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Hoy hablo de dos películas frenéticas, rabiosas y muy interesantes. Cargada de crítica social la primera y de política africana la segunda.

Me refiero a: No esperes demasiado del fin del mundo (2023), de R. Jude; y Banda sonora para un golpe de estado (2024), de J. Grimonprez.

 

NO ESPERES DEMASIADO DEL FIN DEL MUNDO (2023). Plagada de crítica social y sobre la falta de humanidad, es una cinta apabullante, explosiva, abierta e intensa, un collage de comedia negra y ensayo locuaz, con citas literarias, chistes y comentarios cinéfilos.

Comedia negra que cabalga hacia una sátira apocalíptica. Habla de la futilidad de las cosas, del mundo, de nuestra existencia, de nuestra pompa y egos inflados. “Cuanto mayor es la oscuridad más fácil es ser una estrella. Todo es ilusión” (Jerzy Lec).

La ilusión la encarna la protagonista Angela (Ilinca Manolache), una asistente de producción encendida y salvaje, privada de sueño, que trabaja para una compañía de cine y video rumana en Bucarest. Conduce por una capital intransitable y por el resto del país, para buscar testimonios para un spot sobre seguridad laboral.

Tiene la película un ingenio áspero y unos modales descarados. El director rumano Radu Jude supera a su película ganadora en Berlín: "Un polvo desafortunado o polvo loco” (2021), en cuanto a desafío vivamente actual, delirante y en extremo escandaloso.

Radu Jude en la dirección y la confección del libreto, consigue una proeza de crítica social deslumbrante, especie de ataque desde todos los frentes al espíritu que preside estos tiempos, una obra traviesa sobre la artimaña del trabajo.

Película cruda y febril, manifiesto que expone la paradójica falacia multiproclamada de que uno debe trabajar para vivir, cuando lo que nos apunta Jude es que la despiadada rutina diaria empuja a la gente a la muerte.

Está dividida la cinta en dos capítulos desiguales, y llena de rebeldía e ideas provocadoras con enorme potencia intelectual.

Las frenéticas escapadas cotidianas de la heroica protagonista Angela, electrizante y genial Ilinca Manolache, que carga en gran medida con la película; se mezclan con escenas de la cinta de 1982, con elegancia o de forma disruptiva.

El resto del tiempo sólo vemos la estresada y agotadora existencia de la Angela joven, una mujer tatuada, con un trabajo ingrato como recadera para una productora local, a su vez contratada por una corporación austríaca para filmar una promoción de seguridad laboral.

En la granulada fotografía en blanco y negro de Marius Panduru, nuestra protagonista se levanta con los ojos vidriosos a una hora intempestiva y se tambalea desnuda por su dormitorio, que está lleno de botellas vacías y libros de Proust. Se prepara para otra jornada de 16 a 20 horas haciendo recados por Bucarest. Colabora en la temática del filme la música de Jura Ferina y Pavao Miholjevic.

Antes de subirse al coche en el que pasa la mayor parte del día, conocemos a Bobita, el odioso alter ego online de Angela. Este personaje satírico, inspirado en Andrew Tate, un americano machista, homófobo, misógino y antivacuna al que han expulsado de varias redes sociales.

Bobita surge cada vez que llega la inspiración, lo que suele deberse a que el agotamiento de Angela se manifiesta en una energía nerviosa que nunca parece decaer. Apenas disfrazada, calva, barbuda y con el ceño fruncido, Angela se filma a sí misma dictando un discurso de odio virulento, soez y ofensivo. Lo hace para expulsar las toxinas sexistas y racistas que la asedian.

La tarea de Angela es grabar entrevistas con trabajadores que resultaron heridos en el trabajo, para que los austriacos, representados por la distante Sra. Goethe (maravillosa Nina Hoss), puedan elegir un portavoz apropiado para su video. Tiene que tratar con una fría empresa cuya directora, la Hoss, no parece muy empática, pero sí práctica.

Los tales austriacos quieren hacer un vídeo persuadiendo a los trabajadores a llevar ropa y equipos de seguridad, vídeo que contenga el testimonio de una persona que ha quedado discapacitada en su actividad y que diga que se debió a que no llevaba casco, ropa segura, etc.

