
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Hace apenas unos días pude disfrutar de dos estrenos que considero buenos o muy buenos, películas que conmueven y dejan un poso intenso dentro del espectador.
Me refiero a: Los miserables. El origen (2025), de E: Besnard; y Sorry, Baby (2025), de E. Victor.
LOS MISERABLES. EL ORIGEN (2025). Esta película versa sobre la conocida novela de Victor Hugo, “Los miserables”, es una versión reducida, pues el guionista y director Éric Besnard sólo se ocupa de la primera parte, del origen del expresidiario Jean Valjean.
Cuenta su peripecia desde que sale de la prisión en 1815 (lo que antecede, su arresto y los años de cárcel se cuentan en «flashbacks» muy bien traídos y compuestos) lleno de resentimiento y odio al mundo, hasta su encuentro con el obispo Myriel.
Tiempo en que es rechazado por la sociedad, y de cómo, por azar llega a una casa donde conoce al consagrado Myriel y sus allegados, por cuya experiencia el personaje acaba reevaluando y corrigiendo su trayectoria. Un recorrido que gira en torno a la reparación y la elección de una nueva identidad.
Jean Valjean (Gadebois) acaba de cumplir su condena en un penal, diecinueve años de trabajos forzados por robar un pan para su hermana y sobrinos, la cual injusticia hace mella en él que acaba enemistado con sus congéneres. Vemos a Jean vagabundeando, hambriento, con frío y la hostilidad del entorno.

La gente se aparta a su paso, hasta que encuentra una iglesia en la que viven el llamado monseñor Bienvenu, Obispo de Digne (el cura Myriel), su hermana Magloire y su criada Baptistine (meritorias las interpretaciones de Isabelle Carré y Alexandra Lamy).
Este antiguo obispo, ahora padre Myriel, su hermana y criada, le hacen abrir los ojos a Valjean, con su actitud solidaria, de acogida y su enorme capacidad para aceptar a los más pobres y vulnerables de la sociedad, sin preguntar y sin tener en cuenta sus antecedentes.
Poco a poco, el expresidiario irá quedando perplejo y transformado e irá alimentando su decisión de rechazar el odio y la maldad que habita en su corazón tras su estancia en la cárcel. Un recorrido de reparación e indulgencia. Un radical cambio para esa persona iracunda y vengativa.
El Valjean de Éric Besnard
La versión de Besnard se centra en los dos primeros libros de la novela de Victor Hugo que, como es sabido, consta de cinco volúmenes. En el filme se adaptan dos: el primero, «Un justo» (que narra la vida del Obispo Myriel); y el segundo, «La caída» (que narra la llegada de Jean Valjean a Digne tras salir de prisión y su encuentro con el obispo).
Trata el momento en que un hombre destrozado decide renacer. El Valjean de esta obra es una persona herida en lo más profundo, con hondas cicatrices que sangran sin parar, al que el actor Grégory Gadebois retrata como un gigante desesperanzado, sin fe en los hombres.

Un enfoque intimista
La película alzaprima un enfoque íntimo, centrado en la redención, la vivencia de exclusión social y la posibilidad del perdón, lo cual toca de lleno la herencia de la obra de Hugo.
Aprovecha la fuerza psicológica del protagonista y lo enfrenta a la bondad alumbradora de ese a quien llaman monseñor Bienvenu (magnífico, variado y verosímil Bernard Campan; una actuación sensacional).
La relación entre el callado Valjean y el convincente y humilde sacerdote —antiguo obispo que aceptó la pobreza como modo de vida— conforma la espina dorsal de un argumento cargado de silencios y frases arrolladoras, lanzadas sobre la conciencia del espectador.
En uno de los diálogos, Myriel le hace una confidencia lúcida y profunda a Valjean: «Los hombres son madres y no lo saben». Breve alocución que encierra el misterio de un Dios amor, de un Dios que ampara cual madre.
Esa certeza se abrirá en su espíritu cuando, ya acercándose al final la cinta, Valjean tiene un sentimiento de compasión hacia un pobre niño deshollinador al que le ha hurtado una pequeña moneda y que, tras irse el muchacho, Valjean, caído del caballo, lo busca desesperadamente para devolverle la moneda, sin encontrarlo; entonces, mirando al cielo llora. Esa la lágrima de compasión es también llanto de conversión, cuando Valjean ha encontrado su dimensión amorosa de madre.

La magnífica fotografía de Laurent Dailland, dominada por la «grisalla mineral» traduce la dureza del mundo del personaje dominado por la injusticia y los miedos, lo cual parece incrustado en la roca de un Valjean torturado por sus recuerdos de presidiario sometido a un cruel trato.
Podemos ver en los personajes la imagen de un ambiente que cubre la historia con un manto casi físico, atmosférico, que se respira, que convence e impresiona: aislamiento, la soledad protagonista, panorámicas extensas de valles y montañas, y una silueta pesada que avanza por un paisaje nevado que lo aplasta, Valjean con una carga moral fatal, sin un destino a seguir.
En lugar de simplificar o modernizar en exceso, Besnard prefiere dejar entrever la música de la prosa original (sugerentes notas de Cristophe Julien), confiando a sus imágenes la misión de encarnarla, eso más que de reinventarla.
Da la impresión de un relato que avanza con seriedad y respeto. Todo lo cual deviene una película conmovedora, en la que la gestualidad rocosa y desafiante de Grégory Gadebois conforma el elemento más contundente de un filme esplendente, aleccionador e incluso necesario.
El tono es predominantemente dramático, centrado en dilemas morales. Es una obra que gustará especialmente al espectador interesado en las adaptaciones literarias, los retratos de personajes y basada en una reconstrucción histórica. Con temas como el perdón, la injusticia social y la transformación personal.

