La fragancia de la tristeza triunfa con “Todas las noches de un día”

"Todas las noches de un día".

“Todas las noches de un día”.

EL PUERTO.- En su manual para escritores con título “Mientras escribo”, dejó escrito Stephen King que le era imprescindible antes de escribir una novela averiguar qué buscaba en realidad con escribirla, y que si se saltaba alguna vez esta cuestión y comenzaba su escritura, al poco tenía que dejarlo, pues le parecía falto de sinceridad y como falso lo escrito.

Y es como si cada obra, resistiéndose a no ocupar más lugar que el que le corresponde, se las arreglara para transmitírselo al escritor, que sería tanto más escritor cuanto de mejor modo satisficiera el propósito de su obra. Pero, claro, la perfección tiene un precio.

En “Todas las noches de un día”, representada el pasado viernes 12 de mayo, en el Pedro Muñoz Seca con lleno y éxito absolutos, parece también su autor, Alberto Conejero, haber escuchado las necesidades de su obra de privar a sus enamorados –Silvia y Samuel– de pasión amorosa para ahondar mejor así en la riqueza del alma expuesta al sufrimiento de los traumas.

En efecto, para que el trauma aflore y perfume el vetusto invernadero alejado de la vulgaridad urbana en que flota el recuerdo de Silvia, para que se muestre mejor la contextura interna de la Flor de la Pasión en toda su excelsa humanidad, es preciso que la pasión erótica (que no es lo mismo que el deseo sexual) no sacuda a los amantes, los cuales, dice Silvia, interpretada con exquisita dulzura por Ana Torrent, “huimos de algo”, añadiendo luego estas reveladoras palabras de su imposibilidad de amar:

“Lo intenté. Quererte, poder quererte. Pero entonces, una y otra vez, una y otra vez, me llenaba de esa oscuridad”.

Y esa oscuridad de la que se llenaba Silvia no es otra que la tristeza. Y es la tristeza –se ha dicho– un pecado. Como pecado es también, vista tal vez como la expresión más dañina del sentimiento a cuyo arreglo aconsejan los religiosos que no vivamos, la pasión amorosa, siendo más bien lo contrario, la fuerza más natural que tienen los amantes de rescatarse entre sí de la tristeza, que –recordemos– sería pecado también. Y vamos así de pecado a pecado. Y ¿puede acaso el pecado rescatar al pecado?

Y hablando de rescate: ¿cuál es la razón de que Samuel, encarnado de modo paradójico por Carmelo Gómez, el otrora apasionado y viril sacerdote de Vetusta, y aquí sin embargo contenido y tímido jardinero (lo que no hace sino constatar la versatilidad de un Carmelo Gómez magistral y cautivador en esta obra), no rescate de su tristeza a Silvia, como si fuera aquella dulce Flor de Invernadero a la que cantaba Nino Bravo aquello tan apasionado de “No quiero que seas flor de invernadero. No quiero que mueras sin haber visto el cielo. Ven conmigo y vuela donde brilla más el sol…?

Pero, ¿cómo podría el pobre Samuel estando, como su amada Silvia, enfermo de tristeza también, “sacarla del jardín de invierno, de cristal, en que creció triste bajo un frío rayo de sol?” Y es que, si los feroces traumas psicológicos fueran vencidos por una pasión amorosa sublime, ¿seguiría siendo perfecta esta obra, dirigida con mágica ternura por Luis Luque?

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