A Manuel Selma Jiménez le basta una pregunta para volver muchos años atrás. ¿Dejaría todo y tocaría otra vez las palmas si mañana lo llamara un artista? No necesita pensarlo: "Sin dudarlo". Dos veces lo dice. Porque hay cosas que uno puede dejar de hacer, pero que nunca termina de abandonar. A él le ocurrió con el flamenco.

Tenía unos 16 años cuando empezó. Su padre había abierto un tablao en la calle Santa Clara y aquel muchacho que también conocería la vida detrás de una barra encontró allí un mundo que terminaría acompañándolo durante décadas. Las palmas se convirtieron en su sitio.

Y no fueron unas palmas cualquiera. Selma recuerda haber acompañado a Camarón de la Isla, Terremoto, El Torta o Capullo de Jerez, entre otros. "Si no hay palmero, no suena igual", explica cuando intenta resumir una profesión que muchas veces permanece detrás del cantaor, pero que sostiene buena parte de aquello que escucha el público.



De todos aquellos nombres, Camarón ocupa un lugar especial en su memoria. Lo considera el mejor cantaor que conoció, pero cuando habla de él termina acordándose antes de la persona que del mito: "Era un monstruo, pero como persona era doblemente más".

Hay recuerdos que llevan inevitablemente hasta Las Rosas. Selma cuenta que Camarón y Paco de Lucía acudían allí para escuchar a El Pititi, de quien dice que "cantaba como los ángeles». Manuel estaba allí, tocando las palmas con quienes pasaban por la peña. De esos encuentros acabaría naciendo también la oportunidad de acompañar a ambos.

Cuando habla de Camarón todavía parece fascinado por su manera de escuchar. Lo recuerda pendiente de cualquier cantaor que pudiera sorprenderlo, dispuesto a desplazarse para oírlo. Después, dice Manuel, «lo multiplicaba». Era, en su expresión, un enamorado del flamenco.

Pero la historia de Selma es también la de otro El Puerto. El de una calle Santa Clara que recuerda llena de cantaores, bailaores y familias vinculadas al flamenco. Cuando le preguntan si la ciudad conserva hoy aquella intensidad, responde con una frase sencilla y dura: "Menos ahora porque han muerto muchos".

No significa para él que El Puerto haya perdido su identidad. Al contrario. Reivindica sus cantes, sus formas y ese toque particular que diferencia a una tierra de otra. "El Puerto era muy flamenco", recuerda antes de afirmar que continúa siéndolo.

Manuel ya no acompaña profesionalmente a artistas. Quedan las reuniones, las fiestas particulares y los recuerdos. Pero después de toda una vida entre hostelería y compás, hay algo que permanece intacto.

Se lo pregunto directamente: "¿Todavía estás enganchado?". "Sí". Y probablemente ahí esté toda la historia.