Cerrando-concluyendo
Resulta interesante imaginar cómo serían Los miserables de Victor Hugo en la época actual. Tal vez ese humanismo enraizado en las ideas de la Ilustración pudiera plantar cara a los principios del neoliberalismo salvaje y a las actitudes discriminatorias de la extrema derecha o extrema izquierda, ambas tan solemnes como tremebundas.
Bien planificada y fiel al texto, bien interpretada (excelente Gadebois que hace un Jean Valjean físico que transmite su caudal de rencor y rabia), estamos ante una película que se ve con interés y que tal vez oculte la pretensión de su director de continuar la historia donde la deja aquí y contar, en otra entrega, los sucesivos episodios de la novela, plan miniserie lustrosa para el cine.
Revista Encadenados
SORRY, BABY (2025). Una joven pasa por un momento en su vida marcado por una experiencia límite fatídica que ha trastornado su relación con el mundo y consigo misma. La película no es fácil, pues ofrece una narración fragmentada que sigue el día a día de una mujer, sus silencios y sus problemas para recomponer los vínculos personales.
Esta es una de esas películas que crecen dentro del espectador con el transcurso del tiempo, es la ópera prima de su directora, guionista y protagonista Eva Victor y aborda con dolor y pinceladas de humor e inteligencia, el trauma de la violencia sexual.
Habla también de la verdadera amistad femenina con su amiga Lydie (interpretada por Naomi Ackie con brillantez), la soledad frente al deseo y sus contradicciones o el rechazo de la protagonista la punición, temas centrales, que construyen un retrato íntimo y contenido sobre la fragilidad, la memoria y la resiliencia.
Es una comedia dramática inscrita en el subgénero de cine de campus universitario, lugar extraño para llevar críticas, pues la Universidad es un espacio donde, supuestamente, más y mejor se cultiva la ciencia y la cultura; pero así lo ha decidido Victor.

Estamos en la costa Este, Massachusetts, entorno geográfico donde transcurre el dramático hecho de una violación o agresión sexual, que podría ser un retrato del modus operandi y vivendi de esas universidades, que forman pequeñas comunidades, con sujetos no siempre encomiables.
La trama personal de Inés ocurre cuando está haciendo su doctorado. Los hechos suceden con su tutor de Tesis, el profesor cuarentón Preston Decker (Louis Cancelmi), lo cual enlaza con otros elementos complicados y complementarios: amistades buenas y malas, envidia, etc.
Vemos una primera cita de Inés en el despacho de Preston, pero el profesor tiene que marcharse precipitadamente. Posteriormente, Inés accede a ir a su casa en el campus. La secuencia de esa visita consiste en un plano general desde fuera enfocando la fachada. Inés es recibida y entra. El espectador no. Plano sostenido del frontal de la casa y el tiempo pasa porque la luz cambia. Se encienden las luces y el plano se mantiene inalterable.
Finalmente, Inés abandona la casa, el profesor la despide. El típico profe inmoral que aprovecha su posición para abusar de la alumna. El rostro serio de la muchacha y los ademanes rígidos dejan entrever lo que ha sucedido. Finalmente, le cuenta a Lydie lo ocurrido. Inés quedará definitivamente tocada por la experiencia.

Eva Víctor encarna a Inés, una joven y brillante estudiante de literatura, que destaca sobre el resto de los compañeros de promoción. Su tesis es alabada por su tutor y encumbrada por los miembros del departamento, en el cual entrará al poco como profesora titular (La novela del siglo XX será su tema de tesis).
Sus relaciones se entablan con un grupo pequeño de amigos y compañeros, sobre todo con Lydie, una joven afroamericana con la que comparte vivienda. Sobre este grupo se sustenta la historia.
Y en esta aparente paz Víctor inoculará el virus de la insidia, de la discordia, cuando la historia desentrañe el malestar que Inés gradualmente exhibe a través de gestos, ademanes y al final, con palabras.
Pero Inés, con su talante e inteligencia sabrá aguantar el chaparrón y sacar el cuello de mujer silenciosamente ultrajada por un profe progre, lo cual que acabará ocupando incluso el puesto docente y el propio despacho de su agresor.

Por suerte, Inés consigue entablar una relación con Gavin (bien Lucas Edge), un joven vecino con quien inicia una relación, afectiva y sexual. Una relación que ella no contempla seriamente.
En la parte última, hay una nueva visita de Lydie acompañada de su pareja Fran y de su bebé. El matrimonio de Lydie es homosexual. En una de esas Inés queda al cuidado de la beba, momento en el que hace un discurso advirtiendo a la pequeña sobre las cosas terribles que pueden acechar en el futuro que, como mujer, ya porta una cruz que deberá llevar el resto de su vida.
Finalmente, vemos a Inés dando una clase a sus alumnos universitarios. Un joven cuestiona la conveniencia moral del libro que están leyendo en voz alta que es Lolita, de Nabokov. Inés despacha la objeción de su alumno: hay que apreciar la forma, la belleza de la expresión, no otras cuestiones.
Es una buena película en la cual algo terrible le pasa a la protagonista. Pero la vida continúa. Una vida grande, maravillosa, divertida, horrible, extraña, triste y grandiosa se extiende a sus pies. Entonces agradecemos a Eva Víctor que nos haya contado precisamente eso. Nada más y nada menos.












