“Un Puerto bajo la luna”

El Puerto de Santa María visto a orillas del río Guadalete en una foto nocturna.

El Puerto de Santa María visto a orillas del río Guadalete en una foto nocturna.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Aprovechando la tregua de las últimas lluvias, aprovechamos para pasear junto al río, el limpio ambiente que las aguas habían limpiado permitían pasear bajo unas incipientes palmeras.

La fuente de las galeras, tan limpia como siempre, se negaba a mirar hacia atrás, pues ya ninguna referencia tenía, y un muelle, huérfano, se dejaba acariciar por una marea que bajo la luz de la luna ocultaba aquel tremendo vacío. Aun así, las terrazas, llenas de gente disfrutaban de una agradable noche primaveral, acogedora como antaño, sin presiones, deseosa de una nueva Semana Santa.

Pasé junto al que fuera antiguo hospital, y en sus terrazas y balcones, las luces acariciaban su nueva vida que miraba a un río en donde se mecían, no ya su barco, pero sí otros barcos que se refugiaban y vivían. Fuimos buscando la ribera y llegamos al que fuera la antigua lonja, que nuevamente volvía a brillar con el museo del mar, en cuyo restaurante tomamos el primer vino, mientras contemplábamos las antiguas casas de cargadores convertidas en lujosos apartamentos, siempre llenos de quienes se vanagloriaban de pasar alguna noche en la que llegara a ser residencia de reyes, como anunciaban las cadenas de fachada.

Terminado el vino, disfrutamos del paseo por el nuevo parque en que se había convertido el aparcamiento, para sentarnos en la terraza del nuevo bar que ofrecía música en directo al arrullo de la dulce corriente del Guadalete. Detuvimos el paseo en ese punto para contemplar orgullosos la rica belleza de aquel río que daba vida a la ciudad desde antaño, río que viera galeras y galeones, río que viera partir barcos de pesca, río que lloró  a aquellos que no volverían. Una ribera que abrazaba a una ciudad tan marinera que se unía a sus campos en una perfecta armonía en la que, hasta el vino, necesitaba de los aromas marineros de sus aires para crecer y saber a mar.

Aspirando su reconfortante brisa comprendí porqué quienes aquí llegaban no querían marchar, porqué quien se asomaba a su cantil, y cerraba los ojos, veía con total claridad los sueños dorados del mar; y sin querer, y tan solo sin querer, me lamenté y entristecí por todos aquellos años en lo que tanta gente dejó de respirar aquella salada claridad que abría las mentes, las ideas y los sueños de su propia ciudad.

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