Cuando conduce por las calles congestionadas de Bucarest, Angela mastica chicle, bebe bebidas energéticas, escucha música a todo volumen y, aun así, apenas pueda evitar perder la conciencia al volante.

Continuamente quejas sobre la Rumania moderna: cómo se ha degradado su espacio público, la miseria de su obsesión que no cesa por líderes fuertes como el húngaro Viktor Orban.

El resultado es amargo, extraño, fragmentado, esperpéntico y, a menudo, extrañamente divertido. Es una película que gira libremente y se niega a adoptar un tono particular, no aclara lúcidamente cuál es realmente el punto central.

De drama contenido, sus 163 minutos no se hacen largos. Al contrario, la crítica social y al trabajo delirante tal y como se concibe en este tiempo, la hace rabiosamente actual en forma y fondo. El mensaje es que no trabajamos para vivir, vivimos para trabajar y la resonancia de una gran estupidez: lo que hacemos para subsistir es lo que nos enferma y acaba matándonos.

Más extenso en revista ENCADENADOS

 

BANDA SONORA PARA UN GOLPE DE ESTADO (2024). Película sobre historia y jazz: el eterno drama de Congo-Zaire-Congo.

El documentalista y director de esta cinta, el belga Johan Grimonprez, ha hecho una gran carrera interrogando la historia, siempre en aras a aproximarse a la verdad en medio del desconcierto y la confusión que provoca el tiempo, las preconcepciones y el propio ser humano.

Para este trabajo, nuestro director usa un efecto vertiginoso que combina películas caseras, material de archivo, documentos desclasificados, testimonios de agentes secretos, discursos de Lumumba (recuperados). Todo a un ritmo trufado de rumba, jazz y acontecimientos, los más, muy dramáticos. Sensacional fotografía Jonathan Wannyn,

La obra acierta a introducir la música y la descolonización, que es de lo que va en lo puntual, en una especie de montaña rusa histórica donde se reescribe el capítulo de la Guerra Fría como marco macro.

El momento en que el jazz americano y la política africana chocaron en la conciencia cuando en 1961 la cantante Abbey Lincoln y el baterista Max Roach irrumpieron en la ONU para protestar por el asesinato de Lumumba, muerto a mano de los intereses de belgas y americanos.

Un apasionante documento

El eje vertebrador de las conmovedoras y sincopadas dos horas y media es la maquinación internacional (incluida la CIA) para derrocar primero y asesinar poco después a Lumumba.

Está por medio el acercamiento de éste al bloque soviético y a otros gobiernos africanos que estaban contra la presencia europea y estadounidense, tal el caso del líder egipcio Gamal Abdel Nasser o del presidente cubano Fidel Castro.

Fue la coartada para un intervencionismo que incluyó la contratación de centenares de mercenarios, el apoyo al gobierno títere de Joseph Kasa-Vubu y al coronel Joseph-Désiré Mobutu, luego el dictador de la República del Zaire (hoy República Democrática del Congo).

Lo atractivo este documento es el penetrante uso de la música, artistas de jazz como “embajadores” en África, la figura de Louis Armstrong, las actuaciones de Dizzy Gillespie, Nina Simone, Miriam Makeba, John Coltrane, Duke Ellington, Miles Davis, Eric Dolphy, Charles Mingus y Ornette Coleman, además de la participación directa de Abbey Lincoln y Max Roach en las protestas contra el magnicidio.

Muchos dirigentes

Este vibrante ensayo cinematográfico quiere sacar a la luz las intrigas coloniales en el Congo de 1960. Personajes como «Ike» Eisenhower (presidente USA 1953-1961); Nikita Khrushchev, extravagante dirigente de la URSS de 1965-1961; Gamal Abdel Nasser, panarabista y presidente de Egipto de 1954 a 1970; o Balduino de Bélgica, rey de ese país colonialista desde 1951 a 1993, especie de rey santito (casó con la aristócrata española Fabiola).

Y tantos otros personajes que salen en esta cinta: Jawaharlal Nehru (independencia India), Josip B. Tito (artífice la ex-Yugoeslavia), Maurice Harold Macmillan (Primer Ministro GB), Sékou-Touré (Presidente de Guinea), Mao Zedong (China), Sukarno (Presidente de Indonesia), Fidel Castro (Presidente de Cuba) o Malcolm X orador, ministro religioso y activista estadounidense.

