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En la actualidad los avances médicos permiten afrontar las enfermedades con razonable suficiencia; y las de peor pronóstico con buena calidad de vida prácticamente hasta el final. En las películas de hoy se exponen dos casos. El primero lo cuenta la película Háblame de ti (2018), sobre un hombre de 65 años que sufre un accidente cerebro vascular (ACV) y debe recuperarse de las secuelas que el tal trastorno le ha producido a nivel cognitivo básico como la orientación, la memoria o el lenguaje. La segunda película de hoy es Truman (2015), de dos amigos y un perro así llamado, Truman; uno de los amigos está en estado terminal y no quiere que su perro quede abandonado; interesante film de Cesc Gay que conjuga tragedia y humor.

La muerte y la enfermedad han sido tratadas por el cine con un sesgo dramático y tremebunso, películas trágicas para la tristeza e incluso la tragedia. Sin embargo, las cintas de las que hablo hoy noeluden el humor y cierta buena onda a la hora de abordar la enfermedad y la inminencia de la muerte. Son películas aconsejables pues de ambas se aprenden mensajes para la vida vinculados a la amistad, beneficiosos cambios personales e incluso el cariño entre los seres humanos.

HÁBLAME DE TI (2018). Estamos ante una “comedia-drama” descafeinada, amable, como para usar y tirar que, no obstante, sirve para un sábado a la tarde y para pasar el rato. Desde luego prefiero esta película a la cacharrería y el despropósito de la ciencia ficción loca y apocalíptica que nos invade en el cine.

Cuenta la película la historia de un hombre de sesenta y cinco años que vive su vida de alto ejecutivo con una prisa y una intensidad que acaba provocándole un infarto cerebral. A partir de este punto, el hombre puntero, el brillante orador, el diligente Alain Wapler (Fabrice Luchini) se ve afectado en el habla, la orientación y en la memoria. Ahora necesitará de una logopeda, del apoyo de su hija y de la compañía de su perro. En tanto, poco a poco se va convirtiendo en alguien muy diferente del que era, alguien que expresa bondad, simpatía y agradecimiento, algo que nunca antes había hecho.

La tercera obra del director Hervé Mimran se puede calificar de correctita, una cinta sin pretensiones que es una llamada al lado bueno del ser humano, esa que anida en todos nosotros y que sólo espera alguna forma de shock, conversión o inesperado encuentro con uno mismo para manifestarse, incluso en personas tan refractarias a ello como el protagonista de la obra.

Conducido por un libreto del propio Mimran y Hélène Fillières (adaptación de las memorias del ex jefe de Peugeot, Christian Streiff, “J’étais un homme pressé” – “Yo era un hombre bajo presión”), la trama discurre por momentos mejores y otros más deslavazados y torpes, o sea, relato sencillo y previsible (melodrama de manual), con alguna leve crítica al mundo vertiginoso del deshumanizado capitalismo, el arribismo, la ambición o el afán de riqueza y de estatus social. Todo ello lleno de gags alguno de los cuales resultan venturosos, en tanto otros son mediocres o sencillamente pedestres. Pero quizá lo más destacable del guion sea la inconsistencia, pues va enlazando momentos y situaciones que no están hilados ni dicen al conjunto del film, por ejemplo, el encuentro de la logopeda con su madre, la trotada a pie del protagonista recién salido de un ictus haciéndose cientos de kilómetros por el camino de Santiago, salvando a un cervatillo, etc., etc., sin hablar de la truculenta ama de llaves que se pasa el metraje matando animalitos para comer: pollos, conejos, etc.

La película de Mimram funciona mejor cuando representa las dificultades cotidianas a las que se enfrenta una víctima de un derrame cerebral, peor cuando satisface los sentimientos fáciles, especialmente en un tercer acto sin aristas que es básicamente un montaje musical tras otro.

La banda sonora de Balmorhea resulta pertinaz y excesiva en un extraño intento por aportar ímpetu y energía a unas escenas de enorme futilidad; eso sí, canciones de Bob Dylan, algo de country o una versión de “Father and Son”, eso me gustó. Buena la fotografía de Jérôme Alméras que recrea las calles y el ambiente parisino.

