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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

El universo cinematográfico Marvel sigue extendiéndose en variadas direcciones, subrayando la «inclusión» con personajes diferentes a los modelos hegemónicos. Esto es algo seguramente necesario para continuar la conquista de nuevos territorios públicos y zonas fronterizas no demasiado visitadas con anterioridad.

Así, tras Black Panther (2018) de Ryan Coogler (puesta la mirada en los afroamericanos), que comentaré más abajo, ha llegado este verano Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos (2021), de Daniel Cretton, donde el universo cinematográfico Marvel se refresca con coreografía china, orientada a la comunidad asiática norteamericana y al mercado chino; de ella hablo en primer lugar.

SANG-CHI Y LA LEYENDA DE LOS DIEZ ANILLOS (2021). Película que recrea el universo Marvel a lo chino bajo la batuta de su director Destin Daniel Cretton, que muestra su oficio con esta cinta que, sobre todo en la primera parte, cumple sobradamente con las expectativas creadas. No así en la parte segunda, que se convierte en un exceso de monstruos y despropósitos.

Es una película bien dirigida por Cretton que deriva de sus antecesoras, en busca de identidad propia, lo cual que consigue a medias. Por vez primera, el Universo Cinematográfico Marvel está protagonizado por un superhéroe oriental, vinculando la cinta a las artes marciales. Con momentos de cierta singularidad, se contenta, empero, con alusiones superficiales a la cultura que quiere agasajar, o sea, sin apenas profundizar en la temática oriental.

Guion aceptable, con altibajos, de Dave Callaham, Andrew Lanham y el propio Cretton, adaptación poco fiel de los personajes de Steve Englehart y Jim Starlin creados en comics en 1973. Buena la música de Joel P. West, que acompaña bien las imágenes, y estupenda fotografía de Bill Pope.

El personaje es mitad chino, mitad americano y posee un estilo de combate que mezcla kung-fu, karate y nunchaku (arma tradicional de las artes marciales asiáticas formada básicamente por dos palos cortos y cadenas). Un joven chinoide-yanqui, que en su día fue instruido por su padre en estilos de combate, mezcla de estilos orientales, con gran ejercitación en fuerza mental y disciplina.

El padre, Xu Wenwu, es un hombre que mil años atrás se encontró los diez anillos que le hacen inmortal, con poderes extraordinarios y un potente ejército a sus órdenes. En 1996, Wenwu busca la aldea de Ta Lo, donde supuestamente viven varias bestias míticas, para expandir su dominio. Pero a la entrada de la aldea se encuentra con la guardiana, Ying Li, quien le impide entrar. Los dos se enamoran y se casan teniendo dos hijos, Shang Chi y Xialing. Entonces Wenwu abandona los Diez Anillos para estar con su familia hasta que su esposa es asesinada.

Vuelve entonces a tomar los anillos para vengarse y reanuda sus actividades criminales. Inicialmente fue un padre amantísimo, pero tras morir su Ying, se reconvierte en supervillano enloquecido por el poder y la búsqueda de la mujer perdida.

El hijo Sang, a lo largo del relato, ha escapado de la tutela paterna (junto con su hermana) y, motivado por la propia trama, acepta finalmente su destino: deberá saldar cuentas con su padre (aunque tibiamente), ejercitar sus dotes de gran maestro de las artes marciales que aprendió en su infancia y salvar al pueblo de su difunta madre del ataque paterno; a todo ello le acompañará su hermana, quien también es una gran guerrera.

Para explicar los orígenes, situaciones pretéritas y circunstancias diversas, el director y cineasta estadounidense Cretton recurre a escenas que cuentan retrospectivamente la vida de la familia protagonista. Toda una colección de secuencias de acción muy logradas, que sin duda beben del cine de acción oriental.

El filme consigue que el espectador empatice y, en cierto modo, se identifique con los personajes, logrando dotar de carga emocional al relato. Carga emotiva que baja cuando empieza el exceso de efectos especiales y cierto barroquismo en la historia en la parte última del filme.

Con relación al reparto el actor principal Simu Liu, que interpreta a Shang-Chi, tiene limitaciones expresivas y no hay mucha comunicación ni con la cámara ni con el público; eso sí, es un gran acróbata y luchador, algo necesario para el rol que interpreta.

La cortedad actoral de Liu es más evidente cuando se mide en escena con Tony Leung Chiu-Wai (Tony Leung), que hace de su padre, Xu Wenwu. Leung es un icono del cine hongkonés y un actor con el carisma que se le exige a las genuinas estrellas. De esta guisa, acaba siendo Leung con su magnetismo quien aporta profundidad psicológica al personaje que encarna, y acaba por apoderarse de la cinta, convirtiéndose en vértice de la historia.

Destacan también Awkwafina, como Katy Chen, que pone sal a las escenas más insulsas y un sentido del humor que sin ser genial ni fino, no se somete a la autoparodia; hace de aparcacoches de hotel y amiga cercana de Shang y es figura principal de la cinta.

Bella, maravillosa, elegante y llenando pantalla Fala Cheng como Xia Ying, la madre y guardiana de Ta Lo. Muy bien Meng’er Zhang como Xia Ling, la hermana, estupenda luchadora. Michelle Yeoh igualmente hermosa y eficiente como Ying Nan, la tía del protagonista.

Ocurre así que la peli, que pretende ser la historia sobre el origen de un hombre predestinado a salvar al mundo, en la práctica funciona mejor como especie de antihéroe trágico que tiene por contraparte y enemigo a un sociópata seductor que a pesar de poseerlo todo, le falta lo que realmente necesita: la mujer que hizo posible que descubriera su dimensión humana; y para reencontrarse con esta mujer y conseguirla, aunque ya está muerta, está dispuesto incluso a acabar con el mundo, por unos delirios y ansias inexplicables para la razón.

Las secuencias de acción son más que notables, con varias coreografías excelentes. Destacaría una pelea en un autobús; una escena de lucha situada en el andamio de un rascacielos; el encuentro y enfrentamiento entre el padre y la que luego sería su esposa, para mí la más hermosa escena; o el entrenamiento del protagonista con su tía carnal, en la parte última del metraje.

Justamente, a medida que avanza metraje, la cosa va perdiendo fuelle y personalidad, pues se pasa de las conexiones emocionales de la historia, momentos emocionantes y afectuosos o también de rabia, de identificación o aversión hacia los personajes, etc.; se pasa, digo, a una diversión caótica con carga en lo visual y en los efectos especiales por ordenador que resultan excesivos y tediosos.

Es, en suma, una película de artes marciales con algunos combates que recuerdan, salvando las diferencias, a Tigre y dragón (2000), de Ang Lee (por ejemplo, la lucha entre Xu Wenwu y la guardiana del poblado Ta Lo, Xia Ying). Pero en esta producción las luchas son más físicas, menos finas.

De otro lado, la obra va de principio a final sin mayores complicaciones ni sorpresas. Cosa que parece no ampliar el universo Marvel, ya que los vínculos con la saga están forzados y no abre puerta alguna a elementos más profundos e interesantes.

Más extenso en la revista Encadenados.

BLACK PANTHER (2018). Cuenta la historia de T’Challa quien, después de los acontecimientos de “Capitán América: Civil War”, retorna a casa, a la nación de Wakanda, lugar aislado y muy avanzado tecnológicamente, donde será proclamado Rey. Cuando las cosas se prometen felices, reaparece un viejo enemigo que pone a prueba la naturaleza y el temple de T’Challa como Rey y nuestro protagonista se verá arrastrado a un gran problema que pone riesgo el destino de Wakanda y del mundo.

El director afroamericano Ryan Coogler hace un trabajo memorable y técnicamente impecable con un buen guion de Joe Robert Cole y el propio Coogler, adaptando un cómic de Jack Kirby y Stan Lee. Magnífica banda sonora de Ludwig Göransson (Oscar), genial vestuario (Oscar), inmejorable diseño de producción con decorados tan espectaculares como kitsch, que parecen el delirio de un nuevo rico (Oscar), junto a una fotografía de gran nivel de Rachel Morrison.

En su momento el objetivo de esta película era convertirse en el primer blockbuster universal (es decir, para blancos) donde los únicos blancos en el reparto (Martin Freeman y Andy Serkis) parecen negros de las películas de antes. El director se aplica para intentar una producción a la vez personal y estandarizada, siempre pendiente de estar haciendo historia.

Pero la presión era excesiva y, a pesar de su impecable factura, la cosa le puede a Coogler. Como dijo Martínez: “Le puede la solemnidad, las metáforas apresuradas y los mensajes condescendientes que colocan al superhéroe de marras en un lugar extraño entre la heterodoxia y lo más común; entre la voluntad de ruptura y lo de siempre. Eso sin contar que el subtexto político que supuestamente enfrenta las posturas de Malcolm X y Luther King se antoja, cuanto menos, descorazonador”. Verdaderamente esta aspiración huele a rancia, a algo manoseado y antiguo.

Reparto de lujo con Chadwick Boseman (como protagonista un poco cortito), junto a Michael B Jordan (un antagonista complejo dotado de conciencia social y razones legítimas para estar furioso, un gran villano), Martin Freeman y Andy Serkins, que analizan el secreto mejor guardado del país africano dentro del universo cinematográfico Marvel.

Película magnífica para saborearla en toda su dimensión de producción de alto nivel. Superhéroes afroamericanos al completo, un Shangri La como el Capra en África, pero en cómic Marvel, realeza, monarquía y tradición, potencia femenina, drogas naturales, gran avance tecnológico que no está donde creíamos, sino en el vibranium de la subafricana Wakanda, gran abundancia metafórica solo contrarrestada por el hecho de que aparezca la gran contrametáfora de Andy Serkis a cara descubierta, lo cual no suele hacer.

En suma, película que se aleja un tanto de los patrones Marvel para alcanzar una entidad propia, gracias a una poderosa imaginería visual que se convierte en una oda a las raíces africanas en clave “high-tech”; pero también por su discurso efectivo y actual alrededor de la discriminación racial y el poder como arma destructiva o garantía de paz, armonía y justicia.

 

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