“La ventana de la media luna”

El Mercado de Abastos de la Concepción, en El Puerto, en una foto antigua de 'Gente del Puerto'.

El Mercado de Abastos de la Concepción, en El Puerto, en una foto antigua de ‘Gente del Puerto’.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Como cada sábado me senté con mi abuela en la única mesa circular que había en aquel bar que olía a años setenta, y cuya ventana en semicírculo siempre me fascinó. A través de ella, y protegidos en el seno de aquella media luna, veíamos pasar un sinfín de gente, el entorno no podía albergar a más personajes, y es que los mercados de abastos es lo que tienen.

Aquel edificio en forma de teatro romano albergaba todo un espectáculo, carnes, pescados, frutas, dos plantas de prosperidad en una España que comenzaba a respirar otros aires, pero siempre al amparo de un flamenco quehacer, y de un quehacer tan flamenco que hasta los guardias urbanos llevaban patillas a lo Nitri.

Desde mi refugio anclado en el tiempo notaba la prosperidad, y con el paso de los años, vi cómo se fue marchando gente; dejé de ir con mi abuela; dejé la ventana de la media luna, a la que miraba desde la barra, pues jamás, desde que no voy con ella, no he querido volver a ocupar. Entonces comencé a ocupar la que fue durante años el mejor puesto de frutas y desavío de todo el mercado, un mercado que seguía siendo como un teatro romano, un teatro que decidí volver a mirar una mañana desde mi ventana de la media luna, y en su reflejo vi el enorme edificio remozado, limpio.



En su piso superior estaba la zona de la fruta y un par de bares con sus terrazas. En los bajos, las tiendas de pescados y carnes, las de delicatesen y los bares no daban cuartel a quien entrase a curiosear.  Había al menos cinco bares en su interior, y la gente solía comprar los productos frescos para que se los hicieran en ellos, o  en alguno de los muchos que había en las inmediaciones. El mercado volvía a ser el centro de progreso que siempre fue, un lugar esencial para la vida de una ciudad que bajo la luz de la luna se me antojaba prospera.

Aspiré el aroma intentando recordar aquellos olores sesenteros, pero me topé con el olor del siglo XXI y decidí abrir los ojos, dejar de soñar y terminarme el café, al menos, a medio camino entre aquellos dos olores, el bar de la ventana de la media luna me dejaba soñar por unos instantes entre espejos y azulejos que me transportaban a otro tiempo, ni mejor ni peor, quizás menos complicado, quizás más permisivo, y en donde alguien podía abrir un negocio y vivir de ello con toda su familia.

Volví a echar la última mirada cuando me marchaba, y miré la ventana de la media luna desde el exterior, y sobre ella, el reflejo de la esquina del bello teatro a la espera de la próxima representación.

Comentarios

Debes registrarte para escribir un comentario Nombre