A pesar del ‘chirimiri’, el Jueves Santo se cubrió de Humildad y Paciencia

Jueves Santo. / Poppy Garduño.

Jueves Santo. / Poppy Garduño.

EL PUERTO.- A las cinco de la tarde se abrían las puertas del Convento de las Comendadoras del Espíritu Santo para poner en la calle, un año más, a la Hermandad de la Humildad. Aunque suene a tópico, siempre hemos vivido en este Puerto los Jueves Santo mirando al cielo, y este no podía ser menos. En esa esquinita de la ribera, el levante no faltaba a su cita con la Hermandad. El raso de los nazarenos aleteaba mientras un nutrido tramo del Señor hacía sus primeros metros de Penitencia. Tiñendo de morado y blanco la tarde del Jueves Santo, daban paso al Señor Humilde. De nuevo usando las ruedas para sortear el dintel de la puerta, se realizaba la maniobra de salida harto complicada y con el clamor de los allí presentes, que no entienden que los de debajo jamás dejarán que se caiga su Cristo.

La Agrupación de la Humildad pone los sones a su Señor, por el que trabajan y ensayan todo el año. Este es su gran día. Una banda a la que los portuenses debemos reconocer su tesón y sus logros, pues llevan el nombre de nuestra ciudad por multitud de rincones de nuestra geografía gaditana durante la Semana Mayor. El paso de palio de Nuestra Señora del Desconsuelo tenía dos grandes estrenos: el de sus candelabros de cola, obra de Manuel de los Ríos de Orfebrería Andaluza, y de nuevo comandando el paso, José Cristo. Horarios cumplidos rigurosamente, y un misterio al que le vuelven los cambios, aunque sutiles, pero para mi gusto acertado, porque el libro de los gustos está en blanco, y a mí el verlo me recordó a mi niñez. Aunque se siguen echando de menos las plumas blancas de los romanos tras el Señor, que esperamos poder ver la próxima Semana Santa ya restaurados, completando el conjunto escultórico de Castillo Lastrucci que es, prácticamente, idéntico al de las Penas de Triana.

Y volviendo al principio, los Jueves Santo no son Jueves Santo si no miramos al cielo, y así fue, pues por Placilla comenzaba a caer el tradicional “chirimiri”, desplegándose el escuadrón de paraguas que recordaba a la noche anterior (señores, que sólo es agua). Pero la Hermandad, sin dejar de perder la elegancia y el control de la situación, no alteró en ningún momento su caminar. Parece que vamos aprendiendo.

Y así se cerraba un nuevo Jueves Santo, cuando María del Desconsuelo, que iba radiante en su palio gracias a las manos de Calleja, y mejor iluminado que nunca, se despedía de su Puerto hasta el año siguiente, y detrás de esas puertas un año más, el sueño conjunto era vivirlo de nuevo en la Aurora. La Hermandad tiene un proyecto interesante, encomiable, así que, recemos a la Virgen por ello.

Que así sea.

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Royal

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