“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Estudiaba hace ya bastante el Bachillerato en un colegio interno de salesianos. El fundador de los salesianos fue San Juan Bosco, que amén de hombre cercano y gran educador, era diestro también en su juventud como saltimbanqui, en juegos de magia y otros números atractivos.

Siendo ya sacerdote, en Turín, el santo montaba un espectáculo con sus habilidades, atraía a la gente, y a continuación del número circense invitaba al público a participar de la misa. Sea por esta u otras razones, Don Bosco, que murió en 1888, diez años antes de la primera película, es considerado patrón del cine, se podría decir del espectáculo que es el cine.

Quizá por esto, los salesianos siempre han tenido filmotecas importantes, críticos y especialistas de cine, y en el caso de mi colegio un hermoso cine-teatro equivalente a los que había en pueblos o ciudades. Se fomentaba la afición cinéfila.

Nosotros visionábamos una o dos películas cada semana. Pero lo más llamativo en aquella época de exigencia y austeridad era que una vez en cada curso académico, durante una semana se suspendían las clases y ese tiempo se dedicaba al cine en exclusiva, a su estudio, cine fórums y el visionado en aquella semana era de tres películas diarias, con sus respectivos análisis.

La cosa iba de cine bueno. Pues bien, el western tenía su lugar y “La diligencia” fue una de esas películas que pude ver en los siete años que allí estuve, unas cuantas veces. Me empapé en el mejor sentido de diligencia y de Ford y de western.

Esta y otras que ahora comento sentaron los cimientos de un género cinematográfico en toda regla, el western. Como muestra comento cuatro obras de arte: dos de ellas son de J. Ford: La diligencia (1939) y Tres hombres malos (1926): y El hijo de la pradera (1925), de K. Baggot y W.S. Hart, y el primer western español: Oro vil (1941), de E. García Maroto.

LA DILIGENCIA (1939). Esta obra maestra del maestro de maestros John Ford fue el primer western que puso en valor este género cinematográfico que hasta entonces era subvalorado y poco reconocido por el público y la crítica.

Y lo que son las cosas. A partir de esta obra cumbre, las películas del “lejano oeste” (o de vaqueros, o del oeste, etc.) se convirtieron en un importantísimo género que gozó de gran salud y popularidad durante décadas.

La Historia de “La diligencia” habla de grupo de viajeros variopintos, algunos de difícil trato y conflictivos, que emprenden un largo y duro viaje en diligencia. Las relaciones entre los personajes llegan a ser tensas en ocasiones, románticas en otras y para que no falte de nada, hasta son atacados por los indios.

Esta obra es puro perfume “far west”, 99 minutos inmersos en la esencia de aquellos tiempos del siglo XIX en que el hombre blanco se habría paso por paisajes inhóspitos del oeste americano con problemas de toda índole, la mayoría con tintes violentos, pues había que sobrevivir en un mundo rudo sin ley y en muchas ocasiones, hostil.

Si Ford ha sido uno de los más grandes directores de cine, el enorme actor John Wayne fue el arquetipo por antonomasia del vaquero-pistolero, hombre duro, pero también tierno, en fin, un vaquero único que llenaba pantalla.

Además, esta cinta está rodeada de secundarios con mucho caché: Claire Trevor, Thomas Mitchell (Oscar), John Carradine o Andy Devine entre otros; toda una obra coral en la cual Ford sabe encajar a los personajes y hacerlos bailar –dramáticamente, claro- en una historia elegante y con ritmo, como si fuera una sinfonía.

La trama y la interacción de los personajes constituye todo un análisis social y psicológico entre hombres y mujeres de ascendencia muy diferente: el riguroso sheriff, el médico bebedor, el banquero, la prostituta, el tahúr, la mujer de clase alta y por supuesto Wayne comandando el carruaje junto a la gente buena del pueblo: el cochero o el pasante de güisqui.

Es una película que nos mantiene pegados a la butaca por su interés, suspense y sus fases de enorme emoción, con un ritmo mantenido y crescendos de infarto, como las escenas en las cuales la diligencia es asaltada por los indios, escenas que constituyen un alarde técnico para aquellos entonces.

Tiene además un guion de lujo salido de la pluma de Dudley Nichols (adaptación del cuento del escritor Ernest Haycox, "Stage to Lordsburg"), una fotografía superlativa de Bert Glennon (B&N) con un novedosísimo manejo de la cámara, un montaje de lujo y canciones populares que amenizan la narración.

