Apenas queda una semana para que comience la Semana Santa, unas celebraciones para todos los gustos. Atrás quedan aquellos tiempos de recogimiento, fervor y exaltación. De aquellas Semanas Santas, apenas queda algo más que el recuerdo. El fervor y la exaltación se venden ahora como una atracción turística, y si para las cofradías era una estación de penitencia, hoy parecen más un espectáculo al que acuden cientos de turistas para vivirlas. Son como un río que no se preocupa de quienes en la orilla disfrutan de él, y así, con el paso de los años, se aprovecha para vender como promoción turística que miles de personas muestren su fe bajo el antifaz. Cabría preguntarse qué nos ha pasado, cómo se ha llegado a este punto en el que, indiscutiblemente, el gran protagonista sigue siendo aquella persona que murió en la Cruz.
A lo largo de toda la geografía española, las cofradías hacen su estación, no dudo que con verdadero fervor. Las saetas, como oración cantada, son la muestra de la fe de quienes tienen el don de gozar del compás y la educada voz, y ello mueve a cientos de miles de personas. Algunas, más amigas del sol que del disfrute visual, marchan a la costa con ánimo de gozar del sol y el ambiente nocturno de una ciudad masificada, llena de terrazas para el gozo del paladar. Otras prefieren visitar piedras, ver imágenes de vetusta tradición y disfrutar, como no, de las mismas veleidades gastronómicas que ofrezca el lugar en cuestión.
Todo comprensible, compatible y, para todos, beneficioso. Quienes en su estación de penitencia vean las calles abarrotadas, disfrutarán y pensaran que los mueve la fe. Quienes vivan del turismo valorarán que, por una semana, alojamientos, terrazas y comercios obtengan beneficios. Y quienes vengan a disfrutar, verán con buenos ojos la animación que se consigue, pues, precisamente, no vendrán buscando la tranquilidad del sol y las playas. Todos contentos, pero, ¿y lo que significa la Semana Santa? ¿Dónde queda su sentido primigenio? Queda en el cajón del olvido, con tal de que, al fin y al cabo, todo se haya convertido en un espectáculo, un negocio y un placer para la vista y los sentidos.
Aun así, cada cual en su mundo interior, que la viva de la mejor manera posible, que, al fin y al cabo, de eso se trata. Y si nos preguntamos de qué se trata, que cada cual busque su respuesta.