Un fino manto de agua deslució la entrada en el templo del Señor del Puerto

En el templo.

En el templo.

EL PUERTO.- Tras un Jueves Santo con leves lloviznas y bajas temperaturas, una intensa Madrugá se abría paso a las seis de la mañana con cielos nublados y cierta probabilidad de lluvia.

Los hermanos del Nazareno se echaron a la calle combatiendo con sus capas el frío de la madrugada, aletargados con el silencio de su Hermandad en esa primera parte de la jornada. Un silencio que aquí tenemos muy asimilado, y que casi es una tradición cuando las bandas se incorporan en el muelle, pero que sigue siendo difícil de digerir el porqué de hacerlo así.

El Señor brillaba con luz propia, pues quién se detuviera a mirar de frente su llegada, no podía calificarlo por menos de impresionante. El Señor portaba sus nuevas potencias y una túnica donada por un hermano, así como el paso lucía el frontal completo dorado y los bordados del faldón, diseño de David Calleja. Diez años después del estreno del nuevo paso, se ve al fin lo que será el imponente paso del Señor.

Tras Él, la tradicional estampa de María Santísima de los Dolores, que nos traslada a principios del siglo XX con su palio de cortas caídas. Aunque resulta evocador, quizás fuera el momento de presentar un diseño de palio nuevo a la altura de la Hermandad, y de las andas del Señor.

Ella, radiante, de nuevo gracias a las manos de Calleja, que está haciendo maravillas con los Titulares de esta Hermandad. Aunque lo del Señor es de otro nivel: su penitencia, los tramos repletos, sus cuadrillas de costaleros… Cuando se es la devoción de la ciudad, se nota. El Señor del Puerto volvió a visitar a la plaza de donde partieran las Galeras Reales, la que bañada de plata llama a sus costaleros en cada chicotá.

Al monumento de los pescadores, y a toda la ribera del río, a la que bendice y de la que es patrón desde tiempos inmemoriales, y por eso ciñe su cintura la medalla de oro de la ciudad. La Señora, por ser su madre, va iluminada por candelabros de cola de cuyos brazos cuelgan anclas, que llevan grabadas los nombres de los marineros que donaron estos enseres. Es un detalle que pasa desapercibido, pero que ha de ser resaltado, pues son los que hacen grande nuestra Semana Mayor. Cuando todo parecía consumado, cuando los cuerpos echaban los restos, el Viernes Santo hizo de las suyas: empezó a llover.

Un golpe de agua que fastidio un momento tan esperado por todos como es la recogida de esta Hermandad. Minutos antes, pocos metros, así son los caprichos del clima. Nadie lo esperaba, y es por ello que solo queda resignarse y dar a Dios gracias por haber permitido la Estación de Penitencia, ya con los pasos frente a la Patrona y tras las oraciones del Director Espiritual.

Y así, con largo caminar pero lento en su andar, como si la cruz no quisiera llegar, el Nazareno bendijo un año más las calles del Puerto, acordándose de todos y cada uno de los que no pudo visitar la Madrugá anterior. Jesús ha llegado a la Cruz, al Gólgota, y El Puerto entero lo sigue para ver como en la tarde del Viernes Santo, será clavado con María a la Vera de la Cruz, y luego sepultado en su mayor Soledad.

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Adelante Royal

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