El XV período de sesiones de la Asamblea de Naciones Unidas. La Cumbre de Bandung en Harlem, en el Hotel Theresa, con Castro incluido.

La pujante fuerza afroasiática, el poder hegemónico de Bélgica como perversa colonizadora de Congo, EE. UU. con Eisenhower versus Khrushchev dando puñetazos y zapatazos sobre su lugar en la asamblea de la ONU, cada cual con sus intereses concretos.

En estas caóticas sesiones había tensión, gritos, aplausos y pataleos, hasta concluir con una declaración que, se suponía, iba a ser histórica y que luego quedaría en agua de borrajas.

Lumumba: qué pasa en el Congo

En 1960, se produce la admisión de 16 países africanos independizados en la ONU, momento en que la Guerra Fría encontró un nuevo campo de batalla. Un foco principal fue la República Democrática del Congo, de importancia estratégica por sus ricos recursos naturales (uranio y otros).

El nuevo Primer Ministro Patrice Lumumba fue un dirigente independiente pero firme, aguerrido y contra los occidentales que querían expoliar las riquezas de su país. El documental confirma que Lumumba tuvo que ser sacado del país por su asesora, Madame Andrée Blouin, con la música de Marie Daulne.

Lumumba sería asesinado en Katanga, a unos 120 km de las ricas minas de Shinkolobwe (radio y uranio), con la complicidad del gobierno belga y de la administración USA.

Recuerdo en este punto una irreverente canción que se popularizó en España y que se cantaba por la radio en la que se decía: «Lumumba, Katanga, / Katanga Lumumba, / ¿qué pasa en el Congo? / Que blanco que pillan / lo hacen mondongo». Con el tiempo conocí a varias personas que vivieron aquel horror en primera persona.

El Discurso de los 7 minutos que le Costó la vida a Patrice Lumumba:

Jazz y sangre

Como parte de la campaña estadounidense para consolidar su influencia en África por encima de la URSS, los embajadores negros del jazz actuaron en varios países africanos y se ganaron los corazones de la gente, sin saber que la CIA los estaba utilizando como distracción.

Además, los músicos, negros, tienen que enfrentarse a la cuestión, muy difícil para ellos, de que el país al que representan sigue estando racialmente segregado.

El uso de la música es crucial para el éxito de la película: los frenéticos ritmos de jazz dan forma al montaje y los saltos libres entre temas e ideas. La historia política nunca me ha parecido tan energizante y dinámica como aquí.

Con motivo del sonado asesinato de Lumumba, a Grimonprez no le tiembla el pulso y explora el papel de su país natal, del gobierno belga y de la administración Eisenhower, en el asesinato de Lumumba.

Hábilmente nos presenta el contexto más amplio con la música de leyendas del jazz como Armstrong, Nina Simone y Gillespie, utilizados para ocultar la interferencia de la CIA en África. «El arma de los Estados Unidos era una nota de blues en tono menor», se leía en un artículo del New York Times de mediados de los ’50.

Es una película notable: exhaustiva, informativa y rigurosamente investigada, pero también chispeante de energía, ideas y audacia formal. Collage de imágenes, jazz y citas históricas sobre el sueño de un continente africano libre del expolio extranjeros.

Por acabar

Muchos años después las cosas siguen siendo terribles en esa parte del mundo. El colonialismo nunca desapareció por completo y varias superpotencias continúan trabajando para mantener ese horrible statu quo.

Hay aspectos y variables históricas como el encuentro entre Fidel Castro y Malcolm X, las maniobras de Kruschev, la descolonización y el orgullo africano, las masacres perpetradas con el apoyo de las grandes potencias y la tremenda situación en el Congo que es como la historia interminable, lo que hace de esta película un impactante documental de nuestro tiempo.

Para terminar, recuerdo aquí una película interesante, de este período histórico: Hammarskjöld. Lucha por la paz (2024),

porque también murieron hombres blancos relevantes y de buen juicio, como Dag Hammarskjöld, Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas entre 1953 y 1961 (Premio Nobel de la Paz).

Así eran las cosas. No veo que hayan cambiado sustancialmente.