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El cine gauchesco es un subgénero que utiliza el lenguaje del gaucho y suele contar su manera de vivir o los avatares que rodean la vida de estos pintorescos individuos. Se caracteriza principalmente por tener al gaucho como personaje principal y trascurrir las acciones en espacios abiertos y no urbanizados, sobre todo la región pampeana o «pampa» argentina.
Para hoy dos películas. El estreno Gaucho Gaucho (2024), de M. Dweck y G. Kershaw; y Aballlay, el hombre sin miedo (2010), de F. Spiner.
GAUCHO GAUCHO (2024). Docuficción que nos regala una crónica asombrosamente bella de una comunidad por la que siempre sentí gran interés: los gauchos, personajes inscritos en el folclore y en las leyendas del país austral. También en la literatura está el gaucho, quiero recordar aquí el poema narrativo El Gaucho Martín Fierro, escrito en verso y una obra ejemplar del género gauchesco escrita por José Hernández en 1872, considerada obra cumbre.
Los gauchos son los habitantes característicos de las llanuras de Argentina, pero también de Brasil, zona sur chilena e incluso Paraguay. Pero ante todo el gaucho es un ser libre, nómada, que monta su caballo y vive de los trabajos esporádicos que va encontrando, sobre todo con relación al campo, y al cuidado y la conducción del ganado.
Es además el gaucho un personaje dibujado y definido en el cancionero argentino como un ser humilde a quien le gusta el mate, pero también el vino, y cantar. Tiene el gaucho también fama de hombre generoso de ser humilde y bueno. En Argentina, cuando alguien se porta bien, hace favores, es desprendido o servicial se dice que es un “gauchito”.

En esta película, los directores Michael Dweck y Gregory Kershaw hacen una obra que sólo por su fotografía, la composición de planos y los elementos decorativos, es un placer verla, una auténtica joya, un deleite para el espíritu y los sentidos.
No hay nada artificial en la captura de cada uno de los momentos del metraje. Vemos a un puñado de gauchos mientras arrean ganado, juegan a las cartas, recorren distancias interminables y comparten rituales familiares o sociales (asados, domas, jineteadas).
Es un proyecto que explora la vida de los gauchos en los Valles Calchaquíes, en la Salta del noroeste argentino. Se presenta como una celebración de sus tradiciones, sus costumbres y su conexión con la naturaleza. Una celebración de los gauchos, comunidad de jinetes que vive más allá de las fronteras del mundo moderno. Crónica sobre una comunidad que sigue las reglas y las tradiciones de su cultura, a pesar del tiempo y del “progreso”.
Fotografía
Comienza el filme con una toma monocromática de algo que no podemos reconocer. En una extensión plana de pradera bajo un cielo en pantalla ancha, la cámara enfoca un grupo oscuro que puede ser roca, tierra o animal. Finalmente, esa cosa se agita, revelando un hombre que se levanta de su sueño, botas altas, sombrero de ala ancha y capa rústica. La cabeza de un caballo emerge temblando y resoplando y vuelve torpemente a sus pies. Una sensacional representación visual del estrecho vínculo entre la vida humana, la vida animal y el paisaje.
Esta impresionante escena ya habla de una extraordinaria fotografía en blanco y negro (también de Dweck y Kershaw), que captura la majestuosidad del paisaje salteño y las actividades cotidianas de la comunidad gaucha.
Los directores han optado por un estilo visual que recuerda a las antiguas fotografías gauchescas, creando una atmósfera nostálgica a la vez que de reverencia por una forma de vivir y una cultura ancestral. Un tratamiento visual que impacta, que alzaprima lo estético a expensas de una profundidad narrativa de mayor calado, pero que conmueve.

Fotograma tras fotograma perfectamente compuesto, este documental, entrañable y visualmente resplandeciente, da un amplio espacio a la comunidad gaucha para vincularse y fusionarse con los suyos, con la naturaleza toda y con el espectador.
Género y gauchismo
Hay un relato en el documental que habla de cómo la profesión gaucha ha calado también entre las mujeres, habida cuenta que grupo gauchesco ha sido tradicional y predominantemente masculino.
El episodio se centra en Guada, una adolescente de mente independiente que anhela ser gaucha y probarse a sí misma en un circuito de rodeo local, una actividad dura y peligrosa consistente en montar potros sin domar.
Nos la presentan también en su escuela secundaria, donde rechaza el uniforme prescrito por la directora del colegio pues quiere seguir llevando su equipación tradicional del gaucho, rematado con una boina de gran tamaño. Sus compañeras la miran divertidas. Cuando un profesor le pide que se cambie, la negativa de Guada es rotunda: "Soy gaucha y esta es mi ropa".
Ciertamente, Guada no encaja en la educación formal. La educación que le importa proviene de sus mayores gauchos masculinos en la granja, quienes pacientemente le enseñan cómo ganarse la confianza del caballo, antes de pasar a las complejidades más expertas de la monta a galope tendido y el rodeo.

