Juan Carlos Neva.- Me encontraba realizando una consulta sobre el mundo romano, concretamente sobre el acueducto del siglo I d. C., a finales del reinado del emperador Augusto, que llevaba agua desde el Tempul a Cádiz, cuando recibí la noticia del cierre de la revista El Boletín, con la que fielmente, todos los primeros de mes, el bueno de Eduardo Albaladejo, con cariño y mimo gratuitos, nos informaba de los acontecimientos y eventos culturales de los que durante los próximos treinta días podíamos disfrutar en El Puerto, Jerez y Cádiz. Curiosamente, a la vez también me enteraba del fallecimiento de Raúl del Pozo, unos días después de que nos abandonara Fernando Ónega, dos grandes referentes del periodismo de este país.
Recordé entonces que los romanos numeraban los días del mes contando hacia atrás desde tres fechas claves: las calendas, las nonas y los idus. Los idus de marzo del año 44 a. C. (15 de marzo) son los más conocidos por el asesinato de Julio César. Esta expresión se utiliza hoy día de forma metafórica para referirse a una traición inesperada, un peligro que se aproxima o un momento decisivo o fatal. Así que podemos decir que cinco días antes de los “idus de marzo” de 2026 d. C. llegó el momento decisivo y fatal, con toda seguridad por una traición, en este caso institucional, del fin de la publicación de la revista El Boletín.
A Eduardo, antes de la pandemia, lo conocía —como se conoce a mucha gente en nuestra ciudad— de vista, pero fue a partir de ese momento trágico para todos que conseguimos superar cuando la escritura, lo que empecé a hacer con más intensidad desde entonces, y la edición, a lo que se dedicaba él, nos unieron, llegando a ser decisivo, junto a otras personas muy queridas para mí, para que, en abril de 2021, con el sello de El Boletín, viera la luz mi primer libro “Caminando durante una pandemia: Somos lo que fuimos”, por lo que le estaré siempre agradecido. A partir de ahí, El Boletín ha editado los que vinieron a continuación.
Curiosamente, en el último que se presentó hace unos días, “Textos porteños”, dedico un capítulo a realizar un recorrido histórico por los medios de comunicación de nuestra ciudad y llama la atención lo prolífico que El Puerto fue en el nacimiento de periódicos y revistas, así como en su desaparición. La revista El Boletín, tristemente, se suma a esta lista de defunciones.
La Constitución española reconoce el derecho fundamental de cualquier ciudadano a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, respetando el pluralismo de la sociedad, y los poderes públicos están obligados a promover las condiciones para que la libertad y la igualdad sean reales y efectivas. Huelga decir que los medios de comunicación viven principalmente de la publicidad, y que la publicidad institucional es la más importante, y que ésta debe servir al interés público y no a intereses partidistas, respetando el pluralismo, la transparencia y la objetividad. Huelga decir también que esto no se cumple en ninguno de los niveles institucionales y que los medios afines al poder son mejor tratados que los hostiles o críticos, e incluso que con recursos públicos se crean medios para propaganda partidista.
En la carta de despedida de Eduardo Albaladejo, aparte de que le ha llegado la hora de la jubilación y de que “[…] los años pesan y las fuerzas flaquean […]”, cita también como causa “[…] más rotunda y prosaica si cabe […]” del cierre de la revista El Boletín “[…] el maldito parné […]”. “[…] Nuestro principal anunciante, y quien debería mimarnos más por el servicio que prestamos a la ciudad, decidió no seguir publicitándose con nosotros […]. El Ayuntamiento de El Puerto le retiró su colaboración”.
Creo que el uso del dinero público, a todos los niveles de las administraciones, para publicidad institucional —y no partidista— merece un debate profundo. No queremos más “idus de marzo” como éste.











