“El mirador”

Parque Metropolitano Marismas de los Toruños y Pinar de la Algaida.

Parque Metropolitano Marismas de los Toruños y Pinar de la Algaida.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).-  Las largas tardes de verano, en ciudades como El Puerto, permiten apurar las luces que van cayendo lentamente.

Como ocurre con la mayoría de las cosas que tenemos, con las buenas cosas que tenemos, porque las malas son recordadas a diario, fue de la mano de un extraño a estas tierras que tras un paseo por la playa, decidimos acercarnos al último mirador de Los Toruños, aun quedaban horas de luz, y los casi tres kilómetros de pista estaban refrescados por el sol que ya comenzaba a bañarse en la bahía.

Para muchos, la incomunicación de la zona es un problema, la falta de asistencia en formas de bares otras, y la fauna y flora del entorno apenas se conciben, a no ser que se encuadre como cosa de gente rara. Sin embargo, el pasear sin el murmullo de los coches, con una banda sonara en clave de vientos y trinos, invitan a caminar, paso a paso, sin prisa, avanzando hasta dar con la pasarela.

La imagen, aun cuajada de luz cargada de pinos y mar ofrecen a quien no es de aquí una de las más bellas imágenes de una ciudad que para muchos es el muerto de Santa María, para quienes no tienen porque amar esta tierra, son imágenes, enmarcadas en un espacio atemporal, que no tienen ni precio, ni igual.

Una tierra gobernada por esteros y salinas, una tierra en donde carecen de importancia las siglas, los intereses, los problemas, un tierra y un espacio en donde, de celebrarse un pleno, de seguro que brillaban las ideas.

Con las manos sobre la barandilla y tratando de coger todo el aire de los cielos, escuchando los aromas que no han cambiado en tres mil años, la esperanza retorna. Mi acompañante, con los brazos abiertos, me ofrecía una imagen, y se preguntaba en silencio como es que no había cientos de personas despidiendo al Sol que se marchaba.

Retornamos en silencio, y en un recodo salimos a la playa, una playa sin principio ni final, en donde solo la arena y el mar  y un cielo anaranjado nos llenaron por completo… la arena, las olas y la calidez de una puesta de sol nos dieron mil respuestas, nos hicieron ver que hay cosas que unen más que separan, cosas con tanto valor que ni la mano del hombre pueden destruir, cosas tan cercanas que las dejamos abandonas a su suerte, y aun así, siempre nos acogen.

Cuando ya los edificios nos devolvían a nuestra obra, volví la vista atrás, y al fondo, casi imperceptible, sentí la llamada del mirador que se enfrentaba al puente de la Pepa. Parados en seco, dejando que el sol se terminase de bañar, comprendí que aún hay esperanza.

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