“Las Niñas de Cádiz dotan de trascendencia a Lysístrata”

La obra.

La obra.

EL PUERTO.- Con independencia del resultado que determine la experiencia, las cosas del amor no dependen, a Dios gracias, de un agudo sentido práctico ajustado a la realidad.

Eso de creer que la razón de todo se fundamenta en la economía (“todo depende de la riqueza”, le dice Crémilo al dios Pluto en la comedia del mismo nombre) y que puede servir para entender la Grecia decadente de Aristófenes, nos obliga a considerar el amor como una mera utilidad sexual, acaso con más fin de goce que reproductivo, cuando no como una herramienta política de uso exclusivo para Lysístrata, la protagonista de la comedia que comentamos, escrita como Pluto por Aristófanes.

Y claro, el agudo sentido práctico en comedia adolece – lo que es inevitable para los parámetros morales del 411 a.C – de trascendencia, a la que no fue muy aficionado de hecho Aristófanes, que registró ya algún endiosamiento en Sócrates, y no sin razón, según dejó secuela éste en Platón, y “el divino” a su vez en San Agustín, y trascendentes los tres. El resultado de esta carencia, digamos que trascendental, es un retrato muy al desnudo, y sea entendido en literal, de los hábitos de un pueblo, alegre y vitalista, centrado sólo en la realidad más inmediata y fisiológica, sin detrimento alguno de lo grotesco, que constituía su pilar de diversión.

Ahora bien, “Las Niñas de Cádiz”: Alejandra, Teresa, Rocío y Ana, han sabido incorporar lo nuestro, nuestra más entrañada tradición cultural, que no es sólo grecolatina, a esta comedia de embrutecida sensatez materialista, que adolece de trascendencia. Y lo han hecho desde nuestro habla, cómo no, desde sus coplas rimadas y sentidas. Sentimos la lucha ahí y su coraje; pero es una lucha por la paz, y eso hace una guerra larga, una guerra más dulce, porque es de mujer.

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