Una de esas películas que el aficionado al cine debe ver sin excusa. No sólo el cinéfilo, sino toda persona que guste del cine.

Revista Encadenados

 

TRES HOMBRES MALOS (1926). Maravilloso western mudo de John Ford, una película donde ya se ve su genio único en el género. No parece una peli muda, es toda una maravilla del cine de siempre jamás, y Ford acierta con cada encuadre y cada plano.

En la cinta, son tres forajidos los que ayudan a una jovencita cuyo padre acaba de ser asesinado por una cuadrilla de maleantes, como ellos. Pero estos tres hombres (malos-muy buenos), recapacitan, ayudan a la muchacha e incluso le buscan novio.

A la cabeza del pueblo a donde llegan, un sheriff corrupto está al mando de una banda, de auténticos y verdaderos hombres pérfidos.

Vemos cómo Ford, sorpresivamente, sobre todo para la época, subvierte el esquema moral al uso y hace buenos a los bandidos en tanto son el Sheriff y sus ayudantes, los villanos. Sencillamente genial.

Estupendos actores y actrices (George O’Brian, Olive Borden, Lou Tellegen o Psicilla Bonner), que, junto a una sensacional fotografía de George Schneiderman (B&N) y la sugerente música de Dana Kaproff, configura una obra excelsa que recomiendo.

Una pieza del cine universal que encierra en su “mudez” candorosa, la belleza del Séptimo Arte en todo su esplendor.

Contenido en un artículo de ENCADENADOS

 

EL HIJO DE LA PRADERA (1925). Clásico del cine mudo, es considerada una obra maestra de ese western primigenio nacido en el albur del cine que, por vez primera, rodaba cabalgadas por las inmensas praderas, enfrentamientos, indios y cuantas variables tendría luego el género.

Dirigida por King Baggot y William S. Hart, quien también protagoniza la cinta, la trama principal del filme gira en torno a un vaquero solitario que está acostumbrado a una vida libre, sin más hogar que las vastas praderas bajo el cielo abierto.

Su vida toma un giro inesperado cuando se encuentra con una bonita joven por la que se siente profundamente atraído y se enamora. Movido por este amor, el vaquero se embarca en una misión para asegurar un pedazo de tierra donde pueda construir un futuro junto a ella en forma de rancho.

La relación entre el vaquero y la mujer se desarrolla de manera gradual y con una profundidad emocional que es característica del cine mudo. El vaquero, un hombre acostumbrado a la soledad, se encuentra inesperadamente con una mujer que despierta en él un sentimiento desconocido.

A medida que la historia avanza, su relación evoluciona desde el interés inicial y la curiosidad hasta un amor genuino y comprometido. Este desarrollo se ve reflejado en sus acciones y sacrificios, demostrando que está dispuesto a dejar atrás su vida nómada por la estabilidad que representa un hogar junto a ella, y destaca por su emotiva historia y su representación del espíritu aventurero de la época.

La película utiliza la expresión corporal y la interacción sin palabras para transmitir la complejidad de sus emociones y la fuerza de su vínculo, lo que resulta en una narrativa visual poderosa y conmovedora.

La película culmina con una emocionante carrera por la tierra en pos de una adjudicación de terreno, simbolizando la lucha y la determinación del protagonista por alcanzar su sueño americano.

La obra se aprecia por su narrativa visual y su capacidad para capturar la esencia del Oeste, con sus vastas praderas y el espíritu indomable de sus personajes. A la cabeza del reparto está William S. Hart, quien junto a Tom Mix encarna el arquetipo inaugural del “cowboy” y su pareja.

Considerada por muchos como la obra maestra del cine mudo western, este filme ofrece una ventana a una era pasada del cinematógrafo, donde los gestos, las formas no verbales de comunicación y la fotografía, hablaban más fuerte que las palabras.

Toda una reliquia del cine que nos precedió.

Revista Encadenados

 

ORO VIL (1941). Para terminar, quiero que conozcamos, al menos de oídas, este título, película pionera del western español, dirigida por Eduardo García Maroto y rodada en La Pedriza (Madrid) durante la posguerra.

La trama narra la llegada de un español a una tierra poblada de indios en la que proliferan los buscadores de oro, un médico emigra a EE. UU. para olvidar a su prometida y buscar fortuna en plena fiebre del oro.

Con un presupuesto precario de 150.000 pesetas, este filme marcó un hito al trasladar el lejano oeste americano a parajes españoles. Por desgracia actualmente no se conserva ninguna copia, pero sí ha sobrevivido su guion, junto con algunas fotografías de producción.

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