“Mirando al mar”

Llegada a El Puerto de Santa María tras surcar la Bahía de Cádiz.

Llegada a El Puerto de Santa María tras surcar la Bahía de Cádiz.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Subido a lo más alto de la torre, mirador que antaño divisara, galeras, galeones y horizontes, perdí la vista en pos de una bahía.

La imagen que ante mí se aparecía, reflejo de aquel puerto mariano y marinero, dejó que se perdiera la mirada, ahora sobre el mar de espumas blancas, mas luego sobre vides de esperanza, de verdes resplandores y orgullosas, del fino que, fundido con las olas, dejaban un olor incomparable a toda aquella costa ahora encantada.

Tras meses esperando visitarla, y siendo yo vecino de esta tierra, por fin pude entender al visitante, al cual no le importara qué costara, subir  a aquellas torres, que fueron tanto tiempo abandonadas.

Decían que por las noches, la vista iluminada, ofrece al visitante imagen de terrazas y tejados, reflejos de un pasado, esfuerzos de un presente, paseos inolvidables por sus calles, del barrio a la ribera, del pino hasta la playa, imágenes de un puerto mariano y marinero.

Seguí mirando al mar, y el tiempo se acababa, la torre mirador que antaño fue privada, por nadie visitada, ahora se ofrecía al visitante, sus elegantes hechuras, ahora restauradas, se abrían de par en par llenas de vida, sin fueros ni problemas, emblemas de este Puerto, enhiestas y señeras, mirando ahora al mar, ahora a la sierra, buscando la belleza allá donde ellas antes, buscaban la riqueza.

Bajé de la torre alegrándome de la nueva visión que tenía de mi ciudad, orgulloso al ver las caras de la pequeña cola de turistas que esperaban para disfrutar por unos instantes de aquello que yo disfrutaba cada día.

Naturalmente, el progreso y las alturas ocultaban y entorpecían algo de aquellas vistas, pero aun así, era un bonito espectáculo poder subir a aquellas torres que se repartían por el centro, ubicadas casi todas en enormes casas palacio convertidas ahora en hoteles con encanto, y que explotaban aquel tesoro más apreciado por el foráneo que por el vecino, la pena era que de las más de veinte que podía haber repartidas, algunas habían terminado echas escombros en los años en los que se prefería dejar caer los edificios en beneficio de la legalidad urbanística no regulada y pendiente de regulación para evitar la especulación, o deseosa de esperar a que alguien metiera la pata para denunciar el desmán del desalmado que pretendiera una restauración no regulada, pues más valía en aquellos tiempos viga en el suelo que puntal en el cielo…

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