Oleanna convence con su judicialización de la tragedia

'Oleanna'.

‘Oleanna’.

EL PUERTO.- No es posible negar que cuanto el señor Mamet nos propone en su Oleanna, representada esta noche en nuestro Muñoz Seca, con una veraz Natalia Sánchez, en el rol de universitaria que acude al despacho de su profesor (el siempre solvente Fernando Guillén Cuervo) para que le suba nota, no pueda darse hoy en alguna universidad del mundo.

Pero cuando los personajes son creados para servir al poder, como ya vimos con “Muñeca de porcelana”, queda poco espacio para el poder de la conciencia, que también lo tiene, y no pocas veces de bondad.

Los personajes manipulados por el poder no tienen vida, o por mejor decir, conciencia. Ya oscurece y hay quien, sin darse cuenta, realiza actividades de precisión sin encender la luz. Esto es porque lo que se ha hecho hasta el momento en la creciente sombra, si se expone a la potente luz de una bombilla, puede parecer imperfecto. Es algo, de hecho, que sólo tiene sentido en la oscuridad. Y el hombre no es así. No es sólo oscuridad. Demostrar oscuridades, corroborarlas, ponerlas ante un tribunal no es, por mucho que se revista de modernidad, lo propio de la tragedia. Lo es dotar a los personajes de conciencia propia, a que no aplaca siquiera la fuerza del destino. Oleanna se nos antoja la dramatización de un ensayo sobre el Poder en que los personajes parecen no estar sino para validar sus razonamientos. Les falta libertad propia. Les falta conciencia.

La conciencia, por otra parte, nos evita andar buscando testigos, algo muy común en las costumbres del antiguo pueblo hebreo. También estaba muy penado eso de hacer gestos a los demás (guiños, muecas, etc.)  para señalar las faltas del prójimo. En esta obra también los personajes, al tener la conciencia anulada por el empeño del autor por desenmascarar las manifestaciones perversas de poder, se pasan el tiempo tratando de demostrar las faltas del otro como si los observaran; y en el fondo es así: el público, nosotros, la sociedad, los observamos. Somos el testigo que ellos necesitan para ejecutar la ley en su provecho. Hay, pues, una necesidad de acusar ante los demás. El Tribunal son los otros. En cambio, la conciencia liberada se dice: ¿para qué voy a seguir alimentando las sombras? Mejor, comprender. Mejor, perdonar.

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