Un bosón divino

Traza del bosón de Higgs.

COPÉRNICO.- Para los que somos novatos en Física los conceptos y el lenguaje que se usan en esta ciencia constituyen un gran enigma. ¿Se han convertido los físicos en charlatanes? ¿Lo han sido siempre? El desconcierto que nos proporciona nuestra ignorancia no debería inducirnos a especificar como entelequia lo que estos científicos elucubran: puesto que estos señores han elaborado el fundamento teórico de la bomba nuclear o de las tecnologías que curan muchas formas de cáncer, es preciso tomar muy en serio cuanto hacen.

Ahora nos vienen con el cuento del bosón de Peter Higgs, partícula subatómica cuya existencia ya fue predicha en 1964 mediante cálculos matemáticos y que tras las investigaciones efectuadas por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) ha adquirido recientemente el status de la existencia real, si bien su presencia en este mundo es sumamente breve: más o menos una bimillonésima de segundo. No vayan ustedes a preguntarme cómo se las han aviado los físicos para detectar un suceso tan fugaz, ni esperen que ellos mismos lo aclaren con un lenguaje llano porque si bien son superdotados en su especialidad no lo son tanto a la hora de explicarnos lo que hacen. Uno de ellos ha llegado a decir que este bosón es el fundamento de nuestra existencia; otro, que se trata de la partícula divina que faltaba para aclarar el rompecabezas de la materia; un tercero, que estamos ante un hito histórico…aunque,-¡que decepcionante!-, esto solo es el principio. Sin duda exageran; si de tal modo se expresan no deberían esperar que les entendamos aunque, como digo, es aconsejable respetarlos porque han demostrado que tienen el poder de modificar el mundo e incluso de destruirlo.

Hubo un tiempo afortunado en el que la naturaleza de la materia era teorizada con el grato expediente de que estaba formada por átomos que, como el mismo nombre indica, eran entidades indivisibles. Era la visión, novedosa en su tiempo, de Demócrito de Abdera. Ya en el siglo XX, el modelo atómico de Ernest Rutherford se hacía cargo de que el átomo tenía mundo interior y proponía un esquema planetario con un núcleo compacto a modo de Sol y unos electrones en órbita ejerciendo de planetas. Era una teoría elegante, pero resultó ser efímera: no fue necesario cambiar de siglo para que el Modelo Estandar de Física de Partículas describiera un nutrido catálogo de partículas subatómicas bautizadas con nombres extravagantes (neutrinos, positrones, quarks, etc.) que complicaron la vida a los estudiantes de Física e incluso de los propios físicos consagrados, uno de los cuales llegó a afirmar que si hubiera sospechado tal complejidad se hubiera hecho tendero.

Parece ser que para el Modelo Estándar el bosón de Higgs, con su inconcebible fugacidad, es una pieza clave. Millonarias inversiones, túneles kilométricos para cobijar el tránsito de subpartículas, cientos de científicos seleccionados entre la élite, décadas de espera: todo conspira para que tengamos fe en la consistencia de este bosón y, en definitiva, en un modelo teórico que, ilustrado en colorines, sería hoy en día contemplado con gran regocijo por el primer filósofo atomista: Demócrito “el risueño”.

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