“Plaza Mayor”

Vista de la Plaza de España junto a la Basílica Menor, en El Puerto de Santa María.

Vista de la Plaza de España junto a la Basílica Menor, en El Puerto de Santa María.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu. “Amanece que no es poco”.

Joaquín García de Romeu (Tribuna libre).- Aun no siendo domingo, la plaza se encontraba llena de gente. El enorme edificio de piedra tenía sus fauces abiertas, y aun no habiendo cultos, a las doce de la mañana, de aquel martes de un verano cualquiera, ofrecía a los visitantes una visita guiada para ver el museo con las reliquias y exvotos, y de paso, admirar el maravilloso altar de plata mexicana.

Rodeando el monumento de la Inmaculada, las mesas de los diversos locales compartían un espacio en el que los aperitivos no daban lugar a encontrar un solo hueco. Mirando todo, el soberbio hotel que ocupaba casi todo el frente rebosaba de personal, y de huéspedes, que podían  tomar la copa en él o alguno de los muchos locales que se abrían desde los flancos a la plaza.

Por suerte había encontrado sitio en una mesa que, haciendo esquina, me ofrecía una hermosa vista hacia una calle sin fin, respaldado por la sombra de la casa Palacio que sobre varios locales de vinos ofrecían unas hermosas galerías comerciales de las que no paraba de entrar y salir gente. Frente a él, dos hermosos edificios residenciales abrían sus balcones llenos de macetas cuajadas de geranios.

En los pretiles del hotel, unas espaldas me anunciaban que el solárium estaba también a rebosar, disfrutando de una de las hermosas piscinas, que en nada envidiaban a la que, tras él edificio del hotel, ocupaba lo que fueron los jardines la antigua bodega. Mientras apuraba la copa de las doce, una pareja que por el color rojo de sus pieles debían ser ingleses, me preguntaron por el nombre de la Plaza, a lo que contesté que podría llamarla Plaza de España, o de la Iglesia. Sin embargo, ellos susurraron, Plaza Mayor.

Tras indicarle por donde podían dirigirse a la zona de la Bajamar, me levanté y rodee con la mirada el hermoso entorno que tenía frente a mí, rebosante de turistas, con todos los locales llenos de gente, atendidos por gente que conocía de toda la vida, y que después de muchos años, por fin tenían un buen trabajo, el mismo que les permitía salir cada fin de semana con sus familias a los cientos de bares que tenían en El Puerto.

En ese momento, cortó el aire un grito que me dejó helado, era el del dueño de un local al que la Policía estaba entregándole una notificación en donde le obligaban a quitar los toldos, de momento, la plaza se quedó vacía, y el balonazo que me dieron en la cara terminó de despertarme, había vuelto a la realidad.

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