Otras subtramas
Otros capítulos incluyen la conversación entre un sacerdote y un gaucho mayor. El cura le invita a reflexionar sobre su vida y su legado, para ver cómo quiere ser recordado. Esto genera un emocionante episodio con Lelo, el gaucho octogenario que mira atrás sin remordimiento y satisfecho con su vida.
Momento cargado de encanto es el que sigue a Solano y a su hijo pequeño Jony, quien sigue a su padre a todas partes, impregnándose de todo el conocimiento gaucho que puede. El padre lo observa atentamente mientras su hijo aprende a afilar un cuchillo, con los ojos llenos de orgullo y la cautela para que el niño no se lastime. Transmisión de conocimientos intergeneracional, que tiñe el documental de calidez amorosa.
Las historias y los personajes producen la sensación de estar viviendo en el presente, lo cual que, curiosa y paradójicamente, contribuye a reforzar la cualidad atemporal de la película.
Western presente y banda sonora
El documento hace sus guiños al western clásico de Hollywood por sus tomas de jinetes, los paisajes esteparios con la sierra al fondo y toda una imaginería y motivos que hacen equivaler al gaucho salteño con los vaqueros norteamericanos que tantas veces hemos visto en películas. Incluidos los rodeos, tan parecidos en una y otra parte del mundo.
La banda sonora es estimulantemente ecléctica. Podemos escuchar el rock local del disco sencillo "La Balsa", de la banda argentina Los Gatos. Hay canciones de artistas contemporáneos de freak-folk, como Devendra Banhart y “Carmensita”, con silbidos y elementos corales que evoca el cine de Sergio Leone.
Pero también lo hace una majestuosa selección de "Los pescadores de perlas" de Bizet: el aria francesa sobre la amistad masculina, Au fond du temple saint, que parece escrita para vaqueros al galope estampado su propia leyenda en las llanuras.
Hay igualmente música folclórica y canciones populares como: “Tonada de luna llena”, de Simón Díaz; “Veinte años”, de María Teresa Vera; “Alfonsina y el mar”, de Félix César Luna y Ariel Ramírez; “Qué he sacado con quererte”, de Violeta Parra; “El árbol que tú olvidaste”, de Roberto Chavero; o “El payador perseguido” de R. Chavero, canciones que vienen como un guante con el filme.
Además, esta cinta resulta un prodigio de encuadres, de travellings, de planos secuencia, rodado como he apuntado en blanco y negro y en pantalla ancha, plan western documental.

Etnografía – antropología del gauchismo
Los codirectores siguen un enfoque observacional donde los sujetos no son entrevistados, sino que son capturados en momentos tranquilos de soledad, cuidando a sus animales, administrando la tierra o conversando con familiares y otros miembros de la comunidad.
No hay preguntas-respuestas, en lugar de limitar nuestro conocimiento de los personajes, la cinta nos acerca a la orgullosa filosofía que los rige y a la inmensa alegría que brinda su forma de ser, lo que constituye un argumento convincente sobre las recompensas de la vida al margen de las modernidades del Internet, las redes y todo eso.
Incluso yo diría que este Gaucho Gaucho, nombre de los protagonistas genuinos, celebra su noble tradición con una apreciación social y sensorial que por momentos evoca a John Ford.
Conclusión
La película comienza y termina con imágenes en cámara lenta y ópera de fondo. Es una experiencia subyugante e inmersiva, aunque en algún momento esta sofisticación visual-sonora pueda conspirar contra la profundidad del retrato humano y psicológico.
Película que merece verse, y hacerlo en la gran pantalla a ser posible, pues es la manera óptima de disfrutarla en toda su extensión, y con el mejor sonido posible.
En suma, producto visualmente deslumbrante que invita a reflexionar sobre la importancia de preservar las culturas locales. Junto a un enfoque estilizado, que es de agradecer, el filme ofrece una experiencia cinematográfica única.
Revista Encadenados
ABALLAY, EL HOMBRE SIN MIEDO (2010). Durante el asalto a una caravana, Aballay degüella a un hombre y su mirada se cruza con la del hijo de su víctima, un niño aterrorizado. Espantado, de sí mismo, el gaucho criminal toma la lección de los místicos penitentes que purgaban sus pecados subiéndose a una columna de la que no bajaban por el resto de su vida.
Lo cual que hace lo propio, y monta su caballo para ya no descender nunca más: se forja el mito de un gaucho que no desmonta jamás. Ante los ojos del pueblo se convierte en una especie de santo, pero los ojos de aquel niño no lo abandonan. Sabe que volverán a por él clamando venganza.
La película adapta un cuento homónimo de Antonio Di Benedetto, escrito en cautiverio durante la dictadura militar. “Aballay” forma parte de la salvaje historia argentina del siglo XIX, encarna el western criollo definitivo: uno en el que convergen el Far West norteamericano, y la sangrienta cinematografía gauchesca (Nobleza gaucha, 1915, de H. Cairo y otros (muda); Juan Moreira, 1973, de L. Favio; o Pampa bárbara, 1945 de L. Demare y H. Fregonese).

Gauchos.
Esta ópera prima Fernando Spiner maneja con magisterio un relato que posee los elementos para construir un filme de venganza y duelo con potencia visual, aciertos formales, y una atmósfera natural y descarnada que no obvia ciertos toques de humor.
Trabajos actorales interesantes con Pablo Cedrón (genial), Nazareno Casero, Claudio Rissi, Gabriel Goyti o la belleza salvaje de Moro Anghileri en un acertadísimo papel. Acompañando una sinuosa música de Gustavo Pomenaranec y magnífica fotografía de Claudio Beiza que recrea la maravillosa geografía tucumana y su pujante naturaleza.
En suma, es una cinta gauchesca con tintes épicos que resulta sangrienta, visceral, expresiva, rayando el expresionismo.











