieza a entender el enorme problema de su progenitor, a quien le acosa la demencia y el miedo a la muerte, una muerte absurda donde lo único que tiene a su lado es una mujer que le insulta y un vacío moral implacable.

Padre e hijo inician un viaje (“road movie”) en busca de ese Dorado estúpido que es todo cuanto puede tener un valor para Woody. Siempre bajo el amparo de un hijo que ha comprendido que tiene un padre senil ante su última ilusión.

Una visión de las relaciones filio-paternas, e incluso del viaje al interior de ambos personajes que acabarán por reconocerse y comprenderse al final de la historia.

La película es poesía metafísica y Payne nos muestra, no sólo una realidad americana árida y de derrota, sino tal vez la metáfora de la carencia que habita en todos nosotros, nuestro propio extravío, nuestros necios entusiasmos que acaban con una gorra o cualquier regalito de consolación como paliativo imperdonable.

Comedia, tragicomedia, drama o meramente desengaño. Quizá la más sencilla pero también la mejor película de Payne, con un excelente guión y trama de Bob Nelson, una genial fotografía de Phedon Papamichae, memorable música de Mark Orton, y los bien elegidos actores para cada papel. Todo ello emociona porque nos confronta con nuestras miserias y nos descubre nuestra desnuda condición de seres frágiles, más aún en la vejez. Lo cual turba tanto o más que una película perfecta.

 

CONCLUYENDO

Las películas comentadas son un auténtico testimonio sobre el espíritu humano y la vejez. En A propósito de Schmidt, la temática es la soledad y el conflicto de un hombre que ha de afrontar jubilación y viudez, todo al mismo tiempo.

En Nebraska, la vejez es vista desde el enfoque de un páramo vital y narra un quijotesco viaje a ninguna parte, pero encierra mundos de encuentro y de afecto entre un padre y un hijo que sabe que su “viejo” se marchará pronto.

La crítica y el sarcasmo de Payne en este abordaje de la vejez, proviene de su ascendencia mediterránea, griega, mundo en el cual se respeta a los mayores más que en los EE. UU.

El mismo Payne ha declarado que en su obra se filtran los sentimientos sobre sus propios padres que se han hecho mayores. “Me gustaría que mientras sigan envejeciendo retengan cierta dignidad, porque la vejez a menudo amenaza con arrebatárnosla”.

Este artículo, más extenso, se publicó en la revista NERTER:

Fernández Lópiz, E. (2023): “Estudiando la vejez a través de la filmografía de Alexander Payne”. Revista Nerter. El arte de envejecer. Representaciones culturales de la vejez, 38 y 39. Pp. 25-32. Las Palmas de Gran Canaria. Spain.