“Semana Santa. Fe y fiesta. Ser cristiana y mujer”

El Nazareno a su paso por la Pescadería en la Madrugá portuense del 2015. Foto: P.P.M.

El Nazareno a su paso por la Pescadería en la Madrugá portuense del 2015. Foto: P.P.M.

Juan Bta. Poquet Grimalt (Tribuna libre).-  Compleja mezcla. ¿Cómo lo celebraba en mi juventud? ¿Qué significaba para mí?

Desde la adolescencia pertenecí como hermano cofrade a la hermandad de Jesús Nazareno. La hermandad del Silencio como se la conocía. Para mí era muy significativa la imagen, la presencia, lo que transmitía Jesús Nazareno de El Puerto.

Yo andaba buscando a un Jesús de Nazaret cercano a los que sufren, defensor de los pobres y débiles, defensor de las mujeres. El nunca apartó a una mujer, El nunca relegó a una mujer, El valoraba y se rodeaba de mujeres. Su madre, María mujer sencilla  y humilde, siempre estuvo a su lado.

María, madre de Jesús fue su primera seguidora y discípula. María Magdalena, discípula y seguidora hasta la  Cruz de Jesús. Maltratada y vilipendiada por la Iglesia de los primeros siglos.  ¿Por qué la llamaron prostituta? ¿Por qué querían apartarla como seguidora de Jesús?  Pues para señalar cual era y debía ser el sitio de la mujer en la Iglesia. En segunda fila, yo diría en cuarta o en la última fila. Tremendo error  que todavía dura y se mantiene en la Iglesia. Cristianas de segunda.

Cuando  yo salía en el Nazareno, no salían mujeres. No existían mujeres cofrades. La mujer estaba para limpiar, alguna privilegiada, (de familia acomodada) vestía a María la Virgen. Las demás a mantener las  flores… y al procesionar, iban, cientos de mujeres detrás del paso de Jesús.

Hablo de la hermandad a la que pertenecía, esto se daba igual en todas las  hermandades. El papel de la mujer relegado a un segundo plano. Insisto que hablo que hablo de mi experiencia en los años 60-70.

El Nazareno salía en un silencio estremecedor. Silencio y respeto acompañados  de una fe y recogimiento que te ponían los vellos de punta. Los pasos los llevaban costaleros que recibían un sueldo, no eran como después serían hermanos cofrades. Recuerdo a un capataz, Luis Gatica. Recuerdo las saetas que rompían la noche de cualquier rincón de las calles portuenses del gran y querido “Paco el azotea”.

Termino estos recuerdos reivindicando el papel importante, necesario y en el lugar merecido de la mujer en la Iglesia. La mujer en las hermandades. La mujer en su esencia.

Y oído que El Nazareno quieren que salga con música desde el inicio de su recorrido, NO, no perdamos la identidad.

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