“Mientras la ciudad duerme”

La calle Larga de El Puerto de Santa María, vista desde otra perspectiva focal y en mejores tiempos.

La calle Larga de El Puerto de Santa María, vista desde otra perspectiva focal y en mejores tiempos.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Nos bajamos del tren y fuimos recorriendo la avenida que se nos abría frente a nosotros, a la derecha un enorme parque con verdes arboledas invitaban a pasear, y en el margen izquierdo, unos soportales albergaban varios negocios de hostelería, tiendas de ropa, cuyos escaparates, amparados al cobijo de las sombras, estaban atestados de los últimos viajeros que acababan de llegar a El Puerto.

Al fondo un hotel abría sus puertas, pero no era nuestro destino. Doblamos por Larga y saludamos al Corazón de Jesús, pasados unos metros el antiguo Palacio que albergara al Mariscal Víctor, era ahora un lujoso hotel sin nada que envidiar al cercano Hotel Monasterio, que acogía en aquellos momentos tres congresos de americanos que habían decidido combinar trabajo con ocio.

La calle Larga, arteria de la ciudad, se había convertido en la calle de los Hoteles, y albergaba al menos cinco, ocupando las del margen del Monasterio los mejores espacios, ya que casi todas las traseras se unían con cascos de bodegas que daban lugar a enormes espacios para congresos. Eso unido a la enorme afluencia de gentes daba a la calle el aspecto de una concurrida ciudad, cuyas casas solariegas, algunas como apartamentos turísticos y otras como enormes residencias, daban el aspecto elegante que siempre tuvo la calle.

Qué lejos quedan los tiempos de andamios, fachadas caídas, casas tiradas como dientes podridos en una enorme boca; tiempos en los que las putas recibían a los recién llegados a El Puerto; tiempos en los que la Bodega Sagrada Familia veía pudrirse sus enormes espacios destinados al comercio por culpa de la burocracia; y el edificio del viejo instituto ocupaba un espacio verde pintado en mil colores. Tiempos en los que los cascos de bodegas servían de cobijo a enganchados y ocupas, memoria inalterable de un pasado bodeguero que no necesitaba ni podía ocupar esos espacios, pero que como memoria histórica seguían cayéndose a pedazos y envileciendo unas calles necesitadas de luz.

Gracias a Dios todo había cambiado, al menos en mi mundo imaginario que se negaba a seguir viviendo en una ciudad dormida, una ciudad digna para soñar, para vivir, para invertir, para reír, dormir y amar, una ciudad que solo podría ser rescatada de su letargo por  algún soñador enamorado de ella y que no obedeciera ordenes de ningún gran dragón.

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