Pero sin duda lo que mantiene a flote el film es la interpretación genial de Fabrice Luchini. Luchini es el centro del relato, el que anima al espectador con su excelencia actoral y su manera de llenar pantalla, de moverse ante ella haciendo uso de una técnica y eficiencia propia de quien se siente seguro en su oficio, de quien domina y controla su repertorio como actor de categoría. Luchini es realmente el artífice que hace olvidar por momentos al respetable, el carácter desvaído y plano del film. Le acompañan actrices y actores de medianía que saben hacer funcionar sus personajes de reparto con más oficio que solvencia. Película con moraleja-moralina buenista, buen-rollista, buena onda que Luchini salva haciéndola incluso entretenida por momentos.

 

TRUMAN (2015). Película sobre la amistad, la enfermedad y la inminencia de la muerte. El el joven director es Cesc Gay, barcelonés nacido en 1967 y autor de películas reconocidas: Hotel Room (998), Krámpack (2000), En la ciudad (2003), Ficció (2006) y Una pistola en cada mano (2012). En todas ellas, Gay nos regala una mirada llena de ironía y no exenta de humor ante las flaquezas de sus personajes. Igual ocurre en esta película, pero con un tratamiento más de conjunto y coral. Se centra fundamentalmente en dos personajes: los dos amigos Julián y Tomás. Gay hace una exposición del lado trágico de la vida, el más nefasto, la muerte, la inminencia del final. Mas no por ello olvida el humor, provocando la risa y la sonrisa del espectador, con un tono agridulce; hay también causticidad en su enfoque, en ocasiones cruel. Y lo hace con un pulso narrativo muy interesante, preciso, sugerente, con perspicacia y elegancia ante la compleja temática.

El guion del propio Gay junto a Tomás Aragay es casi perfecto, trabajado, justo y sobrio. Abandona el lugar de la lacrimogenia, recurriendo más bien a las pinceladas de una inteligente comedia intimista que sabe auscultar los sentimientos ocultos e intrincados de los personajes. El libreto está basado en un diario que escribió relacionado con una difícil situación personal que vivió el propio Gay, cuando tuvo que acompañar a un ser querido durante el proceso de su enfermedad. Gay dice que sus películas surgen de él mismo, de su propia experiencia y de su entorno, de lo que ve y de lo que siente.

Y si dirección, guion, música y fotografía son excelentes. El reparto es el pilar del film, sobre todo por un Ricardo Darín de lujo que ofrece un recital como actor, que roza la perfección. Igualmente, genial interpretación de Javier Cámara, al que Darín parece inspirarle y sacar de él lo mejor. Dolores Fonzi está, amén de muy linda, estupenda en un rol dramático bien llevado.

La película trata, pues, de abordar la muerte desde el plano de la amistad, pero igualmente como un asunto social, cultural, que atañe a las amistades y conocidos que rehúyen al protagonista enfermo, a la funeraria a la que acude, a su propio trabajo del cual lo despiden sin consideración por su terminalidad, etc. Y es que ocurre que en estos tiempos, nuestra cultura y nuestras maneras de relacionarnos con la muerte y el morir, han cambiado notoriamente. Se muere en hospitales e instituciones, prácticamente en soledad.

Gay consigue ser claro en un equilibrio inestable y con la justa carga emocional. Entra en el delicado territorio de lo íntimo, pero sin hacer “mercado” de las emociones, sin gritar ni hacer impostura del dolor. Este film es una obra desvestida de aspectos innecesarios, incluso sencilla. Además, es como que en vez de mirar nosotros el film, fuera la pantalla la que nos mira a nosotros por frente y por derecho. Del mismo modo que lo hace la metáfora del perro Truman, un perro viejo al que le queda igualmente poca vida, un perro feo y a la vez sentimental que sirve en la cinta a de forma alegórica, y que entre otras, simboliza la amistad y la lealtad.

En fin que lejos del efectismo exaltado de algunas películas americanas sobre el tema (recuerdo aquí La fuerza de vivir, 2006), esta película es interiormente afligida pero por fuera nos hace sentir bien avenidos con nosotros mismos. Es la amistad, es la frontera con la muerte, es drama, pero no le falta sentido del humor. Es la certeza de un final, pero también la seguridad de la mano amiga que incluso salva a Truman de la quema y del penar del duelo.

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Enrique Fernández Lópiz. Nacido en El Puerto de Santa María, es Licenciado en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y Doctor en esta disciplina por la Universidad de Granada, donde es Profesor Titular del Departamento de Psicología Evolutiva. Cinéfilo desde siempre, escribe críticas cinematográficas desde hace dos décadas en diversos medios escritos y